Los vicios siguen sin ser crímenes

En 1971, Richard Nixon declaraba su cruzada contra el tráfico de drogas, dando inicio a la hoy denominada «guerra contra las drogas». Casi cien años antes, en 1875, Lysander Spooner publicaba su texto Los vicios no son crímenes. En él, el filósofo, empresario y teorista jurídico estadounidense sentaba las bases para refutar algunas de las tesis de los hoy defensores de la guerra contra las drogas. Spooner afirmaba que «Los vicios son aquellos actos por los cuales un hombre se daña a sí mismo o hace daño a sus bienes. Los crímenes son aquellas acciones por las cuales un hombre daña a otra persona o a sus pertenencias». Desde luego, esta definición de vicio y crimen es solo un punto de partida, pues muchas cuestiones de fondo y diversas discusiones requieren un examen mucho más cuidadoso (por ejemplo, la discusión de si un animal es o no una pertenencia y si el hacerle daño constituye o no un crimen). No obstante, es una muy buena definición y distinción a la hora de abordar el debate de las drogas. Para Spooner, el individuo humano está en constante búsqueda de aquello que habrá de proporcionarle felicidad, y, siendo un férreo iusnaturalista, el derecho a perseguir dicha felicidad era para él inalienable y prepolítico. Todo intento de interferir y entremeterse en esta búsqueda sería, pues, una violación del «más alto de todos los derechos que se poseen en tanto ser humano: el derecho a preguntar, a investigar, a razonar, a ensayar experimentos, a juzgar, y a determinar por sí mismo qué es, para él, la virtud, y qué es, para él, el vicio». Por ende, la penalización y criminalización del vicio constituirían acciones ilegítimas por parte de los Estados y sus gobiernos.

El consumo de drogas es, para muchos, un vicio. Se le considera una acción perjudicial; para muchos otros, se trata de una actividad normal y sin estigma. Sea cual fuere el bando a que cada quien pertenece, es necesario preguntarse si esta actividad, aún si hubiese de ser considerada un vicio, debería ser criminalizada. Y de la mano con esta, otras tantas actividades que suelen categorizarse como vicios: el tabaco, la bebida, la glotonería, la pereza, la pornografía, las apuestas, la prostitución, la acumulación etc. Y, si se consideran todas estas actividades como vicios, cabe preguntarse con base en qué criterios algunas de ellas deben seguir siendo legales, mientras que las demás deben ser castigadas con todo el peso de la ley. En materia de drogas, es difícil no entrar en terrenos cenagosos que dificultan la honestidad intelectual. Ciertos conceptos como adicción y dependencia presentan dificultades para quienes investigan esta área en términos de definición y delimitación. No obstante, entre los estudios que se han llevado a cabo al respecto, hay resultados que sugieren que la mayoría de drogas ilegales (marihuana, extasis, hongos, lsd) tienen tasas de adicción más bajas que la nicotina y el licor; tienden además a generar menos visitas a hospitales y emergencias médicas que el alcohol y la gran parte de quienes las consumen no desarrollan dependencia alguna [1] [2] [3] [4]. Para muchos, de hecho, vicios como la droga son una herramienta que les permite sublimar ciertas experiencias hasta los extremos de lo estético. No habría sinfonía fantástica de Berlioz sin opio, ni Las puertas de la percepción de Aldous Huxley sin mescalina, ni Echoes de Pink Floyd sin LSD, ni In C de Terry Riley sin canabis.

David Graber, citando en un comentario a Slavoj Zizek, expresó alguna vez que «si se desea inspirar el odio étnico, la forma más sencilla de hacerlo es concentrarse en los medios tan extraños y perversos que emplea el otro grupo para alcanzar el placer» [5]. La condenación del vicio puede entenderse en similares términos. Dado que los vicios proporcionan placer de alguna clase, es común que las personas recurran a ellos en busca de goce o felicidad. Sin embargo, ciertas posturas consideran que hay placeres legítimos e ilegítimos. Tradicionalmente, para ellos los placeres virtuosos deben fomentarse y practicarse, mientras que los placeres viciosos deben censurarse y prohibirse. Esto permite entender la persecución de muchos moralistas hacia quienes consumen una droga o viven su sexualidad por fuera de los límites de la heterosexualidad marital. Los medios que utilizan para alcanzar el placer se consideran perversos, desviados. Y dichos goces pueden ser instrumento para vilipendiar al otro. Sucedió, por ejemplo, cuando se habló de la perversión de los mexicanos consumidores de marihuana y de los chinos fumadores de opio llegados a comienzos del siglo pasado a EE.UU para instar al odio hacia esas poblaciones.

Y no debería escapar a nadie que pretenda abordar el problema de la prohibición, la penalización y la criminalización del consumo de drogas el hecho de que el moralismo que acompaña al prohibicionismo es asimismo un instrumento político y económico. En materia de política, es vital entender la cuestión de qué grupos están al servicio del prohibicionismo y cómo dicha postura se integra en su narrativa política para ganar adeptos y votantes. En términos muy generales, suele haber tres clases de narrativas prohibicionistas: la conservadora, la neoconservadora y la conservadora socialista. El conservadurismo tradicional agrupa organizaciones religiosas, económicas y políticas en aras de preservar la unión nacional y proteger al ciudadano de los males foráneos y la degeneración interna (Trump, Putin, Le Pen). El neoconservadurismo intenta agrupar estas mismas organizaciones, aunque lo hace elogiando y defendiendo engañosamente al tiempo el liberalismo clásico, el mercado y el individuo (Thatcher, Reagan), si bien, como señalaba en alguna ocasión Noam Chomsky «Conviene algo de higiene semántica. No hay realmente [neo]conservadores en Estados Unidos; las personas que se hacen llamar [neo]conservadores son en su mayoría estadistas radicales». Finalmente, el socialismo de estado conservador maneja una narrativa de defensa de los desvalidos y la clase obrera. Aunque en ocasiones es abiertamente iconoclasta, en otros momentos comulga con creencias religiosas arraigadas en la población civil, lo cual ayuda a entender su moralismo opuesto a las drogas, también exacerbado en ocasiones por la pretendida coalescencia entre las drogas y los vicios imperialistas (Stalin, Castro).

Sea cual fuere la postura conservadora a la que nos refiramos, se trata en últimas de una tentativa de erigir un Estado que nos proteja de nuestra propia libertad; en otras palabras: paternalismo. Aquí se imbrican el miedo y desprecio por el otro y sus placeres perversos, la noción de que la sociedad debe ser purificada y la insistencia en que el Estado debe ser el rector de la legítima felicidad o goce de sus ciudadanos. Todo esto se traduce en las iniciativas por protegernos del otro y sus vicios fuera de nuestra comunidad, protegernos del otro y sus vicios en el seno de nuestra comunidad y protegernos de nosotros mismos y nuestros vicios. Con esto se logra crear enemigos públicos, elementos indeseables, fuentes de subversión que justifican la violencia estatal y la acción policíaca que viola la esfera de la individualidad e infla innecesariamente la población de las prisiones. Drogas, prostitución, apuestas, todas se utilizan para encender miedos y alertas en las comunidades, así como el licor y la ociosidad sirvieron una función similar en otras épocas.

En el plano económico, la penalización de los vicios ha sido históricamente un instrumento para la generación de mano de obra barata para provecho de diversos actores estatales, religiosos y capitalistas. La vagancia u ociosidad, por ejemplo, considerada uno de los peores vicios ante los ojos de los moralistas, ha sido fuertemente criminalizada en distintos escenarios globales, contribuyendo a la creación de mano de obra barata o gratuita. En el caso de Colombia, las leyes de vagancia existentes entre las décadas de 1820 y 1840 permitían al Estado apresar y judicializar a mendigos sin discapacidades, forasteros inoficiosos, jóvenes desempleados, exesclavos sin ocupación, etc., con el fin de obligarles a realizar trabajos forzados como la construcción de caminos o el cultivo de zonas recién colonizadas bajo estricto control de las autoridades [6]. Una similar legislación tuvo lugar en EE.UU por medio de los Black Codes tras el fin de la esclavitud, los cuales, luego de desarmar a los negros libres, prohibirles comprar tierras e iniciar diversas actividades económicas, criminalizaban la ociosidad y servían para encarcelar a hombres y mujeres negros y reducirlos a labores de trabajo forzado. Otra instancia de criminalización del vicio para lucrar, esta vez, a una organización religiosa, fueron las lavanderías o asilos de las magdalenas. Se trataba de casas administradas por monjas católicas, principalmente en Inglaterra, Canadá e Irlanda, para «mujeres caídas» donde acababan, usualmente enviadas por sus familias, niñas y mujeres con problemas mentales y madres solteras, pero también, enviadas por las autoridades, prostitutas, mendigas (de nuevo leyes contra la ociosidad) e, incluso, aseveran algunas organizaciones, mujeres que habían dado a luz por fuera del matrimonio [7]. Allí, debían realizar labores de lavandería para empresas privadas y públicas por meses y años (existe el reporte de una mujer que pasó 35 años en un asilo [8]) sin paga alguna y sin posibilidad de escapar, pues la colusión entre municipalidades, policía y monjas hacía que fueran inmediatamente devueltas a los asilos [9]. Hay investigaciones que demostraron cómo decenas de mujeres fallecieron en estos lugares y fueron enterradas por las monjas bajo nombres que impidieron a sus familias reconocerlas, facilitándose aún más la apropiación de todo el producto de su trabajo [10].

En tiempos modernos y en el contexto que nos compete, la penalización de las drogas ha creado el escenario perfecto para que también varios actores capitalistas puedan aprovechar las sanciones legales asociadas a este vicio. La población penitenciaria en Estados Unidos para la época en que Nixon declaró su embate contra las drogas no superaba las 200.000 personas; en el presente supera los dos millones de presos, más del 20 % de la población carcelaria a nivel mundial. Esto se debió en gran medida a dos problemáticas que han ido hermanadas desde finales de los 70 hasta el día de hoy: la guerra contra las drogas y la expansión del sistema penitenciario privado. Estas prisiones, lejos de ser el producto de un mercado genuinamente libre, han sido el resultado de la colusión entre el corporativismo del American Legislative Exchange Council (ALEC por sus siglas en inglés), CoreCivic o como se le solía conocer, Corrections Corporation of America, y los partidos demócratas y republicano (especialmente este último). Este matrimonio entre lo peor que ofrece la política con lo peor que ofrece el sector privado ha conducido a toda clase de legislaciones para expandir la presencia de prisiones privadas, asegurarse cuotas de prisioneros y cumplir dichas cuotas aumentando la intensidad de la guerra contra las drogas mediante leyes cada vez más draconianas y maliciosas – v.g., leyes de conspiración que pretenden atacar a miembros importantes de organizaciones criminales, pero que sirven para encarcelar también a personas que sencillamente viven con traficantes, en muchas ocasiones sus cónyuges [11]. Como si lo anterior no bastara,  diversas empresas como Victoria’s Secret, Mc Donalds, Wal-mart, Dell y muchas otras más han empleado la mano de obra barata de miles de estos presos para la manufactura de sus productos [12]. Si bien este trabajo puede ser voluntario, hay tantas irregularidades, injusticias y violaciones a la libertad individual imbricadas en el sistema, que no hay forma alguna de que todo ello sea el producto de una sociedad libre.

Así pues, la demonización del vicio no deja de estar al servicio de quienes desean aprovecharla como herramienta política y económica. Pero, denudada de estos dos aspectos, sigue habiendo una pulsión moralista que mueve a las personas a despreciar los vicios. Y, no obstante, no puedo dejar de preguntarme sobre qué bases algunos vicios se tornan incuestionablemente criminales mientras que otros son mirados con poco o ningún recelo. El hecho de que algunas sustancias legales como el licor y la nicotina contribuyan a la muerte de muchas más personas que otras sustancias ilegales parece escapar a la perspectiva moralista. O el hecho de que la obesidad y enfermedades afines generadas por el consumo de productos perfectamente legales conduzcan a la muerte de no pocas personas. Tampoco parece incomodarles el hecho de que vicios como el juego puedan conducir a la ruina económica en la misma o mayor medida que otros vicios ilegales. En este entramado de variables económicas, políticas, familiares, sexuales, financieras, etc., los criterios para censurar el comportamiento del otro no dejan de parecer irregulares e incluso aleatorios. Doy de nuevo la palabra a Spooner, quien de seguro logra expresar mejor esta idea:

«Un gobierno que castigara todos los vicios imparcialmente es una imposibilidad tan obvia que hasta el momento no se ha encontrado, ni se encontrará, a nadie tan insensato como para proponerlo. Lo más que ha sido propuesto es que el gobierno castigue algunos vicios, quizá unos pocos, de los que se estiman que son los más crasos. Pero esta discriminación es absurda, ilógica y tiránica. ¿Qué derecho asiste a una persona que diga “castigaremos los vicios de otros hombres pero nadie deberá castigar los nuestros; restringiremos a otros hombres la posibilidad de buscar su propia felicidad de acuerdo con la idea que se hagan de la misma, pero nadie deberá restringirnos en la búsqueda de nuestra propia felicidad, de acuerdo con la idea que nos hicimos de ella; restringiremos a otros hombres la adquisición de cualquier conocimiento experimental que sea orientador de su propia felicidad pero nadie deberá restringirnos en la búsqueda de la nuestra”? »

La obra de Spooner no está exenta de problemas. Es, después de todo, producto de su época. La defensa del duelo por su parte nos parece hoy en día sumamente anacrónica, así como aberrante nos ha de parecer su defensa de lo que no tiene otro nombre sino pedofilia. No obstante, el grueso de su crítica a la pretensión de los gobiernos de decidir sobre la legitimidad del goce y la felicidad de sus ciudadanos tiene la misma validez hoy que en 1875. Hay desde luego aspectos de ciertas políticas de drogas que están destinados a penalizar el vicio no solamente sobre bases morales, sino también delincuenciales y médicas, objeciones a las que me referiré en el futuro. Este escrito solo pretende explorar la manera en que las narrativas conservadoras y moralistas emplean medios políticos para criminalizar el vicio y restringir la libertad de elección del individuo, y medios económicos para instrumentalizarlo. Abordar la problemática de las drogas implica entender la poca utilidad práctica que ha tenido la guerra contra las drogas a lo largo de la historia, pero también comprender que los juicios morales y religiosos que se esconden detrás de la demonización de los vicios sirven como herramienta para quienes tienen en mente una agenda e intereses personales, siempre en detrimento de la responsabilidad y decisiones personales.

Referencias

[1] [En línea]. Available: https://www.thevespiary.org/rhodium/Rhodium/Vespiary/talk/files/6416-615_Pharmacology_Therapeutics_NUTT_Rational_Scale_Harm_Drugs_Misuse07ea.pdf .
[2] [En línea]. Available: https://www.alternet.org/drugs/many-use-drugs-most-dont-become-addicts.
[3] O. M. d. l. Salud, O. p. d. l. salud, C. i. p. e. c. d. a. d. drogas y O. d. l. e. americanos. [En línea]. Available: http://www.who.int/substance_abuse/publications/neuroscience_spanish.pdf.
[4] «Thecleanslate,» 27 03 2008. [En línea]. Available: http://www.thecleanslate.org/wp-content/uploads/2016/06/NSDUH-PPY-initiates-Addiction.pdf.
[5] D. Graeber, Fragmentos de antropología anarquista y otros textos, Ciudad de México: Virus editorial, 2011.
[6] [En línea]. Available: https://revistas.unal.edu.co/index.php/achsc/article/view/37472/41438.
[7] [En línea]. Available: http://www.bbc.com/mundo/noticias/2013/02/130205_lavanderias_magdalena_irlanda_irm.
[8] [En línea]. Available: http://www.thejournal.ie/magdalene-laundry-true-story-margaret-bullen-samantha-long-614350-Sep2012/.
[9] [En línea]. Available: http://www.dailymail.co.uk/femail/article-3097186/Magdalene-laundry-survivor-reveals-s-haunted-fear-breaking-labour-loneliness-ordeal-60-years-later.html.
[10] [En línea]. Available: https://www.theguardian.com/commentisfree/2011/jun/08/irealnd-magdalene-laundries-scandal-un.
[11] [En línea]. Available: http://www.drugpolicy.org/issues/women-lgbtqia-drug-war.
[12] [En línea]. Available: https://www.ranker.com/list/companies-in-the-united-states-that-use-prison-labor/genevieve-carlton .

 

 

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