Karl Popper, Steven Spielberg y capitalismo corporativo

Hace algunos días vi Ready player one, la última película del director Steven Spielberg. En términos generales, me pareció una mala película, con problemas de reparto, trama, un villano caricaturesco, sin mencionar que no tiene mucho para ofrecer más allá del hecho de ser un festival de nostalgia y referencias al pasado. Pero Ready player one no es como otras películas malas que puedo ignorar y dejar atrás para seguir con mi vida. A diferencia de esos filmes, la cinta de Spielberg generó en mí una inusitada molestia cuando salí del teatro. No podía dejar de pensar en ella y en cuán enfadado me sentía después de haberla visto. Y la razón se relaciona con lo que la película tiene para ofrecer fuera de su celebración de la cultura popular de décadas pasadas. La historia pretende ser subversiva, casi revolucionaria, en su crítica al capitalismo corporativo y a las megacorporaciones que abusan de su poder económico.

Esta crítica, por lo demás nada sutil, culmina con el arresto del villano, un malvado CEO que pretende apoderarse del mundo controlando el OASIS, un simulador de realidad virtual que deviene el activo económico más valioso del mundo. Para el final de la película, se espera que la audiencia disfrute la derrota catártica del villano corporativo y la victoria final de los héroes que se vuelven dueños del OASIS. Su mensaje tipo stick it to the man pretende ser revolucionario, a pesar de que al final es totalmente inofensivo. Y fue eso lo que llamó mi atención y me molestó más que nada de la película, su crítica vacía y sin sentido y el potencial desperdiciado que había en la historia. Pues hacia el final de la película se presentó la oportunidad de introducir un mensaje que habría subvertido genuinamente aquello que se venía criticando. Pero a ello me referiré más adelante.

La película y su platonismo me recordaron instantáneamente a Karl Popper y su crítica al autoritarismo en La sociedad abierta y sus enemigos. Digo platonismo porque la película hace gala de la misma clase de pensamiento platónico que Popper criticó en su libro. Si bien la crítica de Popper se centra en el poder político, no se debe desestimar la medida en que nos permite ahondar en la cuestión del poder económico. En palabras del filósofo:

«[…] los gobernantes políticos no siempre son lo bastante “buenos” o “sabios” (es innecesario detenernos a precisar el significado exacto de estos términos) y […] no es nada fácil establecer un gobierno en cuya bondad y sabiduría pueda confiarse sin temor. Si aceptamos esto debemos preguntarnos, entonces, ¿por qué el pensamiento político no encara desde el comienzo la posibilidad de un gobierno malo y la conveniencia de prepararnos para soportar a los malos gobernantes, en el caso de que falten los mejores? Pero esto nos conduce a un nuevo enfoque del problema de la política, pues no obliga a reemplazar la pregunta: “¿Quién debe gobernar? con la nueva pregunta: ¿En qué forma podemos organizar las instituciones políticas a fin de que los gobernantes malos o incapaces no pueda ocasionar demasiado daño? […] Platón adopta esta teoría de la soberanía de forma tácita y desde su época pasa a desempeñar un importante papel en el campo de la política.”»

Para Popper, el problema no debe centrarse en la cuestión de la idoneidad de los gobernantes, cual si se tratara de una búsqueda de líderes perfectos que hagan despliegue de una colección de atributos ideales. Esta visión de las cosas, para él, contribuiría a perpetuar la viciada noción de justicia platónica donde la sociedad es justa en tanto cada quien conserve su lugar, permaneciendo subordinados aquellos que están destinados a ello, mientras que se erigen como regentes aquellos que son aptos para controlar las riendas del gobierno sobre los hombres. De nuevo Popper «[…] si el individuo no es sino una pieza dentro de un engranaje, entonces la ética no será sino el estudio de la forma más adecuada de ajustarlo al todo.» El problema sería entonces estructural, no personal, una cuestión de generar estructuras que impidan a sátrapas y tiranos ejercer el poder de una manera abusiva y excesiva. De esta manera la cuestión central sería maximizar en la medida de lo posible el ejercicio del poder por parte de todos los integrantes de la organización, en lugar de conferir el control de los individuos [engranajes] a una casta de ingenieros de quienes se espera, en un acto de fe, que no abusen de su poder.

Es sumamente interesante lo que sucede cuando cambiamos en la cita original la palabra política(o) por económica(o). Obviamente hay cuestiones de peso que separan el poder económico del político; no obstante, hay una creencia extendida entre conservadores, libertarios de derecha, anarcocapitalistas y miembros de otros grupos afines en la idoneidad de los líderes empresariales por sobre la clase obrera y sobre otra clase de entidades que pudiesen estar en control de los instrumentos de producción (cooperativas de trabajadores o de consumidores). Para ellos, la superioridad del capitalismo radica en la creencia en que el poder económico debe recaer en las manos de líderes idóneos, CEOs, accionistas, gerentes, etc., que estén al servicio de sí mismos o de un reducido grupo de individuos dueños de los medios de producción. En su opinión, la megacorporación abusiva es el resultado de la colusión entre líderes políticos corruptos y malos líderes económicos. Este corporativismo nocivo podría resolverse fácilmente por medio de un estado más pequeño, pero también mediante la clase de líderes corporativos buenos, adecuados, amantes del libre mercado y de la libre competencia, movidos por el puro egoísmo (à la Rand, jamás à la Stirner), que crean un escenario social y económico justo al gobernar sus empresas sabiamente mientras sus clientes y sus obreros permanecen en sus respectivos lugares como engranajes de una armoniosa maquinaria económica.

Volviendo a Ready player one, la cinta de Spielberg – no he leído el libro en que se basa, así que me limito a juzgar el argumento del filme – parece hacer gala de la misma clase de platonismo discutido hasta acá en términos económicos. Hacia el final de la historia, Wade Watts, el héroe de la película, se ve forzado a decidir quién será el próximo propietario del OASIS y dueño de la clase de poder con que muchos políticos solo podrían soñar. Hablé anteriormente del potencial desperdiciado de la historia. Me refería al hecho de que, una vez enfrentado con esta decisión final, la parte de mí que veía la película como mala pero redimible pensaba que Wade tomaría la decisión de entregar el OASIS a todos sus usuarios, una vez que su conciencia le impidió apoderarse de este por tratarse de la clase de poder que un solo individuo no debía ostentar. Una crítica al capitalismo corporativo que abordara la cuestión del poder económico de la manera en que Popper abordó la cuestión del poder político, renunciando a la idoneidad de los gobernantes y remplazándola con la clase de instituciones que impedirían a un administrador abusar del poder que le fuese conferido. Una cooperativa de consumidores, con las ventajas que ello entraña, la amplísima descentralización del poder, la separación entre propiedad y administración, la democratización en la repartición de riquezas, la mayor solidaridad entre consumidores y trabajadores que entre capitalistas y trabajadores, el riesgo disminuido de deslocalizar la producción, etc.

Un giro de este tipo en la historia podría haber sido genuinamente incendiario. Pero no fue ese el caso. Wade decide que el control del OASIS representa demasiado poder para él, así que lo comparte con 4 de sus amigos. Así que, al final, en lugar de una junta de accionistas y un malvado CEO, el simulador virtual queda en manos de un puñado de niños y adolescentes. La película cae en el mismo problema ya mencionado. Se plantea la pregunta ¿quién debe gobernar?, en lugar de cuestionar la estructura misma de la corporación que pretende criticar. Al final supone que hay un corporativismo malo y un corporativismo bueno, caracterizándose este último por el líder ideal, el líder correcto. Y así la crítica se torna vacía, inofensiva, cambiando el filósofo rey de platón por un jugador (gamer) rey de Spielberg, con la esperanza de que el poder jamás lo corromperá. Su mensaje de esperanza nos advierte sobre los peligros del poder de megacorporaciones como Google, Facebook, Amazon, Nike, Apple, pero nos tranquiliza al hacernos saber que en algún lado existe una persona idónea para timonear estas organizaciones con una sabiduría casi mesiánica.

¿Y no habla ello un poco del estado lastimero de la crítica de izquierda al capitalismo corporativo? Cuando no recurre a la desastrosa fórmula del control estatal de la economía, opta por comulgar con el sistema que crítica, promoviendo la idea revolucionaria de que los medios de producción deberían ser controlados por los buenos líderes en lugar de los malos. No considera la posibilidad de alterar la manera en que se estructuran esos medios de producción, dando la propiedad de estos a sus trabajadores o a sus usuarios, de manera que propiedad y administración puedan separarse, estando la primera en manos de decenas, cientos e incluso miles de personas, y la segunda en manos de individuos al servicio de esos dueños, con menor capacidad de abusar de su posición, removibles al instante y movidos por la obligación, no de aumentar sus propios réditos, sino de asegurar el bienestar de usuarios y trabajadores.

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