El fracaso de la privatización soviética

Cuando «el mercado» no significa sino lavado de dinero para las riquezas sangrientas del Estado

Cuando la URSS cayó, uno de los esquemas de «privatización» implicaba dejar en manos de los trabajadores certificados de acciones de las compañías en que trabajaban. Desde luego, el problema era que la economía estaba congelada y todo el mundo moría de hambre. Así que los gánsteres y los hijos de la clase alta soviética, que sí tenían dinero, compraron todos los certificados. Hacían que circulara gente con carretillas llenas de vodka para cambiar un certificado por una botella. De esa manera las empresas estatales fueron entregadas a quienes ya eran ricos.

Este es un ejemplo histórico importante pues demostró con claridad devastadora cómo los «emprendedores» con una pequeña cantidad injusta de dinero de base pueden tomar control rápidamente de una economía entera y convertirla en una oligarquía. La «privatización» de la Unión Soviética sucedió de una manera que básicamente entregó la economía estatal entera a algunos oligarcas. Una transmisión del poder por parte del comité central a unos pocos – exactamente como incluso Rothbard lo señaló explícitamente, un escenario que no constituiría ningún cambio real.

No fue una entrega directa – hubo pasos extra –, pero la velocidad con que ocurrió torna inescapable el hecho de que este no fue el surgimiento de alguna nueva clase privilegiada como resultado de una jerarquía natural, sino claramente una situación donde las tendencias centrífugas de la libre competencia fueron socavadas por vastas disparidades.

A menudo hablamos acerca de las tendencias y mecanismos igualitarios, o al menos del potencial, de los mercados liberados maduros, pero, si bien un mercado podría tener ciertas tendencias dominantes hacia un equilibro igualitario para volver a semejante estado, nadie ha sugerido nunca que eso aplicará para cualquier punto inicial de distribución de la riqueza. Es obvio para todo el mundo que si 100 personas son dueñas del 99.99% del mundo, su poder adquisitivo les dará la espuela necesaria para mantener al resto en estado de esclavitud. El problema de la contención significativa es dónde podría estar el punto de transición entre una distribución de la riqueza donde dominen las tendencias centrífugas hacia una distribución de la riqueza donde dominen las tendencias acumulativas centralizadoras.

El optimista pondría en alto este punto, por ejemplo, aseverando que, si el 1 % de la población poseyera el 99 % de la riqueza, sin un aparato estatal o medios violentos similares para capturarlos y usarlos para defender esta riqueza, semejante sociedad deterioraría eventualmente dicho privilegio económico. Pero lo que se examina menos cuando se hacen tales declaraciones es la velocidad a la que semejante deterioro ocurriría. Porque seamos claros: ciertamente hubo algún deterioro en algunos contextos durante el colapso de la URSS. Desde luego, este deterioro vino de la mano de la remoción del sistema de bienestar que había sido absolutamente necesario para mantener viva a una población esclavizada, lo cual significaba que el impacto neto sería una catástrofe de sufrimiento humano. Pero aun en burbujas limitadas donde los efectos centrífugos dominaban sobre los efectos acumulativos, la inequidad general era todavía tan aguda que hacía la difusión relativamente lenta. ¿Y qué carajo importa si el mercado deteriorará eventualmente la desigualdad titánica si hay hordas de personas muriendo de hambre hoy? La crítica más mordaz de nuestro régimen global neoliberal no es que haya hecho a la gente miserable a lo largo del tiempo, sino que no la ha liberado ni de lejos lo suficientemente rápido.

Los anarquistas – especialmente los anarquistas de mercado de izquierda – no pueden darse el lujo de no entender por qué el proceso de «privatización» de la URSS fracasó tan espectacularmente en su intento por crear algo remotamente cercano a un mercado competitivo robustamente igualitario.

Claro, hubo dinámicas estructurales de captura del Estado, pero la consecuente centralización casi inmediata de la riqueza que tuvo lugar al momento de la distribución de certificados de acciones no fue timoneada por el Estado. La transformación de los casi ricos en los ridículamente ricos sucedió espontáneamente. Tampoco pueden venir a pretender que tienen un caso sólido los reaccionarios que aman farfullar frenéticamente acerca de las «jerarquías naturales» o basura fascista similar. No podemos echarles la culpa a preferencias animales; nadie fuera de los ricos que existían tenía el capital para comprar y controlar esa cantidad de acciones, y los certificados de acciones a que estos hacían referencia habrían de ver desaparecer sus empresas en los años por venir. ¿Qué elegir: acciones infinitesimales que no rinden fruto durante años, si es que lo hacen, en una compañía que sabes de primera mano que está siendo catastrófica y sistemáticamente mal administrada o una botella de vodka? Delira de la ostia quien afirme que no optaría por la primera opción al menos para adormecer el hambre mientras los sueldos dejan de llegar por meses o años.

Hubo muchos aspectos que contribuyeron a la catastrófica formación de una oligarquía en la Rusia de los años 90, pero las tres más grandes fueron 1) muchas personas quedaron en estado de desesperación sin sus necesidades básicas, 2) no se lidió nunca con los ricos del antiguo régimen, lo cual les permitió aprovechar su capital predatoriamente mientras todo el resto vivía en situación de desventaja, y 3) el traspaso de lugares de trabajo copió el modelo de las firmas capitalistas occidentales, intensamente jerárquico y centralizado — la «autogestión obrera» era abstracta y rebajada, pero no democracia directa en el lugar de trabajo.

En teoría, poder votar como parte de una multitud una vez cada muerte de obispo en una reunión de accionistas es tanto como votar cada cuatro años por el alcalde que designa al jefe de policía que designa a los policías que siguen asesinando a tus vecinos. No hay rendición de cuentas directa, la gerencia puede permanecer completamente aislada y caprichosa, no hay injerencia o capacidad directa de movilizar el conocimiento propio en los espacios de toma de decisiones y, desde luego, no hay incentivo significativo para que las opciones bursátiles ayuden a que el negocio ande mejor en una firma donde tus contribuciones se apilan con las de los demás.

Las lecciones para los anarquistas son obvias:

Si derribamos el estado y desatamos un mercado liberado, cuando lo logremos no tendremos éxito a menos que construyamos también infraestructura para los pobres, los discapacitados, entre otros, y tomemos de vuelta lo que nos quitaron los ricos; las estructuras que adoptemos para organizarnos son de suma importancia. Una situación de crisis no es el momento para aprender erráticamente de la praxis, es decir, por ensayo y error, mucho menos perpetuando ciegamente un modelo heredado del statu quo.

Pero otra gran moraleja debería ser que preguntar «¿dónde está la víctima?» o pretender que los multimillonarios en nuestra sociedad presente no dependen íntegramente de alguna jodida manera de una historia de titánica violencia estatal es tan tonto como pretender lo mismo con los oligarcas rusos. Si bien los individuos involucrados pueden fluctuar en alguna medida, las distribuciones de riqueza intensamente desiguales tienen su propio impulso. Tras atrocidades como los cercamientos, la esclavitud, el imperialismo y el genocidio, emergieron escalas de inversión de capital nunca antes vistas, llevando a una rigidez de la riqueza total. Se generan miles de millones por el régimen de censura de la propiedad intelectual impuesta por el Estado, y estos se utilizan como dinero seminal en la creación de compañías capaces de vender más barato que los competidores, sacando del juego a la competencia y utilizando efectos de interconexión que sería inalcanzables con menos capital inicial a fin de establecerse como intermediarios monopolistas. Lo perverso de la desigualdad económica severa se perpetúa a sí mismo, y poco importa que atraviese algunas secadoras en varios procesos de lavado, el mero hecho de que haya millardos para apropiarse es producto de una historia llena de inmensa opresión y violencia. Al respecto, la única diferencia entre la URSS y el imperio estadounidense es una distorsión en algunos espacios de tiempo.

Artículo original publicado por William Gillis el 12 de junio de 2018

Traducción del inglés por Mario Murillo

 

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