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Si el mercado es libre, no hay que temer por las nuevas tecnologías
The folowing article is translated into Spanish from the English original, written by Kevin Carson.

La segunda era mecánica: Trabajo, progreso y prosperidad en un tiempo de tecnologías brillantes por Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee (WW Norton & Company 2014), 320 páginas.

El tema de este libro es la “segunda era mecánica”, en la que “las computadoras y otros avances digitales están haciendo con el poder mental – la capacidad de utilizar nuestro cerebro para comprender y dar forma a nuestro entorno – lo que la máquina de vapor y sus descendientes hicieron con el poder muscular. Los elementos tecnológicos fundamentales para esta segunda era mecánica ya están disponibles, si bien no han alcanzado aún su plena madurez.

Aunque estas tecnologías son la culminación de varias décadas de desarrollo gradual, recientemente han alcanzado el umbral de una transición de fase fundamental en la forma en que opera la economía. La primera parte del libro es una revisión exhaustiva de las diversas tecnologías implicadas en la segunda era mecánica y de las razones por las que recién ahora es que estamos acercándonos a una transición de fase.

Las tecnologías de la segunda era mecánica son exponenciales. Pero tal como Ray Kurzweil lo ha señalado, las primeras etapas de crecimiento exponencial son engañosamente modestas. Él usa el ejemplo del inventor al que un emperador le ofrece una recompensa y pide que se coloque un grano de arroz en la primera casilla de un tablero de ajedrez, dos en la segunda, cuatro en la tercera, y que se continúe duplicando el número en cada una de las 64 casillas. Si bien los números se hacen grandes en las primeras 32 casillas, siguen siendo los tipos de números que encontramos en el mundo real. Siguiendo la pauta propuesta por el inventor, habría cerca de cuatro mil millones de granos de arroz en la 32ª plaza, “el equivalente de un campo grande”. Pero en la segunda mitad del tablero comienzan a suceder cosas extrañas, y la cantidad final de arroz termina siendo varias veces el equivalente al total del producto agrícola del planeta Tierra.

Gracias a la Ley de Moore, las tecnologías de la era mecánica han estado avanzando de casilla en casilla cada cierto número de años desde la Segunda Guerra Mundial. Y recién ahora estamos llegando a la segunda mitad del tablero de ajedrez, en la que se produce el despegue y el codo de la curva se empina hasta convertirse en una línea recta vertical.

Las nuevas tecnologías también son combinatorias. La mejora incremental en las capacidades de las tecnologías existentes puede llevarlas al umbral de un aumento exponencial en la cantidad de maneras en que se pueden combinar. Por ejemplo, el proyecto Chauffeur de Google ha producido resultados superiores por varios órdenes de magnitud que los proyectos de automóviles autopiloteados de hace unos años, a pesar de que ya existían las mismas tecnologías básicas en aquel entonces. Las mejoras incrementales en esas tecnologías y la interacción sinérgica entre ellas permitieron un aumento exponencial en el rendimiento. Y la mejora incremental continua en las tecnologías básicas aumenta el stock de tecnologías listas para usar por los desarrolladores, que las recombinan a voluntad para responder a las necesidades particulares.

Nos estamos acercando rápidamente a un punto en el que habrá un rango de tecnologías básicas baratas, modulares, de propósito general y listas para usar lo suficientemente amplio para facilitar un número casi infinito de recombianciones para cualquier propósito concebible.

Al leer la novela Makers de Cory Doctorow, una historia futurista sobre hackers de hardware de código abierto y micromanufactura, Bruce Sterling comentó que no había “casi ninguna ingeniería. Casi todo son retoques y recombinaciones”. Pero Doctorow respondió que precisamente ese es el punto. “No es que ya se hayan agotado las invenciones, pero sí que tenemos un montón de partes básicas dando vueltas por ahí, esperando a ser configuradas”. El resultado es que “ahora habitamos un mundo en el que saber que algo es posible es prácticamente lo mismo que saber como hacerlo”. (Doctorow, “Hechos baratos y la premisa plausible”, Locus, 5 de julio de 2009).

El ensayo de Murray Bookchin “Hacia una tecnología liberatoria”, escrito en la década de 1970, cita algo que Vannevar Bush había dicho en 1955:

Supongamos que hace cincuenta años, alguien hubiese propuesto un dispositivo que pudiera hacer que un automóvil siguiese una línea blanca en el medio de la carretera de forma automática e incluso si el conductor se quedase dormido…. [Su] idea habría sido considerada absurda…. Pero supongamos que alguien propusiese ese tipo de dispositivo hoy en día y estuviese dispuesto a pagar por él, dejando de lado la cuestión de si en realidad sería de utilidad práctica. Un gran número de entidades estarían dispuestas a emprender su construcción. No se requeriría ninguna verdadera invención. Hay miles de hombres jóvenes en el país para los que el diseño de un dispositivo de este tipo sería un placer. Simplemente harían uso de algunas fotocélulas, tubos termoiónicos, servomecanismos, relés, y, de ser necesario, construirían un modelo experimental, y funcionaría. El punto es que la disponibilidad de una serie de aparatos versátiles, económicos y fiables, y la presencia de personas que entienden como sacarles provecho, ha hecho que la construcción de dispositivos automáticos sea sumamente sencilla, casi rutinaria. Ya no es una cuestión de si se pueden construir, es una cuestión de si vale la pena construirlos.

No faltó la exageración en lo que Bush escribió hace casi 60 años. Pero hoy la realidad supera sus fantasías más salvajes (y las de Bookchin también).

Y además de todo esto, tenemos el hecho de que nos estamos acercando rápidamente a la inteligencia artificial capaz de operar todas estas máquinas híbridas – si es que no la hemos alcanzado ya – con la flexibilidad y discreción suficiente para sustituir a los operadores humanos. El resultado será la automatización del trabajo humano y la eliminación de las categorías laborales existentes en un grado sin precedentes, muy probable extendiéndose a la mayoría de las horas de trabajo, lo que creará una enorme masa de desempleados o subempleados.

Beneficios desiguales

Esto nos lleva al siguiente punto. A pesar de los beneficios generales de las nuevas tecnologías, estos tienden a distribuirse de forma desigual, dando lugar a lo que los autores llaman un “diferencial” en “la riqueza, el ingreso, la movilidad y otros indicadores importantes” entre los de arriba y los de abajo. Y advierten que el diferencial en los beneficios de la nueva tecnología – que ven como el resultado natural de una mayor productividad – se ampliará a medida que la segunda era mecánica continúe, “a menos que intervengamos”. Por lo general, sucede que “un grupo relativamente pequeño de personas… gana la mayor parte de los ingresos generados por… nuevos productos o servicios”.

Por supuesto, las nuevas tecnologías de la información, con coste marginal casi nulo, también están destruyendo el PIB deflactando radicalmente los precios (basta con ver la caída en los ingresos procedentes de las ventas de música, que solo entre 2004 y 2008 fue de 40 por ciento, o la caída de 100 por ciento de los precios para las personas que ahora usan Wikipedia en lugar de la enciclopedia Britannica). Pero, ¿cómo es que las personas van a poder comprar bienes y servicios, incluso si se abaratan drásticamente, si no preciben ningún ingreso en absoluto a cambio de su trabajo?

Parte de la respuesta es que, bajo el modelo actual de capitalismo de estado corporativo, los bienes y servicios aún no son lo suficientemente baratos. No se permite que lo sean. La principal razón de que tantos beneficios de las nuevas tecnologías sean monopolizados por los de arriba es que el Estado, pues, facilita los monopolios. Las clases económicas regentes son capaces de acaparar el aumento de la eficiencia de las nuevas tecnologías como fuente de rentas principalmente a través de las escaseces artificiales, los derechos de propiedad artificiales, y las barreras de entrada impuestas por el Estado.

Y tal vez el más importante de estos derechos de propiedad artificiales es la llamada propiedad intelectual, la cual los autores dan por sentado.

En realidad, el curso natural de las cosas en ausencia de tales monopolios protegidos por el Estado no resultaría en un pequeño grupo acaparando la mayor parte de los ingresos, sino en la competencia de mercado generalizada que socializaría todas las ganancias de la productividad en forma de precios más bajos.

Una de las cosas más interesantes de las nuevas tecnologías de esta generación – tanto las tecnologías de la producción física efímera y de pequeña escala como las que implican un mayor poder de procesamiento de la información – es que su lógica básica socava la dinámica de la escasez que permitía a las clases dominantes del pasado extraer rentas de la sociedad. Hacen que las grandes concentraciones de tierra y capital sean cada vez más irrelevantes y ponen el potencial de la propiedad y el control de los medios de producción en manos de la gente común.

Hay una gran diferencia entre el efecto de la máquina de vapor en la primera Revolución Industrial y el efecto de la tecnología cibernética de hoy. Todo el desplazamiento de trabajo y los efectos empobrecedores de la energía de vapor resultaron del hecho de que (1) los motores de vapor y los tipos de máquinas que funcionaban con ellos fueron enormemente caros, inalcazables económicamente para los trabajadores individuales o pequeños grupos de trabajadores; (2) los recursos para la compra de dichas máquinas se habían concentrado gracias a un largo proceso histórico de cercamientos y expropiaciones facilitadas por el Estado de las tierras de los campesinos a favor de una clase propietaria relativamente pequeña; y (3) los costos de transacción de agreagar los pequeños ahorros individuales de la gente trabajadora transformándolos en capital para financiar la producción cooperativa eran enormes – incluso cuando no se impedían o prohibían a través de restricciones estatales a la libertad de asociación.

En contraste con esto, la nueva tecnología de hoy no solo está abaratando radicalmente los medios de producción física y mental, sino que también está eliminando los costos de transacción para la financiación a través de crowdsourcing (o crowdfunding, definido por Dictionaries.com de Oxford como “La práctica de financiar un proyecto o emprendimiento levantando muchas pequeñas cantidades de dinero de un gran número de personas, por lo general a través de Internet”).

La nueva tecnología es una fuente de “desempleo” para las personas que actualmente tienen “trabajos”, en lugar de traducirse simplemente en herramientas utilizadas por la gente común para producir para su propia subsistencia e intercambio con los demás, solo si asumimos la persistencia de un marco en el que la producción se lleva a cabo por “empresas” que controlan el acceso a la maquinaria. Los autores citan un estudio que encontró que

las empresas utilizan las tecnologías digitales para reorganizar la autoridad en la toma de decisiones, los sistemas de incentivos, flujos de información, sistemas de contratación de personal y otros aspectos de su gestión y procesos organizativos. Esta coinvención de la organización y la tecnología no sólo aumentó significativamente la productividad, sino que tiende a requerir trabajadores más educados y reducir la demanda de trabajadores menos calificados.

Nótese lo que se da por sentado: la “compañía” posee las máquinas, decide cómo organizar la producción, y decide qué trabajadores necesita contratar para llevarla a cabo.

Premisas obsoletas

Pero la nueva tecnología de producción está haciendo obsoletas esas premisas. Empecemos en cambio suponiendo un agricultor de subsistencia. Si se le ocurre una nueva manera de hacer las cosas que le permite producir la misma cantidad de maíz con la mitad de la mano de obra, no se lamenta de todo el trabajo que la innovación le hará perder. Esto se debe a que es dueño tanto de la granja como del producto final e internaliza todos los beneficios.

Todas estas predicciones de que las grandes empresas industriales organizarán las cadenas de montaje con routers CNC, mesas de corte, taladros e impresoras 3-D, con robots que transfieren productos no terminados entre ellos, pasan por alto una cosa: las versiones de código abierto de la mayoría de esas herramientas CNC se pueden construir por menos de US$1.000 cada una, y son perfectamente asequibles para pequeños talleres cooperativos de barrio que fabriquen para redes locales de trueque e intercambio a cambio del producto de otros talleres, del de micropanaderías y microcervecerías, de excedentes de granja, de servicios de cuidado de niños y barbería y similares. Como John Robb escribió en su cuenta de Twitter: “Puedes competir con la tecnología por un trabajo, o utilizarla para ganarte la vida sin un trabajo. Tú eliges”.

La principal fuente del control corporativo del proceso de producción radica en todos esos derechos de propiedad artificiales como las patentes, marcas comerciales y licencias comerciales, que dan a las corporaciones el monopolio de las condiciones en que se pueden utilizar las nuevas tecnologías. Pero la “propiedad intelectual” es cada vez más inaplicable (echa otro vistazo a esa caída de 40 por ciento en los ingresos de la industria de la música), y las empresas que están quebrando por el colapso de la demanda agregada y que sufrirán la desintegración de sus cadenas de suministro y distribución en un entorno de de US $15 por galón de combustible (mi proyección) probablemente no van a tener los recursos para detectar a los productores de garaje que llenen los vacíos – por no hablar de hacer algo al respecto.

Y mientras tanto las barreras estatales que la gente común enfrenta desde la otra dirección – barreras que ponen un piso artificial bajo el costo de subsistencia al criminalizar tecnologías de construcción vernácula (por medio de códigos de construcción escritos por contratistas) y emprendimientos caseros (a través de la zonificación y las licencias ocupacionales) – también se harán inaplicables a medida que los gobiernos locales fiscalmente atados de manos se vean confrontados simultáneamente con niveles récord de desempleo y falta de vivienda, y de viviendas vacantes abandonadas, adjudicadas y consideradas como no habitables.

En otras palabras, la solución no es una renta básica universal u otro recurso para reasignar la riqueza que se acumula de forma natural en las manos de unos pocos, o un sistema escolar de estilo japonés para convertir a todos en recursos humanos corporativos más valiosos. Y no consiste en subsidiar masivamente la “infraestructura” para que empresas centralizadas y jerárquicas se hagan artificialmente rentables (como lo lograron las concesiones de tierras del ferrocarril y las carreteras interestatales para los dinosaurios corporativos de producción masiva). La solución consiste en destruir todos los monopolios protegidos por el estado que transfieren riqueza hacia unos pocos desde un principio, impiden la relocalización de la producción, y aseguran el control de las corporaciones sobre el empleo.

El lado positivo de todas estas maravillosas nuevas tecnologías que analizan Brynjolfsson y McAfee – ¡y de verdad son maravillosas! – alcanzará su pleno desarrollo no en el marco de la estructura de poder de las empresas existentes, sino en la nueva economía que está surgiendo de sus ruinas.

Este artículo fue publicado originalmente en la edición de enero de 2015 de Future of Freedom.

Artículo original publicado por Kevin Carson el 19 de abril de 2015.

Traducido del inglés por Carlos Clemente.

Markets Not Capitalism
Organization Theory
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