Baltimore al límite
The folowing article is translated into Spanish from the English original, written by David S. D'Amato.

A menudo hablamos del efecto búmeran causado por la política exterior de Estados Unidos, de los actos terroristas descabellados y atroces que surgen de una rebelión desenfocada e irracional contra el imperialismo estadounidense. Entendemos que llamarlo lo que es, un efecto búmeran – señalando la relación causal entre la política exterior de Estados Unidos y el terrorismo – no es un intento de exculpar a las personas que cometen estos delitos. Buscar un motivo pueda ayudar a explicar estos horrores no significa buscar una excusa.

Del mismo modo, los alborotadores de Baltimore se han encontrado a sí mismos en el lado perdedor de un conjunto de políticas gubernamentales que han consolidado la riqueza y embargado las oportunidades de independencia económica y autosuficiencia. Mientras tantos estadounidenses han estado despotricando contra los receptores de asistencia social, preocupados por los efectos de los cupones de alimentos en el presupuesto federal, las principales empresas estadounidenses han trabajado en estrecha colaboración con el gobierno durante generaciones para garantizar el bienestar corporativo y los privilegios especiales que definen el sistema económico de Estados Unidos.

La verdad es que el capitalismo corporativo ha estafado vilmente a los alborotadores de Baltimore. El sueño americano no es para ellos más que una broma cruel y sarcástica, eternamente fuera de su alcance. La narrativa dominante presenta a los pobres de los centros urbanos en gran parte como víctimas del “libre mercado”, dependientes de de que el gobierno le eche una mano, ya sea en cuanto a educación, capacitación para el trabajo, o para cubrir las necesidades básicas. En esta narrativa el gobierno interviene para limar las asperezas de la competencia desenfrenada en el libre mercado.

Pero el problema con esta narrativa es que presenta al gobierno en un papel que en realidad nunca ha jugado para los pobres y la clase trabajadora – mucho menos para los estadounidenses negros. En la vida real el estado no ha intervenido para proteger a los económicamente impotentes y paupérrimos, sino para servir a las necesidades de capital, para acaparar los recursos y restringir las oportunidades con el fin de someter a la gente al control de unos pocos empleadores gigantescos. Este proceso coercitivo impulsado por el estado no tiene nada que con un libre mercado basado en principios libertarios, ni hoy en día ni nunca antes en la historia.

El resultado ha sido una subclase permanente, condenada a vivir en guetos bajo una ocupación cuasimilitar, rodeada de una violenta criminalidad causada directamente de la fallida guerra contra las drogas. Y si bien puede demostrarse que las personas que viven en estas comunidades no son más propensos a poseer contrabando que nadie, son mucho más propensos a ser detenidas y cacheadas, arrestadas, e incluso asesinadas por agentes de fuerzas policiales cada vez más militarizadas.

Los problemas en Baltimore son históricos y sistémicos. Todo el mundo está de acuerdo que los disturbios, los saqueos y la destrucción arbitraria de la propiedad privada son actos sin sentido que En última instancia no ayudan a nadie a generar un cambio social positivo. Sin embargo debemos preguntarnos por qué estas personas en Baltimore se sienten tan impotente, tan abandonadas y frustradas por los “canales adecuados”, que sienten que es necesario arremeter y expresarse de esta manera.

La violencia estatal sistemática ha dejado a las comunidades Baltimore estériles y clamando por justicia y oportunidades. Los anarquistas creen que el poder latente de la auto-organización, la cooperación y el comercio, una vez verdaderamente liberados de la agresión y la injerencia, es todo lo que los pobres necesitan para prosperar. A través de la ira y la tristeza que emana de Baltimore, es importante no perder de vista los problemas subyacentes más amplios.

Artículo original publicado por David S. D’Amato el 28 de abril de 2015.

Traducido del inglés por Carlos Clemente.

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