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En memoria de las víctimas de Charlie Hebdo
The following article is translated into Spanish from the English original, written by Sheldon Richman and published at The Future of Freedom Foundation, December 9, 2015

Apenas hay palabras para expresar el dolor y el disgusto causados por las ejecuciones del editor, los caricaturistas y otras personas – diez en total – el miércoles en el semanario satírico francés Charlie Hebdo. Dos policías también resultaron muertos y otras once personas resultaron heridas por los tres fanáticos que según se informó declararon que estaban vengando al profeta Mahoma, fundador del Islam.

Nada puede justificar los ataques contra personas cuya única ofensa consiste en su uso de las palabras y los dibujos para burlarse de la religión y la política. Charlie Hebdo satirizó libremente a las tres religiones abrahámicas, así como a políticos de diversas tendencias. Ninguna fuente de poder era inmune a las plumas de los escritores y dibujantes, lo cual no quiere decir que si el Islam hubiese sido el único objetivo de la revista los asesinatos hubiesen sido menos monstruosos. Y los que no detentan el poder, como los musulmanes franceses, tampoco era inmune. (La libertad no es sólo para las personas con buen gusto. La política editorial de la revista, por cierto, no era libertaria en cuanto a su enfoque de la intervención extranjera.)

Ejercer la sátira profesionalmente no debería ser peligroso, independientemente de cuánto ofendan sus practicantes los sentimientos de otras personas. Mientras que el viejo refrán “las palabras no pueden lastimarme” pueda ser una exageración, no pueden tolerarse las represalias físicas en repsuesta a meras palabras e imágenes. Se vale todo. La doctrina de las “palabras belicosas” no debería existir.

Dicho sin ambages, el personal de Charlie Hebdo no es responsable en ningún sentido de lo que pasó el miércoles, tal como lo señala Anthony Fisher. (Sorprendentemente, algunos comentaristas sugieren que estas vidas podrían haberse salvado si la revista se hubiese abstenido de satirizar el Islam o si el gobierno francés la hubiese censurado). Las víctimas del atentado fueron inocentes y punto.

La cobertura de las atrocidades es otra historia. La mayoría de los comentarios en los medios tradicionales han dado a entender que la violencia contra las personalidades mediáticas pertenece a una categoría especial, inconmensurable con cualquier otro tipo de violencia. Sin duda, parte de la razón de esta actitud es que muchos comentaristas se ven a sí mismos como colegas de los fallecidos. Puede que ellos piensen “¡Je suis Charlie! ¡Me podría haber tocado a mi”, aunque Matt Welch de Reason nos recuerda que definitivamente no es el caso.

Puede que a los periodistas estadounidenses les resulte más fácil identificarse con víctimas occidentales de clase media – el tipo de personas con las que están familiarizados – que con, por ejemplo, las masas de pobres sin rostro en el mundo musulmán que diariamente se convierten en víctimas de la violencia de los gobiernos de Estados Unidos y sus aliados. Por otra parte, las víctimas de la violencia freelance a menudo parecen contar más que las víctimas de los gobiernos que supuestamente representan al “mundo libre”, especialmente del gobierno de Estados Unidos.

Así, las lamentaciones acerca de la violencia que escuchamos en respuesta a los asesinatos de Charlie Hebdo brillan por su ausencia en la cobertura de los bombardeos, asesinatos con drones y otras formas de violencia infligida por el gobierno de Estados Unidos a la población de Afganistán, Pakistán, Yemen, Somalia, Irak, Siria y quién sabe de dónde más. De hecho, la violencia en París, aunque inexcusable, no puede ser entendida a cabalidad si se arranca de este contexto. Tenemos que tener en cuenta que al Islam no se le permitió hacer las paces con la modernidad en sus propios términos como lo pudieron hacer las otras grandes religiones. La intervención imperialista impidió ese proceso. No es creíble que los dibujos animados por sí solos hayan tenido el poder de “radicalizar” a los jóvenes musulmanes en Occidente.

No es ninguna sorpresa que los funcionarios del gobierno demuestren tener una capacidad de juicio tan selectiva. Uno tiene que reírse para no llorar cuando el presidente Obama o el Secretario de Estado Kerry denuncian toda acción violenta siempre y cuando los autores no estén al servicio del gobierno de Estados Unidos. ¿Dónde está la indignación pública y mediática por las acciones violentas que están bajo el control directo de Obama y Kerry? Los medios de comunicación son poco menos que porristas de esa catástrofe, ya que aceptan acríticamente el argumento del gobierno de que sus agresiones son necesarias y adecuadas.

Hay otra forma de selectividad que predomina en las reacciones a los asesinatos de París. Un gran número de funcionarios y comentaristas estadounidenses han denunciado estos crímenes como un ataque a la libertad de prensa y de expresión, y seguramente lo son. Pero no es que el gobierno de Obama haya sido respetuoso de esas libertades, tal como lo demuestra su acoso a periodistas y su persecución de un número récord de denunciantes. Según Reporteros sin Fronteras, los Estados Unidos ahora ocupan el número 46 en el ranking de libertad de prensa, cayendo desde el número 33. (El Reino Unido ocupa el puesto 33 y Francia el 39). RSF dice:

Los países que se jactan de ser un “Estado de Derecho” no dan el ejemplo, están lejos de hacerlo. La libertad de información cede con gran frecuencia ante una concepción de la seguridad nacional demasiado amplia y un uso abusivo de este concepto, lo que marca un retroceso preocupante en las prácticas democráticas.

El periodismo de investigación lo padece, en ocasiones gravemente, como sucede en Estados Unidos (46°), que pierde 13 posiciones. Uno de los retrocesos más notables, en medio de una situación en la que el rastreo de fuentes y la caza a informantes van en ascenso. La condena del soldado Bradley Manning o la persecución del analista de la Agencia de Seguridad Nacional (National Security Agency, NSA), Edward Snowden, son algunas de las advertencias dirigidas a aquellos que se atrevan a filtrar información considerada delicada –pero de interés público comprobado– para que se le dé una divulgación más amplia.

El gremio fue sacudido por el escándalo de la obtención, por parte del Departamento de Justicia de Estados Unidos, de los historiales de llamadas telefónicas de la agencia The Associated Press (AP), para identificar quién le reveló información sobre una operación de la CIA. Este caso recordó la urgencia de una “ley escudo” federal que garantice la protección de las fuentes de los periodistas. El proceso legislativo reactivado en ese sentido no tranquiliza mucho a James Risen, periodista de The New York Times, forzado por el Departamento de Justicia a testimoniar en el proceso de un exagente de la CIA en otro caso de filtración de información clasificada. Tampoco permite olvidar los 105 años de prisión a los que podría ser condenado el joven periodista independiente Barrett Brown por haber compartido en línea correos electrónicos de la compañía privada de inteligencia y espionaje Stratfor, contratada por el gobierno.

Y no nos olvidemos de los códigos de expresión en los campus universitarios y las leyes sobre discursos de incitación al odio que son apoyados por muchas de las mismas personas que hoy dicen “Je suis Charlie”.

En definitiva, sí, hay que llorar la muerte de Stephane Charbonnier (Charb), Jean Cabut (Cabu), Georges Wolinski, Bernard Verlhac (Tignous), Bernard Maris, Philippe Honoré, Michel Renaud (un ex periodista que estaba de visita en la oficina), Mustapha Ourrad, Elsa Cayat, Frederic Boisseau y los policías Franck Brinsolaro y Ahmed Merabet (un musulmán, por cierto). Y debemos revelarnos contra estos ataques a la libertad de prensa y de expresión. Pero hay que llorar las víctimas de todas las agresiones y oponerse a todas las violaciones de la libertad, incluyendo la agresión y las infracciones cometidas por el gobierno más poderoso de la tierra.

Por último, debería ser evidente que se faltaría el respeto a las víctimas si sus asesinatos se convirtiesen en una excusa para restringir aun más las libertades civiles, para someter a los musulmanes a la intolerancia y el acoso, o justificar más guerras contra las sociedades musulmanas.

Si alguna de esas cosas sucede, los fanáticos habrán ganado.

Artículo original publicado por Sheldon Richman el 9 de enero de 2015.

Traducido del inglés por Carlos Clemente.

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