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Aaron Swartz y la Tozudez Irracional de la Propiedad Intelectual

The following article is translated into Spanish from the English original, written by Thomas L. Knapp.

Nunca es posible entender del todo los problemas en los que se encuentra una persona, o la influencia que esos problemas puedan tener en la decisión de alguien que se quita la vida, pero no es descabellado pensar que la sentencia de 35 años de prisión y la multa de un millón de dólares que gravitaba sobre la cabeza de Aaron Swartz hayan sido un factor significativo en su elección.

Tal como se lo planteaba John Kerry a un comité del senado estadounidense (al que él después sería electo) en 1971, “¿Cómo se le pide a un hombre que sea el último en morir en nombre de un error?”.

Esa fue una de las primeras preguntas que inundaron mi mente la semana pasada cuando escuché que Swartz se había ahorcado en su departamento de Brooklyn.

Con solo 26 años de edad Swartz ya había vivido una vida llena de logros, desde ser el coautor del estándar RSS (la herramienta primaria para sindicar contenido web) a los 14 años hasta ser el fundador de Infogami, que luego se fusionó con la popular red social Reddit, y ser co-fundador de “Demand Progress”, una organización promotora la libertad de Internet.

La sentencia de prisión y la multa emanaron de su intento por cumplir con la misión declarada de una organización sin fines de lucro de “ayudar a la comunidad académica a tomar ventaja de la rápida evolución de las tecnologías de información y redes”: Descargó cuatro millones de artículos académicos de JSTOR a través de una cuenta del MIT con la intención de hacerlas universalmente disponibles vía tecnología P2P.

Para esto fue acosado hasta la muerte por la fiscal estadounidense Carmen Ortiz y los fiscales adjuntos Stephen P. Heymann y Scott L. Garland, aunque el mismo JSTOR declinó litigar civilmente y desde entonces ha dado acceso público a millones de esos artículos.

Sinceramente espero que Swartz pase a la historia como la última víctima de la guerra sobre la “propiedad intelectual” — una guerra de 300 años que para todos los propósitos prácticos terminó hace años con el triunfo de las fuerzas de la libertad y la total derrota de aquellos cuyas fortunas dependen del poder del estado para extraer rentas del uso que la gente hace de sus propios cuerpos y mentes.

Desde el estatuto de la reina Ana de Inglaterra de 1710, los rentistas han estado dando peleas cada vez más espúreas para mantener y beneficiarse de la ficción de la “propiedad intelectual”. Incluso en una época en la que las imprentas eran escasas y los medios electrónicos inexistentes, la exigibilidad era imposible. A lo más que podían aspirar era a desanimar el copiado de las obras “dando el ejemplo” con el castigo de algunos de los infractores prominentes.

El amanecer de la era de Internet fue el Appomatox de las guerras de “propiedad intelectual”. Los equipos para copiar data y los canales para distribuirla ya son asequibles de forma barata y globalizada. En las “naciones avanzadas” representan una inversión prácticamente trivial, y en el “Tercer Mundo” representan una inversión factible.

Las persecuciones y los enjuiciamientos de infractores de “propiedad intelectual” como Jammie Thomas e innovadores de la distribución como Aaron Swarz ni siquiera llegan al nivel de escaramuzas de retaguardia o medidas desesperadas de último recurso en esta guerra. Se asemejan más bien al asesinato de Abraham Lincoln por parte de John Wilkes Booth después del rendimiento de Lee, o la amenaza de ataques “werewolf” en la Alemania ocupada al final de la segunda guerra mundial. No podrán alterar el resultado. Son arrebatos rabiosos y asesinos que surgen como consecuencia de negarse a la realidad.

Se. Acabó. El. Copyright. Y a las patentes les queda poco. La única esperanza de las viejas compañías de medios es renunciar a sus fallidos monopolios y redes de extorsión creados por el estado, y aprender de una vez por todas como generar beneficios a través del intercambio voluntario.

Artículo original publicado por Thomas L. Knapp el 13 de enero de 2013.

Traducido del inglés por Alan Furth.