La Revolución en Red contra el Estado y sus Aliados
The following article is translated into Spanish from the English original, written by Kevin Carson.

Hace ya su buen tiempo, mi compañero comentarista del C4SS Tom Knapp , informó sobre un activista que fue detenido por la policía en Pittsburgh durante la reunión del G-20, por usar Twitter desde su hotel para informar a los manifestantes de los movimientos de la policía. Tom señaló que la próxima vez los manifestantes adaptarán sus tácticas y pondrán su base de comunicaciones fuera de la jurisdicción policial. Todos los activistas de cualesquiera movimientos tomarán las mismas precauciones en el futuro, evidentemente.

Este tipo de procesos es sobre lo que John Robb y Jeff Vail suelen escribir en su blog. Los movimientos de resistencia están gobernados pos la misma dinámica que la comunidad open-source de software, como describe Eric Raymond en “La catedral y el bazar”. Las innovaciones se desarrollan de modo independiente, por individuos autónomos, de forma estigmérgica, y las innovaciones que sean útiles son adoptadas por toda la red. En las jerarquías, las ineficiencias de las organizaciones multiplican las ineficiencias individuales de sus miembros: en las redes, estas ineficiencias se reducen y se evitan a medida que las innovaciones más eficientes son adoptadas universalmente sin costes de transacción. Eso es la “guerra de cuarta generación”: guerra asimétrica bajo la ética de desarrollo de Linux.

La misma dialéctica asoma detrás del DRM [Digital Rights Management] y la compartición de archivos. Según Cory Doctorow, la industria musical asume que el DRM sólo necesita hostigar al usuario medio, puesto que los geeks capaces de crackearlo son demasiado pocos como para molestarse en atacarles. Sin embargo, gracias a la cultura en red, una vez los geeks crackean el sistema, cualquier persona capaz de ir a Google o entrar en una página de descarga de torrents puede beneficiarse de sus conocimientos.

Las redes permiten una elevada y rápida difusión de las innovaciones de unos pocos, mucho más eficientemente que la formulación de las mejores prácticas por parte de las enormes jerarquías burocráticas. En éstas, los “generales” siempre están ocupados peleando en la última guerra. Los burócratas de la TSA [Administración para la Seguridad en el Transporte] invierten miles de horas en comprobar que nadie volverá jamás a secuestrar un vuelo o a esconder explosivos en zapatos o botes de champú… algo que Al Qaeda no volverá a realizar, porque están llevando a cabo justo lo que los burócratas de ka TSA no pensaron que harían.

Esto es parte de un fenómeno mucho mayor. David Ronfeldt, un antiguo analista del Instituto Rand que escribió sobre tácticas de guerra en red (Netwar) en los 90, utiliza una tipología TIMR (Tribus, Instituciónes, Mercados, Redes). La transformación crucial en nuestros tiempos es la que afecta a las instituciones en favor de las redes, aunque yo puntualizaría que es una transición de una tolerancia limitada a los mercados dentro de un marco burocrático-institucional hacia un modelo de libre coexistencia de mercados y redes.

Vemos que las instituciones jerárquicas están en solfa, y son derrotadas, por cualquier parte de la nueva cultura reticular, de red. La policía no sólo teme que los activistas anuncien sus movimientos por Twitter, sino que, en un mundo donde cada cual tiene teléfono móvil y cada teléfono móvil tiene una cámara, podrán aparecer en la televisión si se dedican a maltratar a algún viandante; o cada vez que un madero borracho ataque a un dueño de bar, o que haya policías que se echen un meo en público durante el Día de la Policía, aparezcan en Youtube.

Las grandes organizaciones están aprendiendo de qué va el efecto Streisand: cuando intentan suprimir información comprometida de la Web, sus intentos revierten en una publicidad más allá de sus peores pesadillas. Tenemos el ejemplo de Trafigura intentando impedir que The Guardian informara (!) sobre la pregunta de un Miembro del Parlamento inglés referente al lanzamiento de vertidos tóxicos en África, y también el de Ralph Lauren intentando usar la DMCA para suprimir las parodias de la modelo horriblemente retocada en uno de sus anuncios. En ambos casos, los abogados debieron sentir algo similar a los aurigas del Faraón de Egipto cuando el Nilo se les echó encima tras cruzarlo Moisés y el pueblo de Israel. En ambos casos plegaron velas en cuestión de horas.

Concerniendo las relaciones laborales, las corporaciones que han logrado mantener a raya a los sindicatos durante décadas se han visto en problemas, gracias a esfuerzos como los de los Trabajadores de Imolakee o la Asociación de Trabajadores de Wal-Mart. Las grandes empresas temen que los empleados descontentos no sólo hagan campañas de red, sino que lleven documentos comprometidos a Wikileaks, monten websites como “CorporaciónXApesta.com” y envíen e-mails masivos con los trapos sucios de la empresa a stakeholders relevantes de la empresa como proveedores, grupos de consumidores y periodistas de investigación. El sabotaje cultural es una táctica básica de la guerra asimétrica: carece de riesgos y puede ser devastador.

Los periodistas profesionales, por su parte, suelen quejarse de que los bloggers y periodistas de Internet no “comprueban sus datos”. Pero son ellos los que en efecto SÍ lo hacen. Cuando un periodista convencional copia-pega por 737.238.732.908.734.834.723ª vez, verbigratia, que “Saddam Hussein expulsó a los inspectores de la ONU en Diciembre de 1998”, es probable que sea un blogger el que avise de que eso es mentira y lo corrija mediante un enlace a una fuente. El problema que el periodismo convencional tiene con Internet es que por primera vez está teniendo que rendir cuentas de los datos que aporta.

Los grandes mastodontes jerárquicos de todos los lados están aprendiendo, por primera vez desde el surgimiento de la cultura unidireccional de emisión de información, que viven en un mundo en el que podemos hablar entre nosotros… y que NO NOS PUEDEN CALLAR. Dentro de tales organizaciones, los empleados y subordinados que han crecido dentro de la cultura de red consideran que el autoritarismo burocrático es un mal al que hay que poner remedio.

Como ya he escrito alguna vez, el siglo XX fue la era de las grandes organizaciones: para finales del siglo XXI, no va a quedar nada de ellas, ni siquiera para enterrarlas.

Artículo original publicado por Kevin Carson el 28 de octubre de 2009.

Traducido del inglés por Joaquín Padilla Rivero.

Free Markets & Capitalism?
Markets Not Capitalism
Organization Theory
Conscience of an Anarchist