Center for a Stateless Society
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El Problema de la Revolución Violenta

Ésta es la sexta y última entrada de una serie escrita por Alan Furth como asignatura de un curso de introducción al anarquismo en el Centro para una Sociedad sin Estado (C4SS). Para la quinta entrada, hacer click aquí.

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Cómo y cuándo es permitido usar la violencia es un tema fundamental en el anarquismo, tanto en términos prácticos como filosóficos. El principio de la no agresión es el axioma fundamental sobre el que se construye el paradigma anarquista. Y una de sus más importantes implicaciones es el enfoque anarquista del problema de la revolución.

Contrario a la percepción de la mayor parte del público, los promotores de la revolución violenta dentro del movimiento anarquista han sido una minoría a lo largo de su historia. Y aunque siguiendo una lógica un tanto estrecha pudiese argumentarse que filosóficamente la anarquía justifica la violencia contra el estado como una aplicación directa del principio de no agresión (el estado es, por definición, la institucionalización de la violencia agresiva hacia el pueblo), la gran mayoría de los anarquistas se han opuesto, y se oponen, a los medios violentos para llevar a cabo la revolución.

Los ejemplos más obvios los representan los anarco-pacifistas, entre los que se encuentran figuras del tamaño intelectual de Henry David Thoreau y Leo Tolstoy. Pero a manera de ejemplo, veamos lo que otros anarquistas, no considerados como pacifistas, dicen al respecto:

Las revoluciones sangrientas son con frecuencia necesarias a causa de la estupidez humana. Pero son siempre un mal, un daño monstruoso y un gran desastre, no solo por lo que respecta a las víctimas sino también por la pureza y la perfección del fin en cuyo nombre esas revoluciones se suscitan.

Mijail Bakunin

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Guerra a la violencia: éste es el móvil esencial del anarquismo. Desgraciadamente, con mucha frecuencia, no existe otro medio de defensa contra la violencia que la violencia. Pero incluso entonces no es violento el que se defiende, sino el que obliga a los otros a tenerse que defender; no es violento el que recurre al arma homicida contra el usurpador armado que atenta a su vida, a su libertad, a su pan. El asesino es el que pone a otros en la terrible necesidad de matar o morir. Es el derecho a la defensa, que se convierte en sacrificio, en sublime holocausto al principio de solidaridad humana, cuando el hombre no se defiende a sí mismo sino que defiende a los otros en su propio perjuicio, afrontando serenamente la esclavitud, la tortura, la muerte.

Errico Malatesta

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El desorden civil conlleva al fortalecimiento del gobierno, no a su debilitamiento. Puede que tumbe a un gobierno, pero crea una situación en la que la gente desea la instauración de uno nuevo, y más fuerte. El régimen hitleriano nació del caos de los años del Weimar. El comunismo ruso es un segundo ejemplo, una lección por la que los anarquistas del Kronstadt pagaron un alto precio. Napoleón es un tercer ejemplo.

David D. Friedman

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La revolución violenta no solo es destructiva, de hecho fortalece al gobierno dándole un “enemigo común” en contra del cual unir a la gente. La violencia de una minoría en contra del gobierno siempre le da a los políticos una excusa para aumentar las medidas represivas en nombre de “proteger a la gente”. De hecho, el pueblo por lo general se une a los políticos que claman por “la ley y el orden”… la revolución es una manera muy cuestionable de llegar a una sociedad sin regentes, porque una revolución exitosa debe tener líderes. Para ser exitosa, la acción revolucionaria tiene que ser coordinada. Para ser coordinada, alguien debe estar siempre a cargo de ella. Y una vez que triunfa la revolución “El que Está a Cargo” (o uno de sus lugartenientes, o incluso uno de sus enemigos) se adueña de la nueva estructura de poder tan convenientemente construída por la revolución. Puede que él solo quiera “encaminar las cosas”, pero termina siendo otro regente más. Algo así fue lo que pasó en la revolución americana, y miren la situación en la que estamos.

Linda y Morris Tannehill

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Cuando el terrorismo logra destruír un gobierno, simplemente crea un vacío de poder sin cambiar fundamentalmente la mentalidad de nadie acerca de la naturaleza del poder. El resultado predecible es que un nuevo estado, peor que el anterior, aparecerá oportunamente para llenar el vacío.

Bryan Caplan

El enfoque de la revolución anarquista con el que yo personalmente simpatizo es el propuesto por la corriente mutualista del anarquismo, o al menos la versión de ella planteada por Kevin Carson:

El mutualismo no es “reformista”, en el sentido peyorativo que le dan al término los anarquistas más militantes. Tampoco es necesariamente pacifista, a pesar de que muchos mutualistas son pacifistas. La definición de reformismo debería basarse no en los medios que usamos para construír una sociedad nueva o en la velocidad con la que nos movemos hacia ese fin, sino en la naturaleza de nuestra meta final. Una persona que está satisfecha con una versión más amable y gentil de capitalismo o estatismo que todavía sea reconocible como capitalismo de estado, es un reformista. Una persona que busca eliminar el capitalismo de estado y reemplazarlo con algo totalmente nuevo, sin importar qué tan gradualmente ésto se haga, no es un reformista.

La “acción pacífica” significa simplemente no provocar al estado deliberadamente hacia la represión, sino hacer todo lo que sea posible para (en palabras de los Wobblies) “construír la estructura de la nueva sociedad dentro de la cáscara de la vieja” antes de tratar de romper la cáscara. Resistirse al estado no tiene nada de malo si éste trata de reversar, a través de la represión, nuestro progreso en la construcción de las instituciones de la nueva sociedad. Pero la acción revolucionaria debe cumplir con dos requisitos: 1) un fuerte apoyo popular; y 2) no debe llevarse a cabo hasta que llegeumos al punto en el que la construcción pacífica de la nueva sociedad halla alcanzado sus límites dentro de la sociedad existente.

Al momento de escribir esta entrada, una ola de levantamientos populares contra la tiranía estremece al medio oriente, y el caso más sangriento hasta ahora ha sido el de Libia.

Habiéndome imbuído del paradigma anarquista durante estas últimas semanas, no puedo evitar ver el conflicto libio como destinado a fracaso trágico. La sangrienta respuesta de Ghadafi a la insurrección le dio la excusa perfecta a los señores de la guerra occidentales para intervenir en el conflicto. Si los rebeldes logran tumbar a Ghadafi bajo estas circunstancias tendrán, en el mejor de los casos, que responder con la misma efusividad a las demandas de sus benefactores imperiales que a las de su propio pueblo. Y en el peor, el proceso de “transición a la democracia” será manipulado por los poderes benefactores, que implantarán un nuevo tirano amigable a sus intereses. Además, por supuesto, de la gran cantidad de muertes civiles causadas por las “bombas de la libertad” que pasarán a contabilizarse como “daños colaterales”.

Por otro lado, a pesar del obvio desastre estratégico y ético que la revolución violenta puede ocasionar, estoy más seguro que nunca de que la violencia defensiva está perfectamente justificada, y me cuido más que nunca de no descartar cualquier argumento a favor de la violencia sin antes estar seguro de que entiendo si está basado en una postura defensiva.

Me imagino que cualquier persona que se dé cuenta de la violencia inherente en el capitalismo de estado tiene emociones encontradas respecto a estos temas. Por eso es que aunque no comparto su opinión, le presto atención a lo que dice gente como Derrick Jensen acerca de la violencia, y creo que entiendo la idea fundamental de dónde proviene su rabia hacia el sistema. Como mínimo, escuchar a gente como Jensen me confirma la importancia crucial de apoyar y alinear mi vida con el principio de la no violencia. La agresión está destinada a provocar violencia más temprano que tarde, es simple y llanamente inevitable.

Le doy crédito a gente como Jensen por estar al tanto de la verdad básica de que somos criaturas dependientes de un sitema que es inherentemente agresivo hacia el ambiente, y que se sostiene a sí mismo perpetuando la guerra entre nosotros.

Llegados a un punto, cualquiera de nosotros puede encontrarse en la situación de perder a un miembro familiar como consecuencia de los “daños colaterales” del imperio, encontrar el agua potable de nuestras comunidades contaminada por envenamiento industrial, o ser perseguido físicamente por discutir y promover ideas que “deslegitimizan al estado”.

Si ese momento llega, puede que el último recurso que nos quede sea resistir a través de la violencia. Puede que tengamos que matar y estar listos a morir por lo que creemos.

Y paradójicamente, se me ocurre que el darnos cuenta de ese hecho fundamental es una condición necesaria para que podamos decir que estmos verdaderamente vivos.