El Termidor de los progresistas: la hostilidad del liberalismo gerencialista hacia la organización descentralizada

The following study is translated into Spanish from the  English original, written by Kevin Carson

Centro para una sociedad sin estado – Estudio No 9. Segundo trimestre de 2010

I. Antecedentes

El liberalismo del siglo XX tuvo sus orígenes en el sistema de creencias de lo que C. Wright denominó la Nueva clase media.1 La revolución corporativa del periodo de la posguerra [civil] y el ascenso, asociado con esta, del estado regulatorio centralizado, seguido por las grandes fundaciones caritativas y universidades que dominaban la sociedad civil, dieron paso, antes del cambio de siglo, a una nueva clase de gerentes y profesionales que administraban las nuevas organizaciones grandes.

La razón organizacional para la expansión de las ocupaciones de collar blanco es el ascenso de las grandes empresas y el gobierno grande, y la tendencia consecuente de la estructura social moderna es el crecimiento constante de la burocracia. En cada rama de la economía, a medida que las firmas se fusionan y las corporaciones se tornan dominantes, los emprendedores libres se convierten en empleados, y los cálculos de contadores, estadísticos, contables y oficinistas remplazan el libre movimiento de precios como agente de coordinación en el sistema económico. El ascenso de pequeñas y grandes burocracias y la especialización elaborada del sistema como un todo crean la necesidad para muchos hombres y mujeres de planear, coordinar y administrar nuevas rutinas para otros. Al moverse de lo pequeño a lo grande y a unidades de actividad económica más elaboradas, una creciente porción de los empleados se ve atraída hacia la coordinación y la administración. Los empleados administrativos y profesionales y los trabajadores de oficina de varias clases […] se tornan necesarios; personas a quienes los subordinados reporten y quienes a cambio reporten a los superiores son eslabones en cadenas de poder y obediencia que coordinan y supervisan otras experiencias, funciones y competencias ocupacionales.2

La política del siglo XX estaba dominada por la ideología de las clases profesionales y gerenciales que dirigían las nuevas grandes organizaciones. Especialmente, el «progresismo»—el ancestro directo del modelo de liberalismo de mitad del siglo XX del cual se desprendían desde el New Deal hasta la Great Society— era la ideología de la Nueva clase media. Como lo expresó Christopher Lasch, era la ideología de la «casta intelectual», en un futuro que «le pertenecía al gerente, al técnico, al burócrata y al experto.»3

Especialmente, como lo ejemplificaron la Federación Cívica Nacional de Ralph Easley 4 y Herbert Croly y sus asociados en el círculo de la Nueva república, el progresismo buscó organizar y administrar la sociedad en su totalidad sobre los mismos principios que gobernaban la gran organización.

La expresión clásica de esta ideología fue el manifiesto «Nuevo nacionalista» de Croly, La promesa de vida americana, con su agenda de alcanzar «fines jeffersonianos con medios hamiltonianos.» 5

El progresismo no era sencillamente un intento de adaptarse a la predominancia de las grandes organizaciones como un mal necesario. El progresismo vio la gran organización como un bien positivo, como el pilar fundamental de un novedoso orden social progresivo. Como lo describió Robert H. Wiebe:

 […] la mayoría de [los reformadores progresistas] vivieron y llevaron a cabo su labor en medio de la sociedad moderna y, habiendo aceptado sus conceptos medulares, extrajeron su inspiración y programas de sus rasgos peculiares. Allí donde sus predecesores hubiesen destruido muchas de las sobresalientes características de la América industrial urbana, los nuevos reformadores deseaban adaptar un orden existente a sus propios fines. Estimaban sus organizaciones no solamente como reflejos de un ideal, sino como fuentes de fuerza cada día, y aceptaban asimismo generalmente las organizaciones que se multiplicaban en derredor […]. El corazón del progresismo era la ambición de la nueva clase media de cumplir su destino a través de medios burocráticos.6

Los progresistas eran herederos tardíos de los politiques—los intelectuales que sirvieron como apologistas para los nuevos estados absolutos en la Europa moderna temprana. Pero, en su lugar, los politiques del siglo XX estaban apegados ideológicamente a la gran organización centralizada. Veían en sí mismos, al estilo de Augusto, la tarea de adaptar la constitución republicana estadounidense a las nuevas realidades institucionales del siglo XX.

Los debates en contra de los consorcios […] se concentraban en lo básico: ¿eran los principios centrales de la tradición política americana compatibles con algo que no fuera el capitalismo de pequeños productores competitivos? En particular, ¿se les podía reconciliar con el capitalismo corporativo y los mercados administrados? ¿Si la industria a gran escala con la forma de empresas corporativas era el resultado progresivo de la evolución socioeconómica, eran los principios políticos americanos tradicionales compatibles con el progreso?7

Croly y el resto de su círculo en la Nueva República sacaron partido de las fortunas políticas de Teddy Roosevelt.8 Tanto Croly como Roosevelt vieron la corporación gigante como una institución natural. El «liderazgo concentrado» y la «organización pensada» de los consorcios, sostuvo Croly, «han tenido éxito en la reducción de la cantidad de desperdicio requeridos por las tempranas condiciones de la competencia enteramente desregulada». Los métodos competitivos eran efectivos solamente en un área reducida. «Las grandes corporaciones, que pueden costear la mejor maquinaria, controlar abundante capital y planear, ahorrando escrupulosamente, todos los detalles de la producción y venta de un producto o servicio importante, son en realidad capaces de reducir el costo de producción al mínimo […]. La nueva organización de la industria americana ha creado un mecanismo económico capaz de ser de ayuda maravillosa e indefinidamente útil para el pueblo americano». Lo único que faltaba era juntarlas bajo el control regulatorio progresista para que la planificación racional pudiese aprovechar sus eficiencias aumentadas por el bien general.9 Era necesario, al mismo tiempo, transferir poder político de la «gente sencilla» jacksoniana a los «especialistas administrativos y legislativos».10

Así es cómo describe Rakesh Khurana la imagen que tenía de sí mismo el nuevo estrato gerencial:

En medio de los a menudo violentos choques de intereses que acompañaban el ascenso de la nueva sociedad industrial, la ciencia, las profesiones y la universidad se presentaron como comunidades desinteresadas en posesión tanto de experticia como de compromiso con el bien común. La combinación hizo que estas tres instituciones, construidas sobre principios racionales y valores ampliamente compartidos e incluso casi sagrados, parecieran ser el instrumento ideal para atacar las necesidades sociales más acuciantes. En cada caso, una vanguardia de empresarios institucionales dirigió esfuerzos por definir (o redefinir) sus instituciones, formular problemas sociales y movilizar circunscripciones de formas que les significaran credibilidad a estas instituciones en el incipiente orden social.11

La revolución gerencial llevada a cabo por la Nueva Clase en la gran corporación era en esencia una tentativa de aplicar el enfoque de ingeniería (herramientas, procesos y sistemas de racionalización y estandarización) a la racionalización de la organización.12 Estas ideas weberianas/tayloristas de administración científica y racionalidad burocrática, aplicadas primero a la gran corporación, se propagaron rápidamente a todas las grandes organizaciones. Y desde allí, se extendieron como intentos de «ingeniería social» a nivel de la sociedad en su conjunto, modelando de nuevo la sociedad entera en líneas racionalistas. Esto implicaba, de acuerdo con Wiebe, exigencias de parte de las autoridades en salud pública por «la renovación de una ciudad entera» y exhortaciones de los trabajadores sociales por alcanzar «literalmente […] una nueva sociedad americana»13

La transferencia del entendimiento de los ingenieros mecánicos e industriales de los procesos de producción a la administración de la organización, y del entendimiento de la organización de los gerentes a la sociedad en su conjunto, es el tema del excelente estudio de Yehouda Shenhav Manufacturing Rationality: The Engineering Foundations of the Managerial Revolution.14

Desde que las diferencias entre las esferas física, social y humana se desdibujaron por actos de traducción, la sociedad misma se conceptualizó y se trató como un sistema técnico. Como tal, la sociedad y las organizaciones podrían y deberían diseñarse como máquinas que se perfeccionan de continuo. Por ende, se percibía que la administración de las organizaciones (y de la sociedad en conjunto) debía recaer en la jurisdicción de los ingenieros. Lo asuntos sociales, culturales y políticos […] podían formularse y analizarse como «sistemas» y «subsistemas» para resolverse a través de medios técnicos.15

No es coincidencia, como lo señala Shanhav, que el Progresismo fuese «conocido también como la era dorada del profesionalismo […]».16

En la visión progresista del nuevo orden, «solo el administrador profesional, el doctor, el trabajador, el arquitecto y el economista podrían mostrar el camino». A su vez, el control profesional se tornó más elaborado; involucraba medidas y predicciones y el desarrollo de técnicas profesionales para guiar los eventos hacia resultados predecibles. Los expertos «idearon presupuestos gubernamentales rudimentarios, introdujeron técnicas de adquisición centralizadas y auditadas y racionalizaron las estructuras de las oficinas». Esta clase de control no era característica solamente de los profesionales en los sistemas corporativos grandes. Caracterizaba los movimientos sociales, la administración de escuelas, caminos, poblados y sistemas políticos.17

El progresismo fue primordialmente un movimiento de «intelectuales acomodados de clase media y profesionales», que «legitimó el papel de los profesionales en la esfera pública».

La cultura progresista y los grandes sistemas se apoyaban mutuamente, torciendo hacia una coherencia económica que habría de remplazar la ambigüedad del capitalismo sin escrúpulos mediante burocratización y racionalización.18

Asimismo, probablemente no sea coincidencia que se solapen tanto, entre los ingenieros y gerentes, la elección de términos de valor como los describió Shenlav, los valores del liberalismo corporativo descritos por James Weinstein y los objetivos del «capitalismo político» de Gabriel Kolko, reflejados en la agenda regulatoria progresista. En cada caso se empleaba el mismo lenguaje: «sistema», «estandarización», «racionalidad», «eficiencia» y «predictibilidad». Por ejemplo, en el campo de las relaciones laborales:

El malestar obrero y otros desacuerdos políticos del periodo eran tratados por los ingenieros mecánicos sencillamente como un caso de incertidumbre en una máquina con el cual lidiar de la misma manera en que se lidiaba con incertidumbres técnicas. Lo que sea que irrumpiera en la marcha eficaz de la máquina organizacional se veía y construía como un problema de incertidumbre.19

Lo anterior puede tomarse como declaración de una misión para el liberalismo corporativo y, específicamente, para la Federación cívica nacional, que Winstein trató como el prototipo para el liberalismo corporativo.20 Un tema central del gerencialismo de la Nueva clase media era la minimización del conflicto y la superación de divisiones ideológicas y de clase mediante la aplicación de experticia desinteresada.

Para los nuevos radicales, el conflicto mismo, en lugar de la injusticia o la inequidad, era el mal que había de ser erradicado. Consecuentemente, propusieron reformar la sociedad […] por medio de ingeniería social llevada a cabo por expertos desinteresados que podían ver el problema como un todo y que podían verlo esencialmente como un problema de recursos […], la aplicación y conservación apropiada del cual eran labor de la administración ilustrada.21

En el balance de Yehouda Shenhav, este ethos apolítico se remonta a la autopercepción de los ingenieros, que influyó subsecuentemente en la ideología gerencial en la gran organización y el movimiento progresista a nivel de la sociedad en su conjunto: «la teoría americana de la gestión se presentó como una técnica científica administrada por el bien de la sociedad en su conjunto sin relación con la política».22 Taylor veía la burocracia como «una solución para las separaciones ideológicas, como remedio ingenieril para la guerra entre clases».23 A nivel de política estatal, el enfoque político profesionalizado de los progresistas «se percibía como objetivo y racional, por encima del conflicto político de concertación». Reflejaba «una cultura pragmática donde los conflictos se dispersaban y las diferencias ideológicas se resolvían».24 Tanto a los Progresistas como los ingenieros industriales «les aterraba la posibilidad de una ‘guerra de clases’», y veían la «eficiencia» como un medio para alcanzar la «armonía social, haciendo que los intereses de los obreros fuesen los mismos de sus empleadores».25

La tendencia en todas las áreas de la vida era tratar las políticas como materia de experticia más que de política: trasladar tantas cuestiones como fuese posible del dominio del debate público al debate de la administración por parte de autoridades adecuadamente calificadas.

Así pues, se permitía que los problemas sociales entraran en la esfera organizacional solamente tras revestirlos con términos técnicos. Las soluciones pragmáticas debían remplazar las controversias ideológicas.26

Como lo expresó una editorial del New Republic, «el negocio de la política se ha tornado demasiado complejo para dejárselo a los malentendidos pretenciosos de aficionados bienintencionados».27 Este se transformaría en un leitmotiv en la política del siglo XX. Roosevelt proclamó que «el día del político está en el pasado; el día del administrador iluminado ha llegado».28 J. F. Kennedy, en términos similares, aseveró que

la mayoría de problemas […] que hoy encaramos son problemas técnicos, problemas administrativos. Se trata de juicios muy sofisticados que no se prestan para la gran clase de movimientos apasionados que han estremecido a este país tan a menudo en días pasados. Tratan de cuestiones que se hallan ahora más allá de la comprensión de la mayoría de hombres […].29

El concepto de «desinterés» era central para la mentalidad progresista, concepto según el cual el «profesional» era una suerte de filósofo rey calificado para decidir sobre toda clase de asuntos polémicos con base en una experticia inmaculada, sin intrusión alguna de ideología o política sórdida.30 Presento una cita extensa de Christopher Lasch, en The Revolt of the Elites:

El impulso por depurar la política ganó su ímpetu en la era progresista […]. Los progresistas predicaban la «eficiencia», el «buen gobierno», el «bipartidismo» y la «administración científica» de los asuntos públicos, y declararon guerra al «patronismo». Atacaron el sistema de antigüedad en el congreso, limitaron los poderes de los portavoces de la cámara, remplazaron alcaldes y burgomaestres y delegaron funciones gubernamentales importantes a comisiones delegantes empleadas con administradores entrenados […]. Adoptaron la postura del gobierno como ciencia, no como arte. Forjaron vínculos entre el gobierno y la universidad a fin de asegurar una provisión firme de expertos y conocimiento experto. Pero veían escasa utilidad en el debate público. La mayoría de las cuestiones políticas eran demasiado complejas, desde su perspectiva, para someterlas al juicio popular […].31

(Cualquiera que haya visto la facultad de un departamento académico compitiendo por fondos o peleando por la esquina de una oficina sabe la clase de disparate que esto es.)

En síntesis, la visión gerencial de los progresistas se traducía en un mundo dirigido por grandes jerarquías burocráticas, conformadas por profesionales adecuadamente calificados.

II. El liberalismo como doctrina schumpeteriana

Repito, los intelectuales «progresistas» estaban apegados a las fortunas de la gran organización burocrática de la misma manera que los politiques estaban apegados a la corte del Rey Sol.  El progresismo, conforme a esto, consideraba los medios hamiltonianos no solo como necesarios para obtener fines jeffersonianos bajo nuevas condiciones. El liberalismo de establecimiento identificó los medios hamiltonianos, en cuanto tales, con los fines progresistas.

Implícitas en el liberalismo del siglo XX hay ciertas suposiciones schumpeterianas acerca de la naturaleza progresista de la gran organización en sí misma. De acuerdo con Schumpeter, solo las grandes empresas podrían darse el lujo de innovar, pues tenían el poder de mercado para administrar los precios y cobrar un precio mayor al costo marginal, a fin de recuperar su inversión en I&D. Por ende, los beneficios resultantes de un gran tamaño organizacional tenían menos que ver con economías técnicas de escala que con el uso progresivo del poder de mercado. «[los] planes a gran escala podían en muchos casos no materializarse en absoluto si no se sabía desde el inicio que la competencia se vería desalentada por altos requerimientos de capital o falta de experiencia […].»32

[…] la teoría del monopolio simple y discriminatorio enseña que, a excepción de un caso limitante, el precio de monopolio es más alto y lo producido por el monopolio más pequeño que el precio y lo producido en un sistema competitivo. Lo anterior es verdad, siempre y cuando el método y la organización de la producción—y todo lo demás— sean exactamente los mismos en ambos casos. En realidad, no obstante, existen métodos superiores a la mano para el monopolista, que, o no están disponibles para una masa de competidores, o no están disponibles para ellos tan fácilmente: pues hay ventajas que, aunque no sean estrictamente inaccesibles a nivel competitivo de empresa, se aseguran solamente a nivel de monopolio, por ejemplo, porque la monopolización puede incrementar la esfera de influencia de los mejor ubicados y disminuir la esfera de influencia de los inferiores o porque el monopolio goza de una situación financiera desproporcionadamente más alta […].

No puede haber duda razonable de que, bajo las condiciones de nuestra época, semejante superioridad es de hecho el increíble rasgo de la típica unidad de control a gran escala […], pero en numerosos casos de importancia decisiva proveen la forma necesaria para el logro.33

Su discípulo Gailbraith sostuvo, similarmente, que una estructura de mercado oligopólica era necesaria para financiar la innovación:

 […] [una] providencia benigna […] ha hecho de la industria moderna de unas pocas firmas grandes un excelente instrumento para inducir cambio técnico. Esta industria está admirablemente equipada para financiar el desarrollo técnico. Su organización provee con fuertes incentivos para comprometerse al desarrollo y ponerlo en uso […].

[…] el desarrollo técnico se ha vuelto desde entonces el dominio de científicos e ingenieros […]. La mayoría de inventos baratos y simples han […] sido hechos. No solo es el desarrollo ahora sofisticado y costoso, sino que debe darse a una escala suficiente para que éxitos y fracasos se nivelen […].

Dado que el desarrollo es costoso, de allí se sigue que puede acometerlo solamente una firma que tenga los recursos que se asocian con un tamaño considerable. Más aun, a menos que una firma tenga una proporción sustancial del mercado, no tiene incentivo de fuerza para acometer una gran inversión en desarrollo […].

[…] en la industria moderna, compartida por unas cuantas firmas, el tamaño y las recompensas que se traducen en poder de mercado se combinan para asegurar que los recursos para investigación y desarrollo técnico estén disponibles. El poder que permite a la firma tener alguna influencia en los precios asegura que las ganancias resultantes no pasarán al público por vía de imitadores […] antes de que el gasto en inversión pueda recuperarse […].

En términos netos, debe haber algún elemento monopólico en una industria si ha de ser progresista.34

El modelo schumpeteriano de la firma innovadora tendía a extrapolarse, en el marco liberal, a un modelo general para todos los aspectos progresivos de la gran organización. Para Schumpeter y Galbraith, era la gran corporación gerencialista dirigida por planificadores centrales la que podía darse el lujo de innovar porque tenía el poder de mercado necesario para vender sobre el costo marginal y así recuperar la inversión en innovación. Para los liberales, asimismo, la firma comercial grande y burocrática podía permitirse más probablemente ser «progresista» (en el sentido de ofrecer buenos salarios y beneficios y empleo vitalicio seguro) a causa de su poder de mercado.

En síntesis, la firma ideal era algo así como un monopolio regulado, donde a un puñado de organizaciones gigantes se les garantizan utilidades razonables, y a cambio estas cuidan bien de sus siervos. La idea general es que los monopolios como tal no son tan malos, en tanto estén regulados en líneas «progresistas». Las compañías de utilidades privadas son monopolios, mas los precios que cobran están regulados por el estado, así que los costos se mantienen a raya.

El enfoque adecuado era promover el tamaño, garantizar utilidades razonables para los peces gordos, y luego regularlos a más no poder (las regulaciones en realidad servirían, en contra del dogma liberal, para garantizar las utilidades). Como lo planteó James Weinstein, esto implicaba «un compromiso con el fortalecimiento y la racionalización de las grandes corporaciones», a condición de que «las corporaciones reconocieran las responsabilidades sociales que entraña la dominación de la sociedad».35

No cabía duda de que la gran corporación habría de volverse la norma. Como lo dijo Herbert Croly, un sistema genuinamente justo y franco de regulación corporativa, basado en el reconocimiento de la gran corporación («reconocimiento atenuado por la regulación»), no equivaldría de ningún modo a «una política de estricta neutralidad entre el agente industrial pequeño y el grande». Lejos de proteger a los competidores más pequeños de la corporación, de hecho, equivaldría efectivamente a una «discriminación a su favor». La ventaja real de la gran corporación sobre la pequeña depende, no del privilegio y la discriminación, sino de

abundante capital, el cual le permite tomar ventaja de cada oportunidad y comprar y vender sacando el mejor provecho. Depende de la apropiación permanente de suministros esenciales de materias primas como el hierro y el carbón, o de terminales en grandes ciudades que no pueden duplicarse ahora. Depende de las posibilidades de la administración industrial económica y del desarrollo sistemático de la habilidad industrial individual que existe en peculiar grado en grandes empresas industriales. Ninguna de estas fuentes de eficiencia económica se verá de manera alguna disminuida por el programa oficial de regulación […].

Así, la regulación a la gran corporación es equivalente a la perpetuación de sus ventajas existentes.

[…] las corporaciones enormes han contribuido a la eficiencia económica americana. Estas constituyen un paso importante en la dirección de la mejor organización de la industria y el comercio […].

La idea constructiva detrás de una política de reconocimiento de corporaciones semimonopólicas es, por supuesto, la idea de que estas se pueden convertir en agentes económicos que avanzarán inequívocamente hacia los intereses económicos nacionales […].36

La reputación de rompe-consorcios de los políticos de la era progresista es totalmente inmerecida. El bello ideal de hombre de estado de Croly, Teddy Roosevelt, por ejemplo, denunció a populistas agrarios y rompe-consorcios, denominándolos «tories rurales»37. James Weinstein describió su posición de este modo:

Roosevelt, por supuesto, aceptó la gran corporación como la culminación natural del desarrollo industrial americano, y buscó utilizar la ley Sherman como un medio para regular sencillamente el comportamiento corporativo. Los «buenos» consorcios, en la terminología de Roosevelt, eran aquellos que actuaban de una manera socialmente responsable […].38

«Esta es la edad de la combinación», le dijo Roosevelt al congreso en su mensaje anual en 1905, «y cualquier esfuerzo por prevenir la combinación será no solamente inútil, sino al final vicioso, por causa del menosprecio por la ley que produce inevitablemente el fracaso a la hora de hacer cumplir la ley». Lo que precisábamos era «no arrasar con prohibiciones cada arreglo, malo o bueno, que pudiera tender a restringir la competencia, sino una supervisión adecuada y regulación tal que previniera que cualquier restricción a la competencia fuese en detrimento del público».39

Los «Buenos consorcios» tendían a coincidir, específicamente, con la coalición de intereses «progresistas» detrás de la Federación cívica nacional, los mismos que estaban dispuestos a jugar a la pelota con Roosevelt: «las más grandes corporaciones, ferrocarriles y bancos que los financiaron (en particular la Casa de Morgan) […]».40

Lo anterior aplicaba a Woodrow Wilson, quien describió a los populistas anticorporativos como «retroreformadores» que querían «hacernos retroceder a una crisálida de la que ya hemos salido».41 El remedio para los abusos de los consorcios no era «desintegrar lo que con tanto dolor hemos armado en la organización de la empresa industrial moderna».

Wilson, en tanto político compelido a adoptar una postura en estos asuntos y en tanto intelectual que suscribía la forma de pensamiento evolucionaria-positivista, reconoció consistentemente y afirmó el desarrollo histórico de la empresa corporativa a gran escala y su liquidación del viejo régimen competitivo de propietarios. A lo que la historia o la evolución habían forjado era «inútil y ridículo» oponerse. «La empresa moderna», sostenía, «está sin lugar a dudas mejor dirigida a gran escala, donde los recursos del individuo singular son manifiestamente insuficientes». El capital y el trabajo «deben acumularse con el fin de hacer las cosas que deben hacerse para respaldar y facilitar la vida moderna». En el curso de la evolución progresista, en la perspectiva de Wilson, «la organización amplia y la cooperación han hecho posible el mundo moderno y deben mantenerlo». La gran corporación no era un mero mal necesario; era un bien positivo—el instrumento de la sociedad para su propio desarrollo progresivo […].

El remedio para el problema de los consorcios, entonces, iniciaba con la afirmación de la gran empresa corporativa como vehículo para el progreso económico, como la forma característica de organización empresarial moderna y como el componente básico de una sociedad moderna progresista.42

Para el liberalismo del siglo XX, el modelo «progresivo» ideal para la organización industrial era un leviatán como General Motors que, a cambio de utilidades garantizadas, proveía una suerte de estado de bienestar basado en el empleador, con salarios altos y empleo vitalicio garantizado. No estaba mal que GM fuera dueño de la mitad de la economía de manufactura, siempre y cuando garantizara el sueño americano al padre de Michael Moore y a su generación. En los medios de difusión se trataba de las Tres Grandes cadenas cerbero, gobernadas por un ethos profesional lippmanniano de «objetividad periodística», y con la Doctrina de la imparcialidad como respaldo.

Para los liberales, la época dorada estadounidense fue el «capitalismo de consenso» del New Deal y la primera generación posterior a la segunda guerra mundial, dominada por semejantes gigantes, las organizaciones burocráticas. La organización del trabajo en este sector «progresista» de la economía era taylorista/weberiana, y su estructura y enfoque de mercado a la innovación tecnológica eran schumpeterianos.

Hay una cierta cantidad de supuestos tecnológicos implícitos en el modelo de Schumpeter/Galbraith/Chandler. De mayor importancia es el supuesto de que la maquinaria de producción es extremadamente costosa y el modelo de producción normal es de capital intensivo. Como veremos abajo, cuando este supuesto se ve socavado por cambios tecnológicos que reducen radicalmente el coste de centros de comunicación y maquinaria de producción, se ve socavado a su vez todo el paradigma organizacional de la era industrial.

III. Contra la revolución por redes

Más recientemente, esta afinidad general por la organización y la jerarquía a gran escala se ha reflejado en una hostilidad hacia las nuevas formas de organización por redes posibilitadas por las tecnologías que emergieron a finales del siglo XX. La reacción a la organización descentralizada y por redes, entre los liberales convencionales, parece ser uniforme y visceralmente negativa. Lo profesional contra el hágalo usted mismo, la jerarquía contra la red, la gestión contra el ad hoc, la envergadura y lo jerárquico contra la pequeña escala—en cada caso, las antipatías son predecibles hasta rayar en el estereotipo. Es difícil, bajo tales circunstancias, no sospechar que, en la raíz de esta reacción negativa, reposan algunos valores culturales y estéticos complejos.

No solo están en conflicto las organizaciones descentralizadas y en red con la forma de organización asociada con la época dorada de Michael Moore, sino que las favorece la gente equivocada; citanos de jaez neoliberal como Newt Gingrich y Tom Peters frecuentemente se muestran entusiastas hacia la revolución de redes y todo el ámbito cibernético, y tienen malas cosas que decir sobre la burocracia y el taylorismo. De ello se sigue, conforme a cierta lógica, que todo el que muestre antipatía por Taylor o Weber o celebre la revolución por redes es un sospechoso ideológico.

La tendencia resultante es ver cualquier clase de alternativa descentralizada al nexo estatal corporativo centralista como una nueva versión del neoliberalismo con piel de oveja.

Thomas Frank. En la medida en que One Market Under God presenta un argumento, este puede resumirse en «¡niños endemoniados, fuera de mi jardín!». Así como los miembros de la Sociedad John Birch tachan a otros de «rojos», Frank utiliza el «populismo de mercado» o «libre mercado» como categoría que bien podría denominarse «todo lo que no me gusta». Todo lo que Frank odiaba del mundo en los 90—la globalización, los archiricos, el charlatanismo de la teoría gerencial, los administradores yuppies, las megafusiones, Dow 36000, el boom tecnológico, la internet, chicos con zarcillos en el labio que escuchan rock grunge—entra en la etiqueta «libre mercado». Si Frank se queja de que «el populismo de mercado es una idea devorada por las contradicciones»43, puede que se deba a que ha colmado esa categoría con muchas cosas conectadas solo por sus aversiones idiosincráticas.

Pero la mayoría del libro de Frank parece ser menos un argumento que una interminable retahíla de yuxtaposiciones perezosas al pie de la letra que sustituyen un argumento. Él da un brinco de la nada, asegurando que muchas críticas a la jerarquía, el cerberismo, el gerencialismo, el credencialismo, etc., vienen de testaferros plutocráticos, para luego trabajar desde el supuesto—que no somete a casi ningún escrutinio crítico— de que recurrir a tales críticas es en sí mismo evidencia prima facie de que se es un testaferro o un incauto de los plutócratas. Puesto que los intereses de las corporaciones globales están a menudo imbuidos con el lenguaje del tecnoutopismo, se sigue, de acuerdo a la lógica de Frank, que quien sea que celebre la cultura de redes es un bienmandado para la gran empresa. El libro entero se enmarca en un contraste entre «su Nueva Economía» y «nuestro New Deal.»44

Frank cita un aserto habitual e irrefragable sobre el principio de los efectos de las redes—«el poder de la creatividad incrementa exponencialmente con la diversidad y divergencia de aquellos que están conectados a la red»45—, y luego, con un guiño y un empujoncito comparable al uso del «organizador de la comunidad» de Sarah Palin, se las arregla para insinuar que cualquiera que hable de «inconformidad», «cambiar todo» o «pensar diferente» ha confesado ipso facto ser un agente del capitalismo internacional ateo.

Frank desestima a Stewart Brand, John Perry Barlow, Kevin Kelley, Chris Anderson y todos esos otros «ciberlibertarios» solo como los muchos frentes de batalla de Dick Armey.

Peor aún, en un asombroso despliegue de sordera cultural e ideológica, Frank agolpa a activistas culturales libres como Brand, Barlow y Richard Stallman en la misma categoría de testaferros exclusivistas de la «supercarretera de la información» como Newt Gingrich, Tom Peters y Bill Gates («Bill Gates y su legión de tatuados discípulos casuales»46).

Pese a que la ciberindustria pasó de los frikis a las rastas, su política libertaria no cambió un ápice. Por el contrario, la principal función de su diferenciación radical era conferirles a sus defensas de Microsoft o a sus declaraciones de parte de Davos un revestimiento populista convincente.47

(Es interesante que Frank equipare la defensa de Microsoft con el «libertarismo»; conozco a bastantes libertarios que discreparían).

Cualquiera que utilice alguna de las mismas palabras o enfatice alguno de los mismos temas—incluso si los desarrolla en direcciones muy diferentes—se ve forzado a entrar en el baúl del «populista de mercado». Los peores testaferros corporativos y los abogados del software libre más radicalmente anticorporativos son amalgamados en un singular monolito de la Nueva Economía—solo porque, ya saben, dicen cosas que suenan similares.

Bueno, ¿adivinen qué? Rosa Luxemburgo y Joseph Stalin también dijeron algunas cosas que sonaban similares. De hecho, Frank me recuerda en no poca medida a Glenn Beck, quien se sirve de palabras como «progresista» o «empatía» o «justicia social» y escudriña los discursos de Hitler y Stalin en busca de usos en apariencia siniestros de esas palabras, con el fin de probar que «en realidad» se trata de una «palabra clave» para apostar Gauleiters de la ACORN (Asociación de Organizaciones Comunitarias por una Reforma Ya) en las ciudades principales y despachar a todos los cristianos blancos a campos de exterminio de la FEMA (Agencia Federal para la Gestión de Emergencias).

Me pregunto con qué ojos ve Frank the Pirate Bay. O la existencia de un movimiento de software libre para cuyos miembros Bill Gates es la persona más injuriada en la historia humana. O el hecho de que gente como Gates no sea tan amigable hacia ciertas formas de apertura. El enfoque tosco de Frank es una clara indicación de cuán pobremente equipado se encuentra para tratar dichas cuestiones.

Frank no admite que la internet sea otra cosa más que «populismo de mercado»; cualquier sugerencia de que podría utilizársele para otra cosa que no sean fines corporativos es, bueno, «justo exactamente lo que esperaría oír si estuviesen trabajando para ELLOS.» Dado que Frank se aferra con tenacidad al dogma de que solo se cuenta con dos alternativas —el capitalismo de consenso de los años 50 de Alfred Chandler y Michael Moore, y el capitalismo neoliberal de Tom Friedman—, se cierra por ello a la posibilidad de que la revolución por redes pueda realmente socavar el poder corporativo.

Una década después de la publicación del libro de Frank, uno de los temas más recurrentes en las noticias económicas ha sido la guerra declarada por Microsoft, la Asociación de Industria Discográfica de Estados Unidos (RIAA en inglés) y la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos (MPAA), al ala radical de la revolución por redes. Si se lee a Frank—incluyendo su material más reciente—, no se tendría idea de que gente como Richard Stallman, Cory Doctorow, Larry Lessing, etc., no gustan de Bill Gates.

A pesar de que Frank trata implícitamente a personas como George Gilder (quien «reconoció que lo que llama «progreso» era «ineluctablemente elitista», pues hace a los ricos más ricos»48) como voceros autoritarios de la Nueva Economía, ignora completamente que el ala radical de la revolución por redes está en guerra con el mecanismo básico mediante el cual los ricos se hacen más ricos. Hay una irrefragable ironía en el hecho de que Frank enmarque el populismo de mercado en una defensa de los empresarios en contra del Escriba (servidor de registro),49 cuando la mayor parte de la revolución por redes es una revuelta de parte de los Escribas en contra del control corporativo.

Frank se burla, muy acertadamente, del facilista uso neoliberal del simbolismo de «los muros que se derrumban» posterior a la caída del muro de Berlín propio del capitalismo global. Pero su rechazo es excesivamente amplio:

Se dice, en particular, que la «información» milita por su naturaleza misma en contra de dictaduras de cualquier índole. En una homilía ideológica que habría de tornarse tan ortodoxa para el final de la década como para teñir gran parte de los reportes de asuntos internacionales en los Estados Unidos, [Walter] Wriston recita cómo la videocasetera derrocó a Marcos, cómo el casete derrocó al Sha y cómo la televisión destruyó el comunismo […]. De hecho, era tan atrayente la libertad que ofrecía el mercado, que Wriston podía predecir con confianza un día cuando la guerra de banqueros se transformaría en la guerra del pueblo, cuando incluso el proletariado «lucharía por reducir el poder del gobierno sobre las corporaciones para las que trabaja, organizaciones de lejos más democráticas, colegiales y tolerantes que las distantes burocracias estatales».50

De Nuevo, leyendo a Frank uno nunca adivinaría que el tema recurrente de los «muros que se derrumban» sea celebrado por personas que desean traer abajo el poder corporativo. «El cambio» no es algo que nazca de las corporaciones, en concordancia con el libro ¿Quién se ha robado mi queso?; es también algo que muchos de nosotros desearíamos hacerles a las corporaciones—y la cultura de redes es una de las más poderosas armas a nuestra disposición.

A comentaristas neoliberales como Newt Ginrich y Tom Peters les agrada comparar la «vieja economía» con el Gosplán soviético. Pero, para algunos de nosotros, corporaciones como Nike y Microsoft son ellas mismas vestigios de la vieja economía, y serán los últimos dominós en caer.

En la década posterior a la publicación de One Market Under God, muchas figuras convencionales como Gates, cuyas celebraciones de la cultura de redes satiriza Frank, se han manifestado como contrarevolucionarias, situándose en medio de la revolución de redes para gritar «¡deténganse!» Un sinfín de personajes ha aparecido buscando aclarar que a lo que se referían con una revolución de redes era algo como la visión original de la «supercarretera de la información»: un modelo de difusión mucho, mucho más grande, con cientos de canales, numerosos contenidos fácilmente rentabilizables, y numerosos sitios web estáticos como folletos de venta corporativos de alta tecnología. ¡La Red 1.0 era buena, pero tenían que aparecer los rojos informáticos y arruinarlo todo!

Por otro lado, esta línea de Frank bien podría servir como consigna para el movimiento de software libre: «nosotros no votamos por Bill Gates; nosotros no nos sentamos un día y acordamos usar su sistema operativo y pagar por él lo que a él se le pareciera correcto.»51

Frank & compañía no solo ignoran el desafío que representa la cultura de redes para el poder corporativo. De forma perversa, como veremos abajo, cuando el ala izquierda de la cultura de redes se halla en guerra con los intereses corporativos poderosos como las industrias de contenidos patentados, los liberales de la ralea de Frank se ponen firmemente del lado de la gran empresa—en defensa, de nuevo, de los mecanismos centrales que «hacen a los ricos más ricos».

El trabajo de Frank encarna también una contradicción interna básica común a la mayoría de los autodenominados «progresistas»: el intento de promoción del capitalismo de consenso del pueblo de Flint, Michigan de Michael Moore hacia 1950 y de incorporación de críticas con tintes de la Nueva Izquierda a la cultura de consumo masivo y la obsolescencia programada. Es difícil pasar por alto la ironía de algunas citas extensas en Captains of Consciousness, de Stewart Ewen, una obra dedicada a ensalzar un sistema que no podría haber sobrevivido sin los fenómenos descritos por Ewen.52

Todo lo negativo que Frank reconoce acerca del orden corporativo de la era industrial era resultado de las tentativas de corporaciones de la era industrial para asegurarse las precondiciones de ese orden. Como lo ha señalado una amplia variedad de pensadores, desde Schumpeter hasta Galbraith, la industria de producción en masa requiere el control de la sociedad externa para garantizar que su producido sea consumido.53 Sencillamente no se puede tener los EE.UU de General Motors y United Automobile Workers como existían en los años 50, sin aceptar la obsolescencia programada y una publicidad en masa ubicua como parte del trato.

Como resultado de esto, la visión de Frank de la clásica corporación de la era industrial es inevitablemente ambivalente. También es ambivalente su visión del capitalismo gerencialista. Él expresa cierta hostilidad—y lo hace detalladamente—hacia Taylor en tanto este impuso condiciones autoritarias a los trabajadores.54 Pero se ve compelido a defender el taylorismo y el gerencialismo contra los ataques de los gurús gerenciales. «El enemigo de mi enemigo», y todo eso. En ocasiones deja pistas sobre cómo el camino para salir de este dilema es un «revivir de la mano de obra»55 o un incremento en la injerencia del trabajador sobre el proceso de producción mediante alguna clase de esquema de autogestión, pero se muestra ignorante acerca de las posibilidades que presenta abaratar los medios de producción a la hora de desafiar los pilares estructurales básicos del sistema de salarios.

Él ridiculiza las afirmaciones (v.g., la de Charles Handy) que sugieren que la revolución de la información empodera a los trabajadores porque «los ‘medios de producción’, la base tradicional del capitalismo, están ahora literalmente en manos  de los trabajadores, pues dichos medios se hallan en sus cabezas y en sus dedos.»56 Pero, en su valor nominal, es una observación enteramente correcta acerca del efecto de los cambios tecnológicos en la naturaleza del empleo. Y Handy difícilmente califica como gurú de la teoría gerencial genérico y convencional; entre otras cosas, él prevé un modelo de organización empresarial en proceso de evolución en que los accionistas se consideran financieros más que dueños, y los trabajadores se consideran «ciudadanos» con derechos de propiedad a una porción de las utilidades que generan.57

El abaratamiento de los medios de producción, tanto en manufactura como en producción cultural, tiene de hecho un efecto revolucionario en la medida en que socava las bases del sistema de fábricas y otras formas de empleo asalariado. El sistema de fábricas y el trabajo asalariado surgieron originalmente porque la maquinaria requerida para la producción era demasiado costosa para que los trabajadores accedieran a ella. El resultado fue un modelo económico donde los medios de producción eran controlados por los que fuesen lo suficientemente ricos para costearlos, quienes entonces contrataban obreros salariados para que trabajaran para ellos. Cuando el trabajo que otrora requería una casa editorial o un estudio de grabación que costaba cientos de miles de dólares puede hacerse ahora con un ordenador de escritorio de costo menor en dos órdenes de magnitud, los fundamentos del sistema de salarios se ven comprometidos.

Y de hecho esa tendencia ha sido recalcada por un amplio rango de pensadores. Como lo observaron Luigi Zingales y David Prychitko, el cambio del capital físico al capital humano como fuente principal de equidad y valor agregado en publicidad, software y diversas industrias de servicios ha resultado en una tendencia hacia «firmas disidentes». Bajo estas condiciones, su antiguo empleador se convierte en poco más que una concha vacía y un nombre.58 Como lo describo en mi último libro The Homebrew Industrial Revolution:

Estos desarrollos han debilitado profundamente las jerarquías corporativas en las industrias de la información y entretenimiento, y han creado asimismo enormes problemas de agencia. A medida que incremente el valor de capital humano y disminuyen los costes de inversión de capital humano necesarios para la producción independiente de capital humano, el poder de las jerarquías corporativas se torna cada vez menos relevante. A medida que el valor de capital humano relativo al capital físico incrementa, las barreras de entrada al mercado se vuelven progresivamente más bajas para que los trabajadores separen su capital humano de la firma e inicien nuevas firmas bajo su propio control.59

En cualquier industria donde el equipo de producción básico sea asequible para todos, y el trabajo de abajo arriba por redes vuelva obsoleta la gerencia, es probable que la producción autogestional y cooperativa remplace las antiguas jerarquías gerenciales.

Otro efecto del abaratamiento de los medios de producción cultural es que la porción de inversión a gran escala que anteriormente absorbían la industria cultural y la cultura de la información se está volviendo cada vez más obsoleta. Como lo describió Douglas Rushkoff,

[…] El hecho es que la mayoría de negocios de internet no requieren capital de riesgo. Lo bello de estas tecnologías es que descentralizan la creación de valor. Cualquiera que posea un ordenador y banda ancha puede programar el siguiente complemento de Twitter o Facebook, la siguiente aplicación de iPhone o incluso la siguiente red social. Pese a que unos cuantos miles de dólares no estarían de más, los cientos de millones que los capitalistas de riesgo quieren—necesitan— invertir, sencillamente no se requieren. Los emprendedores que sí aceptan tales fondos exorbitantes lo hacen a sabiendas de que no se les pagará de vuelta. La inversión del capitalista de riesgo es la estrategia de salida del emprendedor.

La crisis bancaria inició con la industria del dot.com, pues allí había un sector de negocio que no requería inversiones masivas de capital a fin de crecer. (Pasé una vez una noche al teléfono con un joven empresario que se hizo con 20 millones en capital de parte de una firma de riesgo, intentando determinar cómo gastarlo. Nos las ingeniamos para gastar solamente 2 millones) ¿Qué hace un banco cuando su dinero ya no se necesita?

El mismo principio aplica al abaratamiento radical de los medios de producción física, como lo demuestra el que una fábrica de garaje con menos de 10.000 dólares en herramientas mecánicas de control numérico pueda producir el tipo de bienes que alguna vez requería una fábrica de un millón de dólares o más.

Bajo estas condiciones, en un número rápidamente creciente de modos de producción, la función primaria del viejo marco corporativo—el gobierno de bienes de producción costosos— se torna obsoleta. La única función que queda del viejo marco corporativo en la mayoría de los casos es el uso de escasez artificial, sobrecargos artificiales y barreras de entrada al mercado artificiales para retener el control del capital humano y extraer réditos de él.

Los testaferros convencionales de la nueva economía de la información, gente como Peters y Gingrich, vislumbran una configuración donde los procesos de producción estén descentralizados, mas sigan capitalizados como fuentes de rentas por parte de una clase de inversionistas ausentes super ricos. Pero, perversamente, como veremos abajo, son liberales de la realea de Frank quienes a menudo dan un paso adelante en defensa de los derechos de «propiedad intelectual», los principales medios mediante los cuales las jerarquías corporativas son capaces de mantener el control sobre el capital humano.

En ocasiones, Frank parece ser incapaz de entender la idea básica del movimiento que está intentando criticar. Tómese, por ejemplo, su lectura de la crítica de Jon Katz de la cultura de difusión:

Pero en otras joyas de ideología de internet, el populismo de Gilder se estaba injertando con éxito por completo a diferentes «personas»: El hipster libertario, el lelo republicano, el millonario rocanrolero, el corredor de bolsa motero. Aunque se puede encontrar semejantes personajes en pleno por casi toda la red, nos centraremos primero, en aras de la brevedad, en Jon Katz, el periodista veterano que escribió críticas de los medios para la revista de la industria de las computadoras Wired. Katz acometió la tarea con ferocidad considerable, pugnando con los «viejos medios» con una crítica populista punzante. El signo del fracaso del periodismo americano, de acuerdo a Katz, era su «arrogancia y elitismo», un cargo que él extrajo directamente del libro de estrategia de contragolpe (recuérdese la guerra de Limbaugh contra las «élites de los medios»), pero que renovó mediante el ahora estándar parloteo sobre la democracia de la escucha […]. El término «elitismo», como lo utilizó, designaba no a la clase de los propietarios, sino una cierta actitud hacia la gente y hacia la inteligencia popular […]. Pero semejante desdén hacia la mente pública, nos aseguró Katz, no podría jamás tener lugar en la Red, ese «modelo de comunicación nuevo, democrático y many-to-many».61

Este es un ejemplo de la forzada lectura de Frank de subtextos siniestros en cada cosa que encuentra en su camino, comparable con el «síndrome de Tourette nazi» de Glenn Beck, tan efectivamente parodiado por Lewis Black.62 Ese fragmento acerca del «modelo de comunicación many-to-many», que Frank omite por ser obviamente solo jerga tecnohipster irrelevante, es central para aquello a lo que Katz se refiere con «elitismo» y «democracia»— que, para cualquiera menos obtuso que Frank, se trata precisamente de «la clase hacendada» y no de «una cierta actitud».

Tal y como el abaratamiento radical de las plataformas de comunicación ha hecho obsoletos a los empleados corporativos y a los intermediarios, asimismo socava la base técnica para la clase de control corporativo concentrado de las comunicaciones descrito por críticos radicales de los medios como Edward Herman y Noam Chomsky. En las industrias de la información y el entretenimiento, previo a las revoluciones digital y de internet, la inversión inicial para entrar a un mercado era de cientos de miles de dólares o más. Los viejos medios masivos electrónicos, como lo expone Yochai Benkler «se caracterizaban por plataformas de alto costo y sistemas únicamente de recepción, baratos y ubicuos al final. Esto llevó a un limitado rango de modelos organizacionales para la producción.»63 Lo mismo era verdad de los diarios impresos: entre 1835 y 1850, los costos iniciales típicos de un periódico incrementaron de $ 500 a $ 100.000 – o de a penas $ 10.000 $ 2.8 millones en dólares de 2005.64

La economía en red, en contraste, se distingue por una «arquitectura por redes y el [bajo] costo de volverse un participante.»65 El cambio central que hace esto posible es que «el capital físico básico necesario para expresar y comunicar significado humano es el ordenador personal conectado.»66 La revolución de escritorio y la internet significan que la mínima inversión de capital para acceder a la mayoría de la industria del entretenimiento y la información ha caído a lo sumo a unos miles de dólares, y el costo marginal de reproducción es cero. El entorno en red, combinado con un sinfín de software baratos para la creación y edición de contenido, hace posible para el diletante generar una producción de una calidad una vez asociada con casas editoriales gigantes y compañías discrográficas.67 Esto es cierto de la industria de software, la industria musical (gracias al equipo y software barato  para la grabación y edición de sonido de alta calidad), la edición electrónica y en cierta medida incluso el cine (tecnología de edición asequible y el éxito de Sky Captain). La tecnología de difusión multimedia hace posible la distribución de programaciones de «radio» y «televisión» prácticamente sin costo para cualquiera que tenga una conexión de banda ancha. Una red de contribuidores diletantes ha producido entre pares una enciclopedia, Wikipedia, que la enciclopedia Britannica ve como rival. Como lo expresa Tom Coates, «la brecha entre lo que se puede alcanzar en casa y lo que se puede alcanzar en un entorno laboral se ha cerrado dramáticamente en el curso de los últimos diez a quince años.»68

El modelo de comunicación por redes socava el poder corporativo en toda clase de maneras; lo que The Pirate Bay le está haciendo a la Asociación de Industria Discográfica de Estados Unidos es solo la muestra más pequeña. Facilita también la clase de movimientos de resistencia en red que David Ronfeldt y John Arquilla analizaron en un gran cuerpo de literatura para la Corporación Rand.69 Este modelo es aplicable, específicamente, al modelo en red del conflicto laboral ya prominente en boicots públicos por Trabajadores Indios Imolakee, la Asociación de Trabajadores de Wal-Mart y diversas campañas de organización por Trabajadores Industriales del Mundo—y es, de hecho, probablemente la mayor esperanza para el «revivir de la mano de obra» de Frank. Es aplicable asimismo a la clase de «sabotaje cultural» descrito por Naomi Klein en No logo (v.g., el exquisito ataque por el lado ciego de Frank Kernaghan a Kathie Lee).70

Frank siente una clase de aversión especial por «Stewart», el chico rebelde que escucha rock alternativo, con tatuajes y patineta, que introduce a su jefe pesado al comercio bursátil en línea en esos viejos comerciales de Ameritrade («Comercio Alegre. A Rockear»).71 Lo que Frank descuida en su análisis es que, en el mundo real, la internet hace que sea con veras más fácil para chicos como Stewart no solamente comerciar con acciones en línea, sino también organizar una célula de I.W.W en su lugar de trabajo. Vivimos en un mundo donde lo que los wobblies solían llamar «sabotaje a boca abierta» se cruza con el «efecto Streisand».72 Es posible ahora para cualquier corporación involucrada en una disputa laboral o sencillamente culpable de maltratos desdeñables a sus trabajadores, que en años pasados lo habría hecho en la oscuridad, verse obligada a encarar el mismo enjambre activista mediático de hipervínculos que enfrentó la campaña gubernamental de contrainsurgencia en Chiapas de parte de la red de apoyo global a los Zapatistas.

Pero todo esto es completamente abstruso para Frank. La internet nunca se menciona en su libro excepto como contrapunto para alguna ladina desestimación del tecnoutopismo o el populismo de mercado. Parece ignorar deliberadamente que la revolución por redes es terreno disputado.

Frank pasa por alto también el significado del periodismo en red. Consagra una porción considerable de One Market Under God a la creación de una caricatura enteramente justificada de los periódicos Gannett y su ethos periodístico de elusión del «cinismo» y el «adversarialismo»,73 pero pierde de vista que el periodismo de internet es un arma poderosa contra este ethos. El mundo descrito por Noam Chomsky y Edward Herman, donde los principales diarios y organizaciones de cadenas de noticias están en manos de un pequeño puñado de conglomerados mediáticos, es un resultado directo del enorme costo de plataformas de medios. Y como lo describió Yochai Benkler, los costos implosivos de las plataformas mediáticas en la revolución por redes significan que las corporaciones nunca poseerán de nuevo ese grado de control de la información.

Considérese la propuesta de Frank para remediar el control corporativo concentrado de los medios y la realidad de consenso resultante: «la legislación para promover el control local de diarios, quizá, o subsidios públicos masivos para reducir el poder de los publicistas […}»74 Mas precisamente el mismo efecto se está logrando gracias a cómo internet remueve las barreras de entrada al mercado y a la remoción de las barreras que erige la «propiedad intelectual» para la agregación y el comentario crítico. El mismo Frank cita el viejo adagio que dice que «la libertad de prensa es para los que son dueños de una»,75 pero pasa por alto completamente el significado de una revolución que ha reducido el precio de la prensa escrita de cientos de miles de dólares al costo de un ordenador de escritorio y una impresora.

La inhabilidad de Frank para entender el significado de la cultura de redes puede tener algo que ver con su aprobación implícita de los supuestos tecnológicos de Schumpeter, Galbraith y Chandler:

La administración científica era anatema para el trabajo organizado en los años tempranos del siglo, pero tampoco caía de perlas a los más fervorosos creyentes del capitalismo. Por supuesto, el problema de los capitalistas con el taylorismo era de una naturaleza totalmente diferente. Lo que les irritaba acerca de la administración no eran sus brutales efectos en los trabajadores, sino sus implicaciones para el gobierno económico. Si los expertos podían restructurar exitosamente una fábrica de una manera más eficiente, ¿qué los detenía a la hora de restructurar una economía íntegra de una manera más eficiente, o —¡Dios no quiera! — restructurar la economía entera de una forma más democrática o más equitativa? El éxito de la administración científica sugería claramente que la intervención gubernamental e incluso quizás la planeación gubernamental eran empresas legítimas. La teoría de la administración trajo así a las empresas una contradicción ideológica junto con un aumento en la eficiencia.

Esta es una de las razones por las cuales los fieles del libre mercado han sufrido por largo tiempo de lo que podría denominarse un terror a la administración. Obviamente, las corporaciones que adoraban no podían sencillamente pasar de la administración o apañárselas sin planeación, mas cuando la lógica de la administración y planeación era acogida por cualquier ente fuera de la corporación, esta se transformaba instantáneamente en un anatema.76

El argumento de Frank parte de muchos supuestos que no resisten muy bien el escrutinio. Primero, comparte el supuesto de Alfred Chandler sobre la «eficiencia incrementada» de las grandes jerarquías gerenciales. Pero para la mayoría de categorías de productos, el modo más eficiente de organizar las cosas es la producción descentralizada y flexible, mediante el empleo de maquinaria de uso general para generar pequeños lotes de producción de una amplia variedad de productos para el mercado local, con base en la demanda. La presunta «eficiencia» de la producción en masa se limita casi completamente a los costos de unidad de producción en estadios separados del proceso de producción. Más allá de eso, esa «eficiencia» se aminora por las reservas de inventario en proceso, los depósitos llenos de bienes de inventario terminados a la espera de órdenes que pueden nunca llegar, los camiones de largo recorrido y buques contenedores que equivalen en sí mismos a depósitos gigantes llenos de inventario, los enormes costos de mercadeo de impulso de oferta para hacer que la gente compre cosas que se produjeron principalmente por emplear la capacidad de producción, en lugar de satisfacer la demanda autónoma, y los enormes costos de remplazar periódicamente cosas que fueron diseñadas para caerse a pedazos solo para que los engranajes de la producción sigan girando.

Esta «eficiencia» de la producción en masa, que por lo general se da por sentada, es una razón por la cual el modelo de utilidades reguladas es tan insatisfactorio. El precio que el gobierno aprueba para las compañías de utilidades refleja usualmente una cultura organizacional de sobrecostos extremadamente altos, bastante común en todos los negocios basados en los aumentos de precios producto de las utilidades en lugar de la competencia de precios. El monopolio y la competencia restringida son una fuente de costo, no solo por la tasa de ganancias, sino por el gerencialismo y la burocracia. Y el gobierno, al «regular» los precios que un monopolio puede cobrar, toma generalmente la forma de una burocracia weberiana/taylorista (declaración de una misión, reglas de trabajo burocráticas, descripciones de empleos y parcelación de las funciones) como la forma natural de hacer las cosas. Paul Goodman, en la obra People or Personnel, contrastó el estilo organizacional de la gran corporación, la agencia gubernamental y la gran organización sin ánimo de lucro, con el de la institución pequeña, autoorganizada y ad hoc.77 El gobierno grande y la gran empresa comparten la cultura de organización presentada en el filme Brazil, así que el gobierno que ejerce el «control de costos» en los hospitales probablemente no tiene idea de cuánto podrían recortarse en una de las pequeñas organizaciones ad hoc de Paul Goodman. La «competencia», entendida correctamente, se trata menos de la competencia entre un número de corporaciones capitalistas convencionales que de abrir la competencia para la clase de entidades no convencionales entorpecidas actualmente por la regulación: estructuras de bajo costo, cooperativas, autoorganizadas, pequeñas y ágiles, como las describe Colin Ward en su historia del estado de bienestar mutuo.78

En general, la «competencia» no vale nada cuando todas las firmas que compiten comparten la misma cultura organizacional de sobrecostos patológica. Y la regulación de precios gubernamental no vale de nada cuando comparte los mismos supuestos de operación convencionales que las entidades de altos gastos generales que está regulando. El contratista militar, con su cultura de aumento de costos basados en las utilidades que nos trajo el asiento de inodoro de 600 dólares, es el clásico ejemplo del modelo de utilidades reguladas.

Vale la pena también considerar por qué los peces gordos pueden darse el lujo de ser «progresistas», y si el pez chico puede ser menos «progresista» de lo que sería fuesen otras las circunstancias, porque el poder de mercado de los peces gordos lo pone en una desventaja competitiva que no le permite darse el lujo de ser progresista. Una lectura de la obra The Fiscal Crisis of the State, de James O’Connor, puede sugerir toda clase de formas en que el capital monopólico es subsidiado por el sector competitivo. Y lo que es más, la calidad superior de los salarios y los beneficios en el sector de capital monopólico involucran un sesgo de sobrevivientes significativo.

Más aún, los beneficios de la inversión social y el consumo tienden a fluir primordialmente hacia el capital monopólico y el trabajo organizado, pero los costos se traspasan al capital y al trabajo del sector competitivo. En otras palabras, no solo el funcionamiento tradicional del sector monopólico empobrece el sector competitivo, sino que también el crecimiento de inversiones sociales y consumo tiende a intensificar las contradicciones entre los dos sectores. Específicamente, desde el punto de vista de las industrias monopólicas, es más razonable combinar una fuerza laboral semicualificada o no cualificada con tecnología de ahorro de capital porque los costes de entrenar una fuerza laboral técnica se sufragan con impuestos pagados por el capital y trabajo del sector competitivo. De este modo, el tamaño del superávit de población en relación con la fuerza de trabajo del sector monopólico no juega un papel importante en la regulación de salarios del sector monopólico […]. El efecto es que, a largo plazo […] el superávit de población aumenta en tamaño por la expansión del sector monopólico.79

Las condiciones de trabajo «progresistas» en el sector monopólico existen, en gran medida, a expensas de los trabajadores en el sector competitivo, gracias al estatus privilegiado de las firmas capitalistas estatistas. El modelo de super utilidades que comparten capital monopólico de Lenin con una aristocracia laboral es probablemente relevante aquí.

El principal propósito de los gastos estatales es subsidiar los costos operativos o absorber las externalidades negativas del capital monopólico, y la carga tributaria para hacer esto se transfiere desproporcionadamente al sector competitivo. Los subsidios de gobierno para la educación técnica, para la investigación científica y para los aeropuertos y avenidas sirven primariamente para subsidiar modelos de empresa basados en la producción de alta tecnología y de capital intensivo para grandes áreas de mercado. Por el lado del impuesto, las exenciones del impuesto corporativo sobre la renta—depreciación acelerada, el crédito I&D, deducción por interés en la deuda corporativa, exención de autocartera relacionada con fusiones y adquisiciones de ganancias de capital—tienden a eximir a aquellos que se desenvuelven en el mismo modelo de empresa, promoviendo adicionalmente la concentración de las empresas. Y el impuesto a la renta corporativo que pague el sector de capital monopólico puede transferirse al consumidor como margen de beneficio mediante fijación administrada de precios. Si una empresa pequeña es incapaz de costear salarios y beneficios más altos o mejores condiciones laborales, la razón es en parte que, bajo el capitalismo de estado, esta existe en una relación de suma cero con la gran corporación.

Segundo, las clases gerenciales—a pesar del lenguaje autocomplacente del manifiesto de Croly—están lejos de ser «progresistas» en materia de «democracia» y «equidad» como lo sugiere Frank. En la práctica, han estado dispuestas a hacer tratos con las clases hacendadas a cambio de ser cooptadas como socios junior de la clase dominante. Si el liberalismo corporativo incorpora tales ideas Nueva Clase de una sociedad «progresista» como el estado de bienestar, lo ha hecho en gran medida porque esas ideas coinciden con los intereses de un ala del capital organizado. Como lo describe James Weinstein,

El ímpetu original para muchas reformas provino de aquellos en el fondo o casi en el fondo de la estructura social americana […]. Pero durante el siglo en curso […] pocas reformas fueron decretadas sin la aprobación tácita, si es que no con la guía, de los intereses de la gran corporación. Y, mucho más importante, los empresarios pudieron sacar partido para sus propios fines del deseo de intelectuales y reformadores de la clase media para reunir «hombres reflexivos de todas las clases» en «una vanguardia para la construcción de una buena comunidad». Estos fines eran la estabilización, racionalización y continua expansión de la economía política existente, y, subsumida bajo estas, la circunscripción del movimiento socialista con sus contrahechas, mas no por ello menos peligrosas ideas para una forma alternativa de organización social.80

La agenda de los Progresistas (y de sus contrapartes británicas fabianistas) tenía inicialmente algunos elementos anticapitalistas y se inclinaba en algunos casos a un modelo paternalista de socialismo de estado. Pero se convirtieron rápidamente en idiotas útiles para el capitalismo corporativo, y su «socialismo» se vio relegado al mismo papel de apoyo para la economía corporativa que el «socialismo Junker» de Birmark jugó en Alemania. La Nueva Clase tendió a expandir sus actividades hacia áreas de menor resistencia, lo cual significaba que sus inclinaciones «progresistas» se satisfacían principalmente en aquellas áreas donde tendían a mejorar las tendencias de crisis e inestabilidad del capitalismo corporativo, y de esa manera servían a sus intereses a largo plazo.

Y ya que el genuino socialismo de la clase trabajadora no era tan amigable con las posiciones privilegiadas de la Nueva clase media, cualquier forma de «socialismo» que esta última apoyara tendía hacia un modelo extremadamente gerencialista que dejaba la vieja estructura económica corporativa centralizada en sincronía con los gerentes de collar blanco «progresistas», que la dirigían «por el bien de los trabajadores».

Como lo explicó el socialista gremial G.D.H Cole,81 el socialismo genuino (entendido como control obrero directo sobre la producción) no era un entorno muy hospitalario para el gerencialismo. Así que los Progresistas y fabianistas eligieron en su lugar un modelo donde la producción siguiera siendo organizada por gigantes organizaciones corporativas, con una Nueva clase media «progresista» que manejara las cosas y redistribuyera parte de los salarios de esas organizaciones en lugar de redistribuir la pobreza misma.

Pero el límite práctico a la redistribución estribaba en lo que los grandes capitalistas mismos veían como necesario para superar las tendencias hacia la sobreproducción, el subconsumo y la inestabilidad política. Así que la Nueva Clase fue capaz de promover fines «progresistas», en su mayor parte, solamente en la medida en que hacían lo que la plutocracia ya de por sí precisaba para sus propios fines. La Nueva Clase sació sus instintos gerenciales al regimentar a los trabajadores mismos (hacia fines «progresistas», desde luego, y por el bien de los trabajadores).

Así que, en palabras de Roy Childs, el resultado es que la historia muestra que «los intelectuales liberales americanos son los perros falderos de los grandes empresarios […]»82

Frank, como si no fuera suficiente, confunde los fenómenos del capitalismo corporativo globalizado con «el mercado», y, consecuentemente, confunde frenar uno con frenar el otro, cuando, de hecho, el capitalismo corporativo globalizado no podría existir sin que el estado se entremeta en el mercado.

«[…] la clave para refrenar los mercados», dice Frank, es «confrontarlos desde afuera» de la misma forma que los Populistas originales.83 Y en otro lugar: «La lógica de los negocios es la coerción, el monopolio y la destrucción del débil, no la “elección” o el “servicio” o la afluencia universal».84 Pero en realidad los mercados son el mayor poder para contrarrestar la gran empresa. Es solamente mediante la colusión con el estado que la coerción y el monopolio se hacen posibles. El monopolio es una función de la falta de competencia, que se logra erigiendo barreras de entrada al mercado—lo que principalmente hacen los estados.

Es solamente mediante la concesión estatal de monopolios de derecho de autor, por ejemplo, que Bill Gates es capaz de cobrar lo que se le antoje por su sistema operativo. De otro modo, no habría barrera alguna para la creación de un sistema operativo gratuito con una interfaz de usuario de Windows compatible con todos los accesorios de Windows, pero sin el desperdicio en espacio de disco o la Gestión de Derechos Digitales. En términos más generales, la función primaria del estado es el subsidio de los costos de operación de la gran empresa y la protección de los actores corporativos privilegiados de la competencia y el riesgo. En el caso específico de la globalización corporativa, el papel primario del Banco Mundial y la asistencia monetaria exterior occidental es el subsidio del transporte e infraestructura de utilidad pública sin los cuales no sería rentable deslocalizar la producción. Y sin el régimen de «propiedad intelectual» global, sería imposible para corporaciones globales como Nike mantener el control de la producción deslocalizada y cobrar un margen de ganancia de 400 % basado en una marca.

La actitud de Frank—me rehúso a llamarla un argumento—parece ser una línea de partido entre su pandilla en la revista The Baffler. Cualquier celebración de la cultura de redes, el movimiento de código abierto u otras organizaciones afines es vista con fuerte sospecha como otra versión más del «populismo de mercado» que Frank criticó en One Market Under God. Un buen ejemplo es Astra Taylor, quien parodia la visión tecnoutópica en Serfing the Net [surfeando/sirviendo a la red] (título que lo dice todo)85:

Vivimos en una era de creatividad sin precedentes, nos dicen. Pero hubo tiempos oscuros no hace mucho, cuenta la historia, cuando los autores ejercían un control dictatorial sobre los lectores pasivos, los estudios fílmicos imponían filmes a audiencias cautivas, los escuchas eran mantenidos como rehenes en sus propios hogares por discos de larga duración, la televisión de horario estelar solo llegaba una vez al día y los periodistas profesionales eran cerberos para los eventos mundiales.

Y entonces, en un despliegue de interactividad, hicieron su entrada el ordenador personal y sus descendientes: teléfonos celulares, cámaras digitales, iPods, TiVo, etc. Se conectan estos artefactos mágicos a una conexión de banda ancha y abunda la innovación: podemos copiar y pegar, comentar y enlazar, descargar y compartir. La revolución en red, cuenta la historia, finalmente ha hecho de la cultura una calle de doble vía, liberando a las masas de las garras de codiciosas industrias del entretenimiento y extravagantes nociones de control y originalidad autoritarias. Todos somos «generadores de contenidos» ahora, libres para producir, consumir, intercambiar y mezclar como nos plazca, libres de cargo en todo momento.

Esta conmovedora historia de empoderamiento sale de la boca tanto de evangelistas empresariales como de ácratas que pretenden aplastar al estado, una alianza improbable que se da por una fascinación compartida por la palabra «libre». Pero, como ha interrogado el guru Richard Stallman, ¿se refieren a discurso o a cerveza «libre»? ¿«Libre» en términos de libertad o de mercados? ¿Creadores de espíritu libre o CEOs gorrones? Para algunos, ambos significados se ven aunados en una extraña vision consumista de un futuro comunitario: la libertad implica un mundo donde todas las cosas que se quieren están libres de cargo—o sea son gratis— lo cual significa que se les puede compartir sin miedo a quedarse con menos.

La asunción subyacente que recorre todo esto debería ser ya familiar para los lectores de Frank: la «alianza improbable» entre la gran empresa y los anarquistas significa realmente que los anarquistas de la libre cultura son solo incautos o testaferros de la gran empresa.

Es difícil superar, por mera ironía, la vista de un segmento de autodenominados «progresistas» que atacan la cultura gratuita/en redes como una suerte de caballo de Troya para el capitalismo à la Enron que fungen, simultáneamente, como defensores de la «propiedad intelectual». Esta extraña asociación del «progresismo» con la defensa de los derechos de propiedad intelectual es un tema del que veremos más abajo. En el asunto particular en que las alas «anarquista» y «empresarial» de la «improbable alianza» de Taylor se oponen diametralmente—la propiedad intelectual—Taylor se decide sólidamente por la gran empresa.

Es imposible exagerar cuán medular es la propiedad intelectual para el poder corporativo. Es la piedra angular del capitalismo corporativo globalizado. No es coincidencia que los mayores sectores rentables en la economía corporativa globalizada estén todos subsidiados por el estado, se inclinen por un modelo de negocio fuertemente dependiente de la «propiedad intelectual» o ambos: armas, electrónicos, entretenimiento y software, agroindustria y biotecnología.

Pero, para Taylor, esto carece de importancia.

 […] la revolución de internet prometió ayudar a los creadores a cultivar nuevas audiencias masivas sin interferencia de intermediarios; la interconexión social sustituiría las campañas de publicidad costosas y la diseminación digital volvería obsoletas las copias en físico, los estuches plásticos y los paquetes con burbujas plásticas. Mas ¿pagará la gente por arte que no está atado a algo tangible, cuando puede ser replicado y transmitido sencillamente con apretar un botón? ¿Cómo han de sostenerse los individuos creadores y sus esfuerzos? Después de todo, a pesar de que los costos de distribución en línea caen en picada, el arte aún require de un artista, una persona de carne y hueso que haga el trabajo, y esta persona debe recibir un pago.

En otras palabras, volvemos al viejo asunto del monopolio regulado schumpeteriano. El problema con la cultura libre es que los derechos de autor son necesarios para asegurar el derecho de alguien a que se le pague. Por supuesto, en la versión de cuento de hadas de Taylor no es el derecho de los gerentes y accionistas mayoritarios de las corporaciones de contenido patentado a que se les pague, sino a los buenos soldados liberales de a pie que producen en masa todo el contenido real. Pero, manteniéndose en el modelo schumpeteriano, la mejor manera de garantizar el pago a esos incansables trabajadores en los viñedos culturales es cartelizar el mercado, dejándolo en manos de unos cuantos gigantes corporativos («progresistas» y fuertemente regulados, por supuesto) que pueden entonces ejercer la clase de control de mercado necesario para poder ocuparse de sus trabajadores de la misma manera en que General Motors se ocupó del padre de Michael Moore.

Quienquiera que se queje simultáneamente de la cultura libre como propiciadora de «gerentes parásitos» y defienda la «propiedad intelectual» tiene un caso de disonancia cognitiva del tamaño de la falla de San Andrés.

Taylor misma cita a Cory Doctorow como un pensador que cree que la lógica central de la cultura abierta y libre es anticapitalista: «se puede sostener verazmente que ”libre/gratuito” entraña algo de antipatía hacia el capitalismo». ¿Pero qué es algo de lógica cuando esta se entremete en el camino de la propia narrativa?

Para gente como Frank y Tylor, cualquiera que hable de ese tipo de cosas es solo un Tom Peters de imitación, y gente como Doctorow son en el mejor de los casos incautos. Taylor, en toda esta diatriba, nunca aborda directamente la cuestión de si el movimiento de fuente libre y abierta socava de hecho el poder corporativo. Que se trata de un testaferro para el poder corporativo ni hay que decirlo.

Por supuesto, ella va al menos un paso más lejos que Frank, al reconocer incluso la existencia de un movimiento de fuente abierta. Pero no está equipada como Frank para evaluar su significado:

Copyleft, como le llaman los defensores de esta transparencia multipropósito, no es de «izquierda» en ningún sentido tradicional: no tiene nada que decir sobre los sistemas establecidos de privilegio económico o sobre los límites sobre la rentabilidad. Asimismo, el movimiento de código abierto no provee el plano para un orden social más justo. Los tecnoutopistas, anonadados con lo ultimo en tecnología para cerebritos programadores, proyectan previsiones sobre el desarrollo de software en la esfera social amplia, y el resto de nosotros confundimos el factor ¡caramba!, con sofisticación teórica.

¿Ah, no? ¿No cree en realidad Taylor que eliminar la «propiedad intelectual», el principal sustento legal para las utilidades de las corporaciones dominantes en le economía global, puede tener alguna pequeña tendencia a socavar el privilegio económico o limitar la rentabilidad? ¿No cree Taylor que una crítica sistemática de la escasez artificial como fuente de rentas califica como «sofisticación teórica» o «los planos para un orden social más equitativo»?

Dejando de lado sus comentarios tiernos acerca de aquellos «a los que les importa el arte», creo que lo que Taylor no advierte es cuán exequible es que un gran número de personas como nunca antes obtenga un pago (en cantidades más pequeñas) por sus ideas, mediante mercadeo directo a sus lectores y oyentes, contrario al previo estado de las cosas en que menos personas ganaban acceso a sumas de dinero mucho más grandes al ganar la aprobación de los cerberos corporativos. Lo que estamos viendo es un retorno al modelo popular de devengar modestos salarios al producir directamente para la propia audiencia, en lugar de un modelo en que el «artista» es el cliente de un gobierno o patrón corporativo burocrático (donde la gigante casa editorial o compañía disquera «mantiene» a los artistas de la misma manera que un grande italiano mantenía a sus artistas mascotas durante el renacimiento).

A pesar de los miedos de Taylor de que no se les pagará a los creadores, creo que la verdad se acerca mucho más a la observación de Tim O’Reilly, quien señala que, para el ciudadano de a pie, la oscuridad es un peligro mucho mayor que la «piratería».86 Sospecho que muchos de los críticos son bastante faltos de imaginación cuando se trata de pensar formas alternativas para que los creadores de contenidos moneticen sus productos.

En lo único que piensan es en las cosas por las que las compañías de contenido patentado no pueden cobrar para pagar a los creadores de contenidos. No están pensando en el abanico de nuevas posibilidades disponible por todas las cosas que los creadores de contenido pueden hacer ahora por sí mismos, a un precio virtualmente nulo, que anteriormente solo una compañía disquera o editorial altamente capitalizada podía hacer por ellos. Su visión entera del mundo sigue moldeada por una época cuando publicar, producir o vender discos requería bienes capitales que costaban millones de dólares, y la forma de hacer dinero con la música o la escritura era convencer a tales compañías gigantes de que merecía la pena producir y comercializar el trabajo propio.

Estoy seguro de que el pastel de utilidades global es mucho más pequeño. Pero lo compensa en gran medida la reducción en la porción de réditos totales absorbidos previamente por estudios de grabación y operaciones comerciales corporativas que están ahora al alcance de los artistas mismos. Esto se ve sustentado en cifras de los años 2004-2008, que muestran que, a pesar de que los réditos totales en el negocio musical en el Reino Unido cayeron de 1.067 millones de libras a 0.782 millones de libras, los pagos totales a los artistas de hecho incrementaron.87

Pero aún asumiendo que la «piratería» realmente ataje el total de rentas del ciudadano de a pie que intenta tener una carrera a tiempo completo en la música o la escritura, ello solo implica mirar un lado del panorama. Ignora lo que Bastiat llama «lo oculto».88 Los réditos que lleguen a los artistas siguen una cola de distribución mucho más larga, repartidos entre un número de gente más grande que obtiene pequeñas cantidades de dinero, contrario a cantidades más grandes concentrados en las manos de un pequeño número de artistas.

Consideremos mi caso. Yo no desperdicio tiempo preocupándome acerca del uso compartido de archivos pdf de mis libros en sitios web de torrents, o cuánto dinero me está costando. Para mí, la base de comparación apropiada es el dinero que puedo devengar, que jamás habría podido ganar en los «viejos tiempos». En los viejos tiempos, habría ensamblado laboriosamente un manuscrito de cientos de páginas, para luego apartarlo y verlo llenarse de telarañas, luego de que no fuese capaz de persuadir a los cerberos de una casa editorial convencional de que merecía la pena imprimirlo y comercializarlo. No interesa si el intercambio de archivos en línea me está costando dinero (no creo que sea así, creo que los libros electrónicos son más como publicidad gratuita). Más importante, si no fuese por las tecnologías de publicación digital y los espacios de publicación gratuitos en internet, probablemente habría vivido y muerto haciendo trabajo fruslero sin que nadie en ningún lado escuchara de mis ideas. Si hubiese tenido que persuadir a un editor convencional de que mis libros podían vender diez mil copias antes de hacerme un nombre, mi carrera de escritor entera se habría visto relegada a escribir cartas para el editor. Gracias a la cultura digital, puedo hacer que mi trabajo esté disponible directamente para quien sea que tenga una conexión a internet básica, y comercializarlo viralmente en un nicho de lectura a un costo casi inexistente. Si solo una pequeña fracción de las personas que pueden leerlo gratuitamente deciden comprarlo, eso es aun lo suficiente para darme algunos miles de dólares en regalías (mi estipendio por escribir para el Centro para una Sociedad sin Estado, algunos artículos como independiente para The Freeman y las regalías de mis libros recaudaron cerca de 7.000 dólares el año pasado), que sigue siendo unos cuantos miles más que lo que habría recibido en los «viejos tiempos», cuando mis manuscritos se habrían amarillado en un ático.

Para gente como yo, escribir puede no ser un «empleo», pero sirve un propósito similar al acceso a los comunes hace trescientos años: me provee con un suelto suplementario y reduce mi dependencia a corto plazo al empleo. Mi escritura me ha permitido pagar mis deudas y acumular «dinero para botar la casa por la ventana», así que, aun si no puedo pasar de un empleo por un largo periodo de tiempo, estoy al menos en una mejor posición para negociar.

Por cada pequeño músico o escritor a tiempo completo que tiene dificultades para apañárselas y que puede tener que suplementar sus ganancias con un trabajo diurno, sospecho que hay diez personas como yo que habrían pasado sus vidas enteras como (si se me perdona la expresión) mudos Miltons sin gloria, sin hacer un solo centavo de su música o escritura, pero que ahora pueden ser escuchados. Y por cada escritor o músico que es un éxito en ventas y que ve cómo se esfuman algunos millones de dólares de sus réditos multimillonarios como resultado de la «piratería» en línea, sospecho que hay probablemente cien o mil personas como yo. Mike Masnick de Techdirt sostiene justamente eso en respuesta a las quejas similares de Jaron Lanier:

Lanier hace la extraña aseveración de que el Viejo Sistema de estudios de grabación/sellos discográficos fomentaba la existencia de una «clase media» de creadores de contenido. Pero eso no es en realidad cierto. Para la mayoría de los que pasan por ese sistema, se trata totalmente de acertar o fallar, y la mayoría falla. Pero con la emergencia de nuevos modelos de negocio, estamos viendo más y más gente capaz de procurarse una vida de clase media al no tener que esperar a los cerberos del mercado.  Más personas hoy que nunca antes están haciendo dinero gracias a su música, pues disponen de toda clase de medios para hacer dinero.89

Puede que estemos retornando al status quo ante, el modelo popular que existía antes del ascenso de la industria discográfica, cuando los grandes sueldos por ser un creador profesional para audiencias en masa eran algo raro—pero muchas más personas devengaban salarios pequeños o suplementarios de parte de nichos de audiencias locales. Es Lanier, irónicamente, quien critica el movimiento de la cultura libre desde una perspectiva afín a la de Taylor, quien sugiere que el «telegigging» es algo afín a una versión de la era digital de ese modelo empresarial: encargando presentaciones en vivo mediante tecnología en red, para fiestas específicas y otros eventos. «¿Y si se pudiese contratar a un músico en vivo para una fiesta, incluso si el músico se halla a distancia? […] Las telepresentaciones […] proporcionarían un valor a los clientes que el intercambio de archivos no podría ofrecer».90

Todo el paradigma de la era industrial que Frank celebra—reitero—se basaba en la premisa de que los medios de producción eran extremadamente costosos y en que la fuente primaria de sustento para la gran mayoría de las personas era el empleo por parte de aquellos lo suficientemente ricos para poseer los medios de producción. Se seguía de ello que estas enormes concentraciones de poder económico centralizado solo podían ser controladas por concentraciones compensatorias de poder político centralizado. Entre tanto, el alto costo de los centros de comunicación implicaba, similarmente, que la información y la cultura serían controladas por un pequeño puñado de cerberos corporativos, que se mantienen a raya mediante un sistema de poder regulatorio compensatorio propio.

El problema era que, en la práctica, el poder de «contrarresto» del estado regulador tendía a amalgamarse, formando complejos con las industrias que ostensiblemente estaba regulando. En el reino de la información en particular, los medios que fungen como cerberos y el gobierno se aúnan para formar un establecimiento que se refuerza mutuamente.

Pero el precio implosivo de los medios de producción física y de los centros de comunicación está menoscabando todas las razones detrás del paradigma de la era industrial, y presenta la oportunidad de menoscabar los cimientos tanto de la gran corporación como del estado centralizado.

Los aspectos de la Nueva Economía que Frank y sus asociados encuentran tan problemáticos reflejan el hecho de que estamos en un periodo de transición. Las fuerzas del capitalismo corporativo, mediante derechos de propiedad artificial amparados por el estado (en particular la «propiedad intelectual»), escasez artificial y gastos y sobrecostos forzados de capital artificialmente alto, están intentando poner vino nuevo en botellas viejas: cooptar la revolución en redes en un marco corporativo y capitalizarlo como fuente de rentas.

Y personas como Frank están, inadvertidamente, sirviendo como idiotas útiles para esa agenda.

Todo lo que a Frank le parece objetable de la globalización corporativa de la Nueva Economía resulta, no de la revolución en redes en sí, sino de la persistencia del marco corporativo.

Andrew Keen. La crítica de Keen de los modelos de negocio libres, como la de Lanier más abajo, es bastante schumepteriana: enfatiza la necesidad de grandes organizaciones, cuya ostensión de derechos de autor les confiera el poder de mercado para cobrar sobre el costo marginal, a fin de monetizar contenidos y apoyar a los creadores. La Red 2.0, dice, «no le ofrece un trabajo a nadie.»91

Pero acaso las peores bajas de la revolución de Red 2.0 sean los negocios reales con productos reales, empleados reales y accionistas reales […]. Todo sello discográfico difunto, todo reportero de periódico despedido o toda librería independiente en banca rota es una conscuencia del contenido de internet «libre» generado por usuarios—desde la publicidad gratuita de Craigslist hasta los videos musicales gratuitos de Youtube, y hasta la información gratuita de Wikipedia.92

[…] los nuevos ganadores […] difícilmente estarán a la altura de las industrias que están ayudando a socavar en términos de productos producidos, empleos creados, ganancias generadas o beneficios conferidos.93

Naturalmente, cada lista en Craigslist implica una lista menos en un diario local. Cada visita a la información gratuita de la colmena de Wikipedia implica un cliente menos para una enciclopedia investigada y editada profesionalmente como la Enciclopedia Británica. Cada subida de música o videos gratis es una venta menos de un CD o un DVD, lo cual implica menos regalías para el artista que los creó.94

Él se queja de las ganancias comparativamente bajas de iTunes y del hecho de que la gente pueda tornarse selectiva y escoger las pocas canciones de su gusto en lugar de comprar un álbum cutre entero.

Estas quejas son, repito, schumpeterianas. El poder de mercado puede forzar a la gente a comprar un álbum entero de canciones en su mayoría cutres para conseguir las que se quiere. El poder de mercado puede proteger de los productos competitivos producidos de la manera más recursiva a fin de mantener al alza el rendimiento del capital de inversión, y proteger las formas de organización de mayor intensidad de trabajo con el fin de mantener a la población empleada completamente, 40 horas a la semana. Las empresas tienen derecho al amparo estatal de dicho poder de mercado, a fin de mantener rentables sus modelos de empresa predilectos, para que puedan continuar proveyendo trabajos y gastos rentables para todo el capital de inversión disponible y prevenir un colapso en la seguridad del mercado.

Grosso modo, esta es esencialmente la filosofía detrás de la política TARP de paulson/Geithner: reforzar el valor comercial inflado de un modelo de empresa obsoleto, a fin de mantener los flujos de ingresos de aquellos a quienes este emplea. Es una respuesta del lado de la demanda a los problemas de abundancia: «asumir que los precios de bienes y servicios fueren o debieren ser apuntalados a pesar de los costos implosivos de la producción, y buscar luego maneras de proveer a la población con suficiente poder adquisitivo para comprar esos bienes.» El objetivo del enfoque del lado de la demanda es «una sociedad en que virtualmente todo el mundo trabaje cuarenta horas a la semana, los engranajes de la industria funcionen a máxima capacidad produciendo en masa cantidades interminables de cosas y las personas devenguen el suficiente dinero para comprar todas esas cosas.» La respuesta apropiada, por el contrario, está del lado de la oferta: «desechar las rentas sobre la escasez artificial de todo tipo fuera del sistema para que la gente no necesite trabajar tantas horas de trabajo salariado para pagar por sus cosas.» 95

Jessica Mitford, recuerdo vagamente, describió en el libro The American Way of Death cómo las regulaciones estatales en efecto en una época ordenaban que se adquirieran féretros incluso para cuerpos que fuesen cremados, a fin de proteger la fuente de ingresos de las funerarias. Eso suena bastante irracional para cualquier persona sensible que lo mire hoy en retrospectiva. ¿Pero es acaso más irracional que intentar sacar provecho de nuevas tecnologías de red, con su promesa de bajos costos generales y de organización autónoma por fuera de las jerarquías burocráticas, para controlar las mismas burocracias de altos precios generales que están amenazando?

En lugar del amparo estatal hacia los monopolios para «mantener el poder adquisitivo, yo propongo eliminar las políticas de gobierno existentes para poner un tope a los precios de los productos, a los precios de los bienes y al costo de los medios de producción.»

En lugar de mantener el poder de compra necesario para consumir los presentes niveles de producido [output], deberíamos reducir la cantidad de poder de compra requerido para consumir esos niveles de producido. Deberíamos eliminar todas las barreras de escasez artificial que impiden satisfacer tantas de nuestras necesidades de consumo fuera de la economía salariada como sea posible.

La mayor parte del dinero que gastamos no se emplea en los costes necesarios de producir el valor de uso que consumimos, sino en el equivalente moral de los superfluos pasos de una máquina Rube Goldberg: esencialmente cavar un hoyo y llenarlo de nuevo. Estos incluyen—entre muchas otras cosas—rentas sobre derechos de autor y patentes, costos de envío a larga distancia, obsolescencia programada, costes de grandes inventarios y mercadeo apremiante asociado a una distribución de empuje de la oferta, rentas de escasez artificial sobre el capital que resulta de restricciones de gobierno a la competencia en la provisión de crédito y rentas de propiedad artificial sobre la tierra (a saber, retener tierra fuera de uso o cobrar tributos al primer usuario mediante títulos amparados por el gobierno a tierra vacía y que no ha sido trabajada).96

Creo que el concepto de empleo como tal se tornará menos significativo a medida que el costo cayente de los bienes de consumo cause que estos tomen un cariz instrumental, y a medida que los precios cayentes de los bienes de consumo reduzca la necesidad de ingresos salariales.97

Igualmente prominente en la ideología del liberalismo gerencialista, junto a su afinidad por la gran organización burocrática, se halla—como lo sugiere el título del libro de Keen—el culto al profesionalismo

Digamos adiós a los expertos y cerberos culturales de hoy —nuestros reporteros, presentadores de noticias, editores, compañías de música y estudios fílmicos de Hollywood. En el culto al aficionado de hoy, los simios conducen el espectáculo.98

Más aún, el contenido gratuito y generado por los usuarios engendrado y encomiado por la revolución de Red 2.0 está decimando los rangos de nuestros cerberos culturales, a medida que críticos profesionales, periodistas, editores, músicos, cineastas y otros suministradores de información con experticia están siendo remplazados («desintermediados» en términos del FOO Camp) por blogueros diletantes, cineastas de garaje y artistas que graban desde un ático.99

Keen trata la «selección profesional» como un bien en sí mismo, estrellando los argumentos de críticos de los medios radicales como Noam Chomsky y Edward Herman en sus cabezas y celebrando el alto costo de las imprentas y el pequeño número de centros de comunicación como mecanismo de filtración benéfico:

Los servicios de imprenta por demanda están convirtiendo a novelistas aficionados en Gutembergs modernos, abriendo la puerta para que cualquiera publique lo que sea, independientemente de la calidad, con solo pagar una cuota […].

[…] con 40.000 libros nuevos publicados cada año por casas editoriales de peso—un número que la mayoría de editores admitiría es demasiado alto— ¿amerita realmente navegar por la maleza de los vergonzosos esfuerzos de cientos de miles de novelistas, historiadores y memoristas sin publicar o que se autopublican? De acuerdo con John Sutherland, cabeza del comité del Premio Booker en 2005, «requeriría aproximadamente 163 vidas leer toda la ficción disponible con un clic del ratón en Amazon.com». Y estas son solamente las novelas profesionalmente seleccionadas, editadas y publicadas. ¿Realmente necesitamos surcar el tsunami de trabajo diletante de autores que nunca han sido seleccionados profesionalmente para publicar?

Bueno, supongo que eso depende de a quién se le pregunte. Desde la perspectiva de alguien que piensa que tiene algo que decir y que no está interesado en obtener el permiso de un profesional certificado para decirlo, o alguien que ve allí algo de valor, la respuesta es obviamente «no». Desde la perspectiva de Keen, la respuesta es aparentemente «siéntate y cállate». Una vez que se piensa, ¿no aplicaría la misma lógica a la imprenta misma de Gutenberg?: el costo de imprimir y la importancia del rol de cerbero eran mucho más altos, después de todo, siendo que el precio de cada copia individual de un libro reflejaba el costo de alimentación y vivienda del monje que lo había copiado en el scriptorium.

Esta preferencia de valor se refleja en el lamento de Keen por el ascenso del «periodismo ciudadano» y el declive asociado del «periodismo profesional objetivo», del que asevera en tono de queja que es indistinguible para los chicos de hoy en día de «lo que leen en joeshmoe.blogspot.com».101 Pero, si esto es un problema, es un problema que resulta de las competencias de pensamiento crítico de los niños (ya saben, las que adquirieron de los cerberos profesionales apropiadamente calificados en las eskuelas publikas), en lugar de la naturaleza del medio. Enlazar las fuentes propias para que puedan ser examinadas independientemente es una de las convenciones básicas del buen periodismo de internet. Si un «chico» no responde automáticamente a los asertos de un bloguero con una búsqueda de fuentes (o no discierne entre WhiteHouse.gov y WhiteHouse.org102), es que tiene un mayor problema del que pueda arreglar el «periodismo profesional objetivo».

De hecho, uno de los peligros del «periodismo profesional objetivo» es que su «objetividad» ostensible oculta tantos sesgos imperceptibles que, en las viejas épocas de la cultura de cerberos, este se pavoneaba sin rival alguno por la naturaleza unidireccional del medio y el pequeño número de centros de medios (véase «Judith Miller»). Gracias a los sitios recopiladores de noticias, el periodismo basado en la red es de lejos más responsable y verificable de lo que el periodismo marchito fue jamás. Para tomar un ejemplo pequeño, considérese la historia de Dan Rather acerca de los registros de la Guardia Nacional del presidente Bush (y la posibilidad de que estuviese Ausente sin Licencia [AWOL] por un lapso extendido sin repercusiones) en 2004. Un artículo particular mal escogido resultó ser una pista falsa, y por ende esencialmente inmunizó a Bush contra investigaciones por cualesquiera acusaciones similares. De hecho, una ojeada al trabajo de Dan Rather no hubiera sugerido que hubiese otras acusaciones similares. Por otro lado, había sitios web como AWOLBush.com, consagrados completamente a albergar extensos archivos de los registros de la Guardia Nacional de Bush—con referencias completas para verificación independiente— cuidadosamente editados y minuciosamente analizados, con evidencia suficiente para condenarlo doce veces seguidas.

Keen se mofa ácidamente de las presuntas esperanzas de que el periodismo de la Red 2.0 traería «más verdad para más gente—más profundidad de información, mayor perspectiva global, más opinión sin sesgos para observadores imparciales.»103 Pero esto pasa por alto lo más importante. El verdadero valor del periodismo basado en la red no es que funcione «sin sesgos» o que sea «imparcial», sino que el proceso global es competitivo y estigmérgico. Quienquiera, donde sea, que impugne una narrativa del mundo puede rebatirla sin piedad, presentando evidencia por hipervínculos que desafíe su exactitud. En el viejo modelo de periodismo marchito, basado en la regla del reportaje taquigráfico de «él dijo, ella dijo», se reportaba sencillamente lo que sea que dijeran los políticos como noticias directas, sin comentar, a menos que se pudiera citar a otro político que lo refutara. En el nuevo modelo, generalmente es solo cuestión de un momento luego de que un político asevere «yo nunca dije eso» o «lo que dije fue…», para que el primer bloguero se las apañe para encontrar en Google un registro de lo que el político dijo en realidad y lo suba en un corto a Youtube. Esta forma de interrogatorio, casi por completo inexistente en el periodismo convencional, es de lo que se trata el periodismo basado en la red. Esta forma de periodismo cuenta con nuevos medios de que los medio impresos no disponen para evaluar independientemente la credibilidad. (Es irónico, por cierto, que Keen sea tan mezquino al hablar de la calidad general de estos productos de principiantes, cuando su propio comentario se basa, en gran medida, en ventilar perezosamente sus propios prejuicios.)

La visión de Keen acerca de la calidad del periodismo de internet es, por no decir mucho, un tanto idiosincrática. Solo hay que mirar su informe en MoveOn.org y otros sitios similares:

Internet se ha transformado en el medio de preferencia para distorsionar la verdad en materia de política y politicos en ambos lados de la verja. El ataque en 2004 al registro military de John Kerry en Vietnam, por ejemplo, fue orquestado por cientos de blogueros que perfilaron a un servidor público americano patriota como un monigote de la propaganda comunista vietnamita.

Debo confesar que este es un giro de casi 180 grados en mi impresión acerca del significado de los blogs de noticias en las elecciones de 2004. Me asombraba cuán rápido los blogueros demócratas podían desenterrar un viejo artículo o corto de video, a menudo de (por ejemplo) los mismos Bush o Cheney—documentado y con enlaces— que desmentía directamente algún aserto más reciente de Bush o de Cheney. La belleza de este medio, de nuevo, estriba en su habilidad para yuxtaponer las afirmaciones de figuras públicas con la evidencia sólida que los refuta directamente. Tómese la historia de Swift Boat en particular. Según recuerdo, la prensa tradicional hizo poco más que reportar los alegatos como noticias directas, excepto las raras ocasiones en que Kerry mismo tuvo las agallas para negarlos. La blogósfera, por el contrario, examinó y evaluó realmente los alegatos y presentó información fáctica—¡con hipervínculos! —que logró llamar la atención.

Considérese a su vez el ridículo eslogan de Bush-Cheney sobre las «graciosas ideas acerca de la energía» de Kerry (a saber, que debería haber un impuesto más alto a la gasolina para alentar la eficiencia petrolera). En cosa de horas, los blogueros demócratas habían remitido a las antiguas observaciones de Cheney en el Registro del Congreso, cuando los precios del crudo habían alcanzado un bajo histórico, instando a crear un impuesto de soporte al precio en el petróleo importado cuando su precio cayó a 20 dólares por barril.

Como lo dije repetidamente en su momento, si Kerry hubiese sido lo suficientemente listo para despedir a su personal entero de investigación a la oposición, si hubiese puesto a cargo de la operación a Markos Moulitsas o a Atrios y si hubiese observado sus puntos de discusión cada vez que se ubicaba tras un micrófono, sería hoy en día presidente.

Hoy en día, cuando la prensa convencional repite, sin comentarios, las afirmaciones de Irrin Hatch sobre la naturaleza sin precedentes del uso de la conciliación en debates polarizados y estrechamente divididos, para el momento en que sale al aire el programa de Rachel Maddow esa misma noche, esta tiene cortos de Orrin Hatch cuatro años antes defendiendo el uso de la conciliación como herramienta legislativa normal en—esperen, ya viene—debates polarizados y estrechamente divididos. La internet hace que sea posible, prácticamente sin costos de transacción, yuxtaponer las afirmaciones fácticas de un político con registros periodísticos profesionales en otro lado—incluyendo registros de lo que ese mismo político dijo sobre el mismo tema en otra ocasión— que los someten a verificación fáctica.

Irónicamente, Keen culpa de la popularidad de «la Guerra de George W. Bush en Iraq» a la sabiduría de las masas, y propone como antídoto que «los árbitros de la verdad sean los expertos—los que hablan desde un lugar de conocimiento y autoridad.»104 ¡Pero qué desfachatez! Los medios «profesionales» y tradicionales reportaron en 2002-2003 como noticias verdaderas un sinfín de historias sobre la «amenaza iraquí», llegando a incluir la alocución de Colin Powell al Consejo de Seguridad—tal como la prensa convencional reportó historias sobre bebés kuwaitíes en incubadoras y armamento iraquí amasado en la frontera saudí en 1990-1991, y sus progenitores en 1914 escribieron acerca de bebés belgas espetados con bayonetas alemanas. Lo que sí cambió en 2002-2003, comparado con la previa propaganda de agitación (agitprop) proveniente del perpetuo estado belicista y sus clientes en los medios de comunicación, fue que la versión oficial fue contendida en internet. Eso tiene probablemente algo que ver con el por qué la mayoría a favor de la guerra era mucho menos asimétrica en 2003 que en 1991, y por qué la opinión pública se tornó agria mucho más rápido durante la segunda querrá de Iraq. En 2003, para variar, era posible replicar. Para tomar prestada una analogía de la odiosa Jeanne Kirkpatrick, Keen confunde al bombero con el pirómano.

Bajo el modelo Walter Lippman de «objetividad» periodística, cualquier intento del periodista por recurrir independientemente a la esfera fáctica para evaluar el valor de verdad de afirmaciones opuestas es una violación de su neutralidad profesional. Keen se queja de que «muchas de las noticias reales que contienen sus blogs las han recogido (o agregado) de las organizaciones de noticias que pretenden remplazar».105 No me digas—ese es el punto: los periodistas de internet hacen un uso más efectivo que los editores «profesionales» de la información que ronda por ahí. Por cada aserto hecho por una figura pública y reproducido sin comentario alguno como una noticia verídica en un artículo de periódico convencional, hay cien artículos diferentes provenientes de otros reporteros convencionales que contienen información que arroja luz sobre el valor de verdad del aserto de dicha figura pública. Pero son solamente los blogueros y los periodistas en línea quienes los juntan en un solo sitio. Los diarios convencionales no hacen casi nunca la diligencia de realizar una búsqueda casual en Google para evaluar las afirmaciones de los ricos y poderosos a la luz de un ámbito fáctico independiente, pues ello implicaría «elegir un bando». De acuerdo con Justin Lewis,

Las normas del «reportaje objetivo» […] implican presentar «ambos lados» de un asunto con muy poco en materia de medios independientes de verificación […] [un] periodista que intente sistemáticamente verificar hechos—decir cuál conjunto de hechos es más acertado—corre el riesgo de ser acusado de abandoner su objetividad al favorecer un lado por sobre el otro […].

Los periodistas que intentan ser fieles a un modelo objetivo de reportaje están distanciándose simultáneamente de la noción de verdad verificable independientemente […].

El modelo de los «dos lados» de objetividad periodística hace harto fácil la tarea de reportar, ya que no requiere recurrir la esfera fáctica. No hay hechos para cotejar, archivos de información tácita para examinar […] Si Tweedledum no logra poner en tela de juicio un punto presentado por Tweedledee, el punto permanence intacto.106

De hecho, bajo la administración de Bush, el pentágono llegó a considerar un problema el que el reportero del Washington Post Tom Ricks desarrollara un amplio espectro de fuentes y «no diese suficiente crédito a los comentarios oficiales y que constan en expedientes que iban en contravía con el ángulo de sus historias».107

El enfoque periodístico «profesional» predilecto fue ilustrado, de forma satírica, en el Daily Show:

STEWART: Esto es lo que me desconcierta más, Rob. ¿El registro de John Kerry en Vietnam está básicamente allí, en los registros oficiales del ejército de EE.UU, y no ha sido controvertido en 35 años?

CORDDRY: Eso es correcto, Jon, y ese es exactamente el sesgo que estarás oyendo de parte de la campaña de Kerry los próximos días.

STEWART: Es-ese no es un sesgo, es un hecho. Está establecido.

CORDDRY: Exactamente, Jon, y ese hecho establecido e incontrovertible es un lado de la historia.

STEWART: Pero ese debería ser— ¿no acaba ahí la historia? Es decir, ¿has visto los registros, no es así? ¿Cuál es tu opinión?

CORDDRY: ¿Disculpa?, ¿mi opinión? No, yo no tengo ‘o-pi-nio-nes’. Yo soy un reportero, Jon, y mi trabajo es pasar la mitad del tiempo repitiendo lo que un lado dice, y la otra mitad repitiendo lo que dice el otro. Una cosita llamada ‘objetividad’—tal vez quieras buscarla algún día.

STEWART: ¿No significa la objetividad sopesar la evidencia y establecer lo que es y no es creíble?

CORDDRY: ¡Guau, un momento!  Vaya, vaya, vaya— ¡suena a que alguien desea que los medios actúen como un filtro! [Voz estridente, afeminada] ‘¡Oh, esta declaración es espuria! ¡Tras investigar esta afirmación, resulta que carece de una base real! Mmm, mmm, mmm’. Escucha, amigo: no es mi trabajo interponerme entre la gente que me habla y la gente que me escucha.108

La cuestión fundamental es si la verdad ha de ser alcanzada mediante filtros de cerberos profesionales o mediante el mismo proceso contencioso que rige la corte. La concepción de Keen de «fiabilidad» y «precisión», basada en la certificación de una autoridad, entra en conflicto fundamentalmente con un modelo de fiabilidad basado en la documentación y la interrogación. La pregunta natural que deben confrontar los que abogan por el modelo de Lippman de guardianes platónicos imparciales que operan por sobre la liza de la mera opinión, es: ¿quién controla a los guardianes?

Keen, en su letanía de ejemplos de trivia de noticias, se queja de que el «momento macaco» de George Allen fue conducido viralmente al suelo.109 Pero pongamos de cabeza su queja: ¿deseas vivir en un mundo donde un «periodista objetivo y profesional» decide si «necesitas saber» sobre el «momento macaco» de Allen? O más concretamente, ¿deseas vivir en un mundo donde Katherine Graham de La Dama Gris decide si un trozo de información debería ser noticia? Rememoremos esta perla del santo patrón de los cerberos profesionales:

Hay algunas cosas que el público general no necesita y no debería saber. Yo creo que la democracia florece cuando el gobierno puede tomar medidas legítimas para mantener sus secretos y cuando la prensa puede decidir imprimir lo que sabe.110

Keen está enteramente en lo correcto cuando dice que hay un enorme ejército de reporteros chapados a la antigua recolectando la gran mayoría de noticias. Pero los editores convencionales hacen un trabajo horrible al dar un uso efectivo a este ejército. Como le dijo supuestamente Lincoln al general McClellan, «si no planeas utilizar ese ejército, ¿te molestaría si lo tomo prestado?» Lo que es más, la crítica de Keen de los compiladores es un arma de doble filo: los editores se sirven del reportaje de la vieja escuela y de copias de agencias de noticias que ellos mismos no generaron. Los compiladores basados en la red y los editores convencionales hacen esencialmente el mismo trabajo: agregar contenidos producidos por otras personas en un paquete final. Los compiladores y blogueros de noticias basados en la red, diría yo, son los nuevos editores. Hacen un mejor uso del reportaje convencional que el que hacían los editores de la línea clásica.

Como ejemplo de la radical incertidumbre epistemológica que confronta cualquier potencial lector de noticias, Keen apunta a los «flogs» (blogs presuntamente independientes que son en realidad esfuerzos de departamentos de relaciones públicas corporativos). Menciona, en particular, los blogueros de «las Familias Trabajadoras de Wal-Mart», quienes no eran sino tres individuos del sector de relaciones públicas de Edelman que publicaban ataques hacia los críticos de Wal-Mart.111 Keen, extrañamente, no menciona dónde se enteró de «las Familias Trabajadoras de Wal-Mart». Ya que no hay nota al pie de página (¡ejem!), adivino sencillamente, pero sospecho fuertemente que consiguió su información de FAIR (Justicia y Precisión en el Repotaje [Fairness & Accuracy in Reporting]) o PR Watch (Patrulla de Relaciones Públicas), o algún servicio comparable.

Keen hace gala de una similar carencia de comprensión acerca de la estigmergia y el enfoque adversativo cuando se trata de Wikipedia. Él le respira en la nuca a Wikipedia, molesto por su falta de editores profesionales y verificadores de información.112 Lo que no logra notar es que el índice de errores de Wikipedia es en realidad comparable al de la enciclopedia Británica.113 Y mientras le toma a esta última hasta que la próxima edición esté concienzudamente fundamentada, en un periodo de muchos meses y miles de horas de horas de comités, para corregir un error de una hora, los errores en artículos de alto perfil en Wikipedia se corrigen usualmente en cuestión de minutos. Tampoco logra entender el principal propósito de una enciclopedia. Una enciclopedia se utiliza sea para una búsqueda superficial de la información más básica y no controversial, sea como acicate para una investigación futura; no se la cita casi nunca como una autoridad en asuntos de disputas académicas. Dado lo anterior, cuestiono seriamente la inteligencia de quienquiera que le apueste mil dólares a la encoclopedia británica por sobre Wikipedia.

Keen llora a su vez la pérdida de una «voz de autor» (en términos muy similares a los de Lanier, que veremos abajo). Parece inquietarle el hecho de que no haya mecanismos para distinguir la versión original de Moby Dick de alguna amalgama o imitación para el que quiera averiguarlo (por fortuna lo escribió antes del estreno de Orgullo Y Prejuicio y Zombies).114 Y también parece pensar que es genuinamente «difícil entender» lo peligroso de comprar acciones en el correo basura de email.115

Keen suena bastante como los críticos de internet de segunda que parecen creer que la red es solo una sopa aleatoria de contenido indiferenciado y desorganizado, y que cada quien arranca su ordenador y mira lo que sea que aparezca fortuitamente en la pantalla de un momento al siguiente. Leyendo a Keen, no se tiene idea de que el volumen mismo de información prioriza servicios de indexación y filtración de la información que permitan determinar qué resulta relevante buscar. Créaselo o no, es muy fácil encontrar lo que se busca—si se sabe lo que se busca. Y si no se sabe lo que se busca, internet es el menor problema.

A pesar de que la Biblioteca de Babel de Borges es una analogía popular para Keen y aquellos de mentalidad afín,116 el rasgo definitorio de la Biblioteca de Babel es que esta no tiene un catálogo por fichas. El principio fue muy bien explicado en un intercambio entre dos comentadores bajo un artículo de Mike Masnick:

Cobarde anónimo: olvidó mencionar que las cosas buenas son mucho más difíciles de hallar, pues están enterradas bajo pilas y pilas y pasillo tras pasillo de cosas malas. Es como ir al mercado local y enterarse de que en el pasillo de la soda no hay sino marcas genéricas y marcas blancas, y al final de la última hilera a la derecha hay una botella de «lo bueno».

Ya no hay significativamente nada de calidad por ahí […] pero téngase por seguro que hay un montón de cosas más por ahí. En términos de proporción, la facilidad para publicar está apestando el lugar.

Mike Masnick: de allí la oportunidad de negocio para hallar lo Bueno.

Lobo Santo: […] tu[s] vecinos/amigos/familia van a decir cosas como «¿has probado esta? ¡Es genial!», o «ni te acerques a esa marca, es basura».

El estúpido: hallar buen contenido entre la basura que hay por ahí es mucho más sencillo de lo que pareces pensar. Si quieres encontrar buenas cosas, echa un vistazo a http://www.stumbleupon.com  o http://digg.com. Entonces, una vez que encuentres algo que te guste, mira a dónde conduce el enlace. Y a dónde conducen esos enlaces. Y también, lee algunas de las cosas que recomiendan tus amigos.117

Jaron Lanier. Lanier, como Keen, se queja de la blogósfera en red de una manera que pasa por alto lo importante. Es una era con muchos menos Woodwards y Bernsteins, dice, y muchos más blogueros—a pesar de la acuciante necesidad por un periodismo investigativo en el ambiente político y económico corrupto.

En lugar de encarar una prensa firme, la administración [Bush] apenas notó la concurrencia de ruidosos blogueros opuestos los unos a los otros, anulándose mutuamente. De seguro los blogueros develaron algún escándalo occasional, pero también lo hicieron los blogueros opositores. El efecto global de la blogósfera era un bodrio […]108

Lanier podría asimismo quejarse de que el sistema de justicia adversativo es «un fiasco» por la coexistencia de abogados para la fiscalía y la defensa.

La gannetización de los medios y la cercana extinción de los Woodwards y los Bernsteins eran hechos consumados antes de la entrada en escena de la red. E incluso en la Era Dorada de Cronkite y del Washington Post, los cerberos «profesionales»—miembros, después de todo, del mismo establecimiento que el «Cuarto Estado» supuestamente mantiene a raya—suprimían noticias críticas tan a menudo como las promovían (¿recuerdan esa cita de Katherine Graham arriba?). Hasta que Walter Cronkite decidió finalmente, tras la Ofensiva del Tet, presentar una visión ligeramente escéptica de la Guerra de Vietnam, el público estadounidense no escuchó jamás una palabra contenciosa de parte de la prensa convencional. Ello significó varios años de derrocamientos a Diem, incidentes del Golfo de Tonkin, aldeas estratégicas, zonas de fuego a discreción y Operaciones Fénix, antes de que los cerberos liberales del establecimiento decidieran que la contrainsurgencia genocida había sido—quizás—un «error». Imagínese, de otro lado, si internet hubiese existido en 1965.

Lo que la red ha hecho es remplazar un sistema de consensos administrado por cerberos con un sistema adversativo. ¿Cuántas veces se ha referido alguna figura convencional de un partido cualquiera a cómo los inspectores de la ONU eran «echados a patadas de Iraq» en 1998, al son de los grillos que cantan en los medios «profesionales»—mientras que los blogueros señalaban por la millonésima vez, con enlaces, que realmente los habían retirado?

Cuando gente como Keen y Lanier lamentan la «pérdida de una voz de autor» y el prospecto de internet transformándose en una Biblioteca de Babel, realmente debo preguntarme qué se traen entre manos. Lanier escribe:

En lugar de tratarse a la gente como la fuente de su propia creatividad, agregación commercial y abstracción, los sitios web presentaron fragmentos anonimizados de creatividad como productos que podrían haber caído del cielo o haber sido cavados de la tierra, oscureciendo las verdaderas fuentes.119

Contrario a la impression que da Lanier, la vasta mayoría de lo que leo en línea muestra como pie de autor a un ser humano real, con toda la información de citas bibliográficas fácilmente disponibles acerca de dónde apareció originalmente el trabajo. Y cualquiera que sea mínimamente competente en el uso de un motor de búsqueda puede rastrear la fuente de un texto, en la mayoría de casos, sin mucha dificultad. Casi nada de lo que leo en sitios de noticias compiladas es un «fragmento de creatividad anónimo» cuya verdadera fuente haya sido opacada. Todo lo que leo en AlterNet o Antiwar.com (por ejemplo) son artículos completos con la firma de un autor real y con un enlace a la fuente. En líneas similares, muchos de los supuestos problemas que gente como Lanier encuentra en Wikipedia hallarían respuesta si sencillamente prestaran atención a la pestaña de «historial» sobre cada artículo.

Y las convenciones de referenciar con pies de página en tales trabajos siguen siendo prevalentes en los escenarios en línea que frecuento al igual que en el mundo de la publicación en papel. Por lo que he visto, los escritores en la mayoría de los diarios y agencias de información convencionales no tienen idea de cómo citar una publicación con la información suficiente para que el lector pueda buscarla independientemente. Una de las cosas que no soporto son los artículos de periodistas tradicionales sobre revelaciones asombrosas en documentos gubernamentales filtrados, con títulos imprecisos y sin número de catálogo o fecha. Los reporteros convencionales, de hecho, parecen estar a menudo intranquilos con las fuentes escritas. Como lo expresa Sam Smith de la publicación Progressive Review,

 […] me veo a mí mismo en posición de cubrir lo más ignorado en Washington: la palabra escrita. La cultura del engaño es primordialmente oral. El extracto, el sesgo positivo y la publicidad indirecta dependen de que nadie emplee mucho tiempo en el asunto que se considera.

Una y otra vez, no obstante, me encuentro con que la historia real estriba aún a penas oculta y puede ser encontrada mediante poco más que pasar la página, revisar la letra pequeña en el apéndice, ir a la carga hacia la jungla tipográfica más allá del sumario ejecutivo, hacer una búsqueda por la red y, para los más bravos, realmente inspeccionar las cifras en las tablas.120

Una de las convenciones más importantes en el reportaje y los blogs en línea, por otro lado, es el hipervínculo. Los recortes que veo citados en Wikipedia, la Fundación Wiki P2P, y la Wiki Ecológica de Código Abierto (las wiki con que estoy más familiarizado) no son diferentes en contenido o método de citación a los recortes citados en trabajos en papel convencionales, y no tengo dificultad para rastrear la fuente original.

Lo que es más, la «voz de autor» es la principal fuente de valor tanto del contenido compilado como del «pirata». La utilidad de compiladores en competencia se juzga por cuán fiablemente pueden redirigir al lector a la clase de información que están buscando, lo cual significa que no hay mucho sentido en un compilador que presenta contenido sin ninguna mención de su autor o fuente. En cuando a la «piratería»: aunque Lanier se queja de «compartidores de archivos anticontextuales»,121 el «contexto» es la única razón por la que las personas buscan los archivos en primer lugar. Todo el valor del contenido en sitios de intercambio de archivos deriva de la identidad del autor. Mientras millones de personas buscan el álbum London Calling de The Clash en Pirate Bay, el mismo contenido bajo el nombre de la Banda de Joe Blow no se hará con muchos usuarios.

Al leer a Lanier, no se tendría idea de que filtrar, indexar y catalogar contenido, y proveer una certificación de autenticidad es de hecho una fuente de valor en internet. Está tan obsesionado con lo que James Scott llama «legibilidad desde arriba», que ignora la evolución de los mecanismos para la legibilidad horizontal. Lo que Lanier protesta, aparentemente, son los blogs basura generados por bots y la basura de los motores de búsqueda. Todo el contenido compilado que yo leo, ciertamente, se agrega en espacios verificables basados en el juicio de algún individuo, y no en «las compilaciones automáticas de la nube».122 Cualquier persona que sea incapaz de distinguir el contenido basura generado por bots de la información de valor debe ser efectivamente un tanto tarda. De hecho, la alarma de Lanier se me antoja tan artificiosa como las ostensibles preocupaciones de los posmodernos por la incertidumbre epistemológica radical y sus posiciones exageradas acerca de la opacidad del lenguaje y la dificultad de comunicar significado.  En un punto, Lanier nota la importancia de «algún [ser] procesador de la señal ubicado en el bucle»—donde el ser procesador de la señal es «un saco de trucos que utilizan los ingenieros para ajustar flujos de información»—para el funcionamiento apropiado de un sistema estigmérgico. Lo que Lanier pasa por alto es que el procesamiento de una señal es la diferencia central entre la Biblioteca de Babel de Borges e internet. Si los libros en la Biblioteca de Babel están vinculados selectivamente entre ellos por vía de algún mecanismo de ordenamiento basado en la significatividad para aquellos que buscan información, no sería la Biblioteca de Babel.

La preocupación forzada de Lanier basada en la supuesta incompetencia de la persona promedio, en ausencia de intermediadores «profesionales», es la base para un culto al profesionalismo ampliamente compartido—como ya vimos arriba en el caso de Keen—incluso cuando el poder de mercado como prerrequisito material para el paternalismo «progresista» es un problema. A este sentimiento hacen eco los críticos de la producción informal en otros campos, como veremos abajo.

Lanier no es de gran ayuda cuando toma los pronunciamientos más disparatados y chardinianos de Kevin Kelly acerca de «la mentalidad de colmena» y «convertir todos los libros del mundo en un libro» como si de alguna manera ello representara el movimiento de cultura libre.123

Mi impresión es que el «colectivismo» de Kelly y Anderson se trata más de las propiedades emergentes del todo que de la anonimidad de las partes. La inteligencia colectiva estigmérgica no es compatible con el individualismo radical. O, si Kelly y Anderson son culpables de minimizar los aspectos individuales de la estigmergia, entonces creo que están ignorando el punto central de la clase de comportamiento colectivo que emerge realmente de la red. Pero una de las anécdotas del propio Lanier sobre una conversación con Kelley—en que esta señaló que los foros en línea que «funcionan» son usualmente proyectos individuales en lugar de compilaciones automáticas—sugiere que su opinión de Kelley es una caricatura.124

Lanier mismo se tambalea y por poco cae en una correcta comprensión de esto. «La razón por la que el colectivo puede ser valioso», escribe,

es precisamente que sus picos de inteligencia y estupidez no son los mismos que presentan usualmente los individuos.

Lo que hace que funcione un mercado, por ejemplo, es el matrimonio entre inteligencia colectiva e individual. Un mercado no puede existir solo con base en precios determinados por la competencia. Requiere a su vez de empresarios que generen los productos que compiten en primer lugar.

En otras palabras, los individuos listos, los héroes del mercado, hacen las preguntas que son contestadas por comportamientos colectivos […]

Hay ciertos tipos de respuestas que no deben ser provistas por un individuo. Cuando un burócrata del gobierno fija un precio, por ejemplo, el resultado es a menudo inferior que la respuesta de un colectivo razonablemente informado que esté razonablemente libre de manipulaciones o resonancias internas desmedidas. Mas, cuando un colectivo diseña un producto, lo que se obtiene es diseño por comité, expresión no por nada despectiva.

Lo que él describe es la estigmergia, que, mucho más que la hipérbole de Kelly, es de lo que se trata la Red 2.0. Pero solo rasguña la superficie del asunto: hay una gran diferencia entre el diseño por un comité y el diseño estigmérgico por individuos que diseñan accesorios modulares para una plataforma común. El proceso de diseño estigmérgico descrito por Eric Raymond en La Catedral Y El Bazar, como Lanier debería saber, se trata de fracturar los diseños monolíticos y reducirlos a partes constitutivas para que un «colectivo», en el sentido de que algo tan grande que debe ser coordinado por una autoridad administrativa central, ya no sea necesario. La blogósfera con hipervínculos es la suma total de millones de actos de parte de individuos que postean contenido y lo enlazan con el contenido individual de otras personas, enteramente por sus propias razones individuales.

Howars Rheingold y Paul Harzog explican una importante distinción:

La acción colectiva involucra elección autónoma libremente escogida (la cual coincide casi siempre con el interés propio) y coordinación distribuida; el colectivismo involucra coacción y control centralizado; tratar la internet como uno de los comunes no significa que sea comunista […].126

El problema de Lanier está resumido en la última línea de su artículo: «el mejor principio guía es valorar siempre primero a los individuos». La tensión entre el individuo y el grupo no es algo que se pueda decidir permanentemente mediante una decisión moral ad hoc que genere una regla estática que haya de ser aplicada a perpetuidad. En su lugar, el logro de un balance exitoso entre las necesidades individuales y colectivas es un proceso continuo (ampliamente abordado por la teoría política y social). Francamente, me he habituado a esperar semejante actitud desde que el cofundador de Microsoft Bill Gates describió a los defensores de la cultura libre como «comunistas de hogaño». Cosa curiosa, creo en realidad que mucha de la actividad colectiva que actualmente evoluciona es colectivista, pero solamente si se estira el significado para incluir cosas como la cooperación básica. La elección autónoma y la coordinación distribuida son importantes e interesantes, pero nuevas tecnologías como Wikipedia dependen aún de la centralización y la coacción. En el caso de Wikipedia, hay una posesión centralizada de servidores y servidores DNS, y la coacción social se utiliza para marginar algunos comentarios y legitimar otros. Incluso comunes paritarios (p2p) como BitTorrent emplean la coacción imbricada claramente en la herramienta: se debe subir más de lo que se descarga (algo que profetizó Lawrence Lessig hace mucho en su libro Code but re: DRM). Concuerdo con Howard en que la gente aúna la acción (o el fenómeno) colectiva con el colectivismo, pero podemos tener colectivismo del bueno o del malo, así como podemos tener individualismo o democracia de la buena o de la mala. Más aún, incluso si la superación de problemas de acción colectiva mediante tecnología cooperativa es una nueva forma de colectivismo, mi pregunta sería «¿qué hay de malo en ello?»127

Lanier, como Keen, aduce que parte del fracaso de los nuevos modelos de negocio es la capacidad para monetizar la creación de contenido. Él reconoce que, para gran parte del movimiento de código abierto, la reducción de la monetización es en realidad el punto:

Una variedad prominente de entusiasmo por las wikis, las colas largas, las mentes colmena y así sucesivamente incorpora la presunción de que una tras otra las profesiones serán demonetizadas. Turbas conectadas digitalmente prestarán cada vez más servicios sobre una base colectiva y voluntaria, desde la medicina hasta la solución de crímentes, hasta que todos los empleos se lleven a cabo de esa menera.

Pero esto «plantea la cuestión de cómo una persona que vive todo el día como voluntaria en la colmena devengará dinero redituable. ¿Repartirá la colmena el espacio vital de cada quién?»128 La probabilidad es, más bien, que «si decidimos escindir la cultura y el capitalismo mientras el resto de la vida sigue siendo capitalista, la cultura se transformará en un tugurio».129

La solución, para aquellos de nosotros que vemos el movimiento P2P como el núcleo para una nueva sociedad, es despachar fuera del sistema toda la escasez artificial y desperdicios subsidiarios para que los costos de la renta y la salud sean mucho más bajos, las rentas arraigadas de Propiedad Intelectual desaparezcan como componentes del precio, etc., y la cantidad total de trabajo pago requerida para pagar por los bienes gobernados por el sistema de precios caiga precipitadamente.

En su obsesión con la necesidad de que el poder de mercado permita la tarificación por encima del costo marginal y la garantía de pago, Lanier es—como lo vimos con Keen—schumpeteriano. Pero lo lleva un paso más allá: no solo debería el artista ser capaz de hallar la manera para monetizar sus presentaciones, sino que debería garantizársele una fuente confiable de ingreso a futuro sin trabajo en el momento. «[…] las personas necesitan estar seguras de que están ganando su dignidad y no necesitan cantar para ganar lo de su cena cada noche».130 Curiosamente, empero, el tipo que trabaja en una línea de montaje tiene que seguir haciendo aparatejos para ganar su cena cada día. Y yo debo seguir vaciando bacinicas en el hospital donde trabajo para pagar mis cuentas. Es solo mediante la magia de los derechos de autor que un creador de contenidos puede dormirse en los laureles y vivir de un único éxito por el resto de su vida.

Chris Hedges. Como lo mencioné arriba, es bastante perverso decir que muchos «progresistas» ven la cultura por redes como un caballo de Troya para el poder corporativo global—y no obstante, en torno al problema central de la contención entre la cultura por redes y el poder corporativo, ellos asumen su postura del lado del poder corporativo. Esta tendencia puede encontrarse en su forma más infame—e incoherente—en los escritos de Chris Hedges.

Internet se ha transformado en una herramienta más apropiada por los intereses corporativos para acelerar nuestro declive económico, cultural y político. La gran promesa de la internet para abrir diálogos, derrumbar los muros culturales, promover la democracia y liberar la innovación y la creatividad, ha probado ser un timo. Internet nos está dividiendo en clanes antagónicos en los que cantamos las mismas arengas y odiamos a los mismos enemigos, mientras nuestro trabajo creativo se le sirve en bandeja de plata a proveedores en red que lo emplean como carnada para la publicidad.

Pregúntese a periodistas, fotógrafos, músicos, caricaturistas o artistas lo que piensan de la red. Pregúntesele a productores de películas y filmes. Pregúntesele a arquitectos o ingenieros. La red disemina eficientemente el contenido, pero no protege los derechos de propiedad intelectual. Escritores y artistas se ven cada vez más imposibilitados para ganarse la vida. Y las profesiones técnicas están bajo graves ataques. Cualquier cosa que se pueda digitalizar puede y se está deslocalizando hacia países tales como India y China, donde los sueldos son miserables y los beneficios son inexistentes.

Así que Hedges acusa simultáneamente a la cultura por redes de posibilitar el modelo corporativo global de producción deslocalizada hacia países con bajos salarios—mientras defiende la ley de «propiedad intelectual» misma que sirve como eje para este régimen corporativo global.

Al leer la queja de Hedge (derivada de la jeremiada de la obra de Lanier Lords of the Clouds), donde aduce que los titanes corporativos como Google hacen dinero compilando el trabajo de proletarios culturales, no se adivinaría que los propietarios del contenido patentado de la vieja escuela, como las compañías disqueras, son —¡ejem! —corporaciones.

IV. Contra la producción descentralizada

El anverso de todas las afinidades estéticas convencionales del liberalismo por el gigantismo organizacional es una arraigada desconfianza liberal hacia cualquier alternativa a los métodos gerenciales-profesionales convencionales para hacer las cosas. Como lo expresa James Weinstein, la cultura progresista de «ingeniería social y eficiencia social que floreció a la par con la ingeniería y eficiencia industrial» comportaba «un menosprecio hacia el individualismo y el localismo “irresponsables”».132

Por ejemplo, blogueros liberales como Bradfor Plumer y Ezra Klein han contendido el estatus totémico de los pequeños negocios y las empresas familiares en la cultura política estadounidense. Cuando los negocios pequeños pueden darse el lujo de pagar salarios y beneficios decentes, sostienen, ¡pues bien!, más poder para ellos. Pero, como escribe Plumer, en general los pequeños negocios

tienden a pagar menos a sus trabajadores, ofrecen menos beneficios, presentan muchos, muchos más obstáculos para que se organicen los sindicatos y son a menudo lugares más peligrosos para trabajar que las grandes corporaciones. Son rara vez más innovadores, y no son realmente el «motor» detrás del incremento de empleos en América—al menos en materia de manufactura, un estudio de la Junta de la Reserva Federal realizado en 1997 encontró que «la creación de empleos neta […] no exhibe ninguna relación con el tamaño del empleador», y que las grandes firmas tienden a crear más trabajos duraderos, en parte porque estas se ocupan de una mayor «planeación», la vieja pesadilla socialista.133

Klein concuerda enfáticamente: «Esta afección vestigial, irreflexiva y extraña por una economía jeffersoniana no es solamente económicamente disparatada, sencillamente no es compatible con las metas progresistas».134 (¿Recuerdan ese apunte de Woodrow Wilson sobre los «tories rurales»?) Sus lectores no tardaron en meter la cuchara con referencias a las «economías de escala», disponibles únicamente para los grandes negocios y la supuesta ineficiencia e inhabilidad de la pequeña empresa para competir, y referencias sardónicas a los «conservadores de mano de obra barata» que están al frente de la interferencia política para las pequeñas empresas y la granja familiar.

Más recientemente, Leo Hindery hizo eco a los supuestos de Plumer y Brad acerca de la eficiencia superior de las grandes empresas y el hecho de que consecuentemente están mejor equipadas para satisfacer las necesidades de una economía «progresista». Leo Hindery sostuvo que un resurgimiento del sector manufacturero al nivel de la Época Dorada de la posguerra era necesario para una economía de beneficios y salarios altos y seguridad laboral, y dio un paso más al sostener que esto solo era posible a través de una expansión de las grandes corporaciones manufactureras:

Para entender este punto, durante la primera mitad del siglo pasado, la manufactura constituyó cerca del 35 % del PIB de la nación, e incluso luego de que nuestros hombres retornaran de la segunda Guerra mundial y la producción militar cesara, la manufactura en 1947 aún figuraba como el 26 % de nuestro PIB. Y la manufactura nunca descendió por debajo del 21 % hasta 1980, cuando empezó su reducción persistente hasta el nivel relativa y absolutamente bajo de 12 % en que se mantiene hoy. Desde luego, con este declive, millones de empleos estadounidenses fueron trasladados al extranjero, más de seis millones solo desde el año 2000.

No importa lo que sostenga la teoría de «ventaja comparativa», EE.UU —con su gran población, amplia geografía y gran diversidad—sencillamente no puede prosperar con menos de 12 % de su PIB producto de la manufactura. Si este sector produjese nuevamente 20 % del PIB, lo cual solo puede suceder por medio del incremento de las grandes empresas manufactureras, 12 millones más de trabajadores se verían directamente empleados y, dado el altísimo efecto multiplicador de nuevos empleos en manufactura, hasta 30 millones se verían empleados indirectamente […]

La verdad simple y llana es que no hay manera en esta tierra de Dios de crear 21.8 millones de nuevos empleos sin la participación de «grandes empresas», especialmente «grandes empresas manufactureras», puesto que esta tarea representa el equivalente casi incomprensible de tener que crear 140 nuevas compañías Boeing o 90 nuevas General Motors […]

Las grandes compañías «saben [absolutamente] qué hacer», a saber, expandirse y crecer. Está inscrito en su ADN, y, habiendo dirigido unas cuantas, yo sé que eso es también lo que quieren hacer. Pero las grandes compañías—americanas y extranjeras por igual— no se expandirán jamás aquí en los EE.UU de cara a obstáculos poco razonables o a la incertidumbre económica generalizada, o siendo que las oportunidades de desarrollo en el extranjero son significativamente más llamativas.

La introducción de nuevas compañías grandes y el resurgimiento de las existentes representan las únicas oportunidades significativas a término medio para crear el grueso de las decenas de millones de nuevos empleos que precisamos ahora mismo en EE.UU.135

Hindery ignora completamente el significado fundamental de lo que en realidad ha estado teniendo lugar con la tecnología manufacturera en años recientes. Las innovaciones en maquinaria CNC (Control Numérico Computarizado) barata y de propósitos generales implican que la manufactura ya no requiere la clase de maquinaria costosa y especializada que solo las corporaciones gigantes pueden costear. Lo que estamos viendo es un revés en el proceso que llevó al sistema de fábricas en primer lugar: un cambio desde la maquinaria costosa y el resultante sistema de trabajo salariado en fábricas, hacia herramientas costeables para individuos y pequeños grupos.

Eric Husman, del blog GrimReader, resumió la posición liberal convencional, ejemplificada por Plumer y Klein, de esta manera: «No es que estén en contra de los pequeños negocios, sino que están a favor de las cosas que caracterizan a la grande empresa. ¿Rendimientos de escala? ¡Listo! ¿Burocracia y sindicalización? ¿Listo? Vale, ¡ya eres una pequeña empresa aceptable!»136

Ya hemos considerado la tendencia de Thomas Frank de sustituir argumentos reales con yuxtaposiciones perezosas: dado que la globalización corporativa está a menudo empacada en el lenguaje del tecnoutopismo, se sigue de ello (para Frank) que cualquiera que celebre la revolución por redes es un testaferro del neoliberalismo. Y, puesto que la mayoría de las celebraciones de la manufactura flexible y críticas de la burocracia taylorista están asociadas en los medios de comunicación populares a testaferros corporativos como Tom Peters, asimismo se sigue que cualquier charla sobre producción descentralizada («la superioridad de la producción flexible de los 90 a las técnicas gerenciales regimentadas del pasado»137) es solo camuflaje para los prospectos de Nike y Wal-Mart para hacerse con el mundo. La simple cita intimidante es suficiente: «¿Qué más necesidad de testigos tenemos? Él se condena a sí mismo por lo que sale de su boca».

Cuando Frank reconoce realmente que hay una izquierda en el movimiento de manufactura flexible, sugiere—erróneamente—que figuras comparativamente tradicionales y amables con las corporaciones como Kevin Kelly se ubican en su ala radical:

Esto no quiere decir que Kelley, el contraculturista confirmado, estuviese actuando como testaferro para los grandes banqueros y marchantes pueblerinos cuya posición ideológica parecía haber adoptado. ¡Dios nos libre! De hecho, y junto con muchos otros populistas de mercado de la década, él elevó su puño vigorosamente hacia los poderes corporativos jerárquicos del mundo y declaró que la lógica interconectada de la naturaleza (y del mercado) «revolucionaría verdaderamente casi todos los negocios». Lo que Kelly quería decir con «revolución», no obstante, no era propiedad común o al menos una distribución más democrática de la riqueza, sino una mayor dependencia en la «deslocalización» de parte de compañías que hubiesen descubierto que ya no requerían una masiva operación integrada verticalmente. Por qué nadie más fuera de los accionistas deberían celebrar este desarrollo […] no se discute: Kelly parece considerar el simple hecho de la producción descentralizada alucinantemente genial, atrayendo así a los lectores con la fábula de una compañía que compra sus partes de otra compañía para luego contratar a alguien más para hacer la publicidad.138

Las corporaciones globales han intentado, efectivamente, domesticar y cooptar la revolución en tecnología de manufactura descentralizada, para descentralizar el proceso de producción mismo mientras se le preserva dentro de un marco corporativo de mercadeo y finanzas y se emplea la «propiedad intelectual» para capitalizarla como fuente de réditos. Gente como Tom Peters y los otros gurús de los años 90 son sus propagandistas.

Las compañías podrían reinventarse; industrias enteras podrían decaparse hasta llegar a su núcleo esencial; fuerzas obreras íntegras podrían verse liberadas, troceadas en «unidades de uno», mas la marca permanecería sólida e inflexible a pesar de todo.139

Pero al leer a Frank—de nuevo—no se adivinaría que hay un movimiento de micromanufactura, cuyo objetivo es, de hecho, la eliminación de rentas sobre la escasez artificial y derechos de propiedad artificiales como las patentes como fuentes de riqueza concentrada, y la obtención de una propiedad ampliamente distribuida de los medios de producción entre la gente ordinaria. Para estas personas, la «producción descentralizada» no entraña deslocalización a una maquila en Shenzhen, que produce bienes por contrato para una compañía de red de transporte occidental que han de ser enviados en un buque contenedor a un Wal-Mart en Peoria; entraña el que un consumidor en Peoria seleccione una tostadora o una tumbona de una gama de diseños disponibles libremente y de acceso libre, para que se les produzca por demanda en una fábrica de cochera llena de sofisticada (y costeable) maquinaría CNC en su propio vecindario—libre de la porción entera del precio que corresponde al sobrecosto de marca, rentas sobre la «propiedad intelectual», costes de mercadeo masivos y de envío transoceánico de los bienes de Wal-Mart. Estas personas no desean sencilamente deslocalizar la producción dentro de un marco corporativo. Desean eliminar los cuarteles corporativos y los accionistas, y democratizar el control de la producción misma hacia una economía relocalizada de artesanos autoempleados que puedan costearse su propia maquinaria de producción. Ellos buscan, en resumidas cuentas, «una distribución más democrática de la riqueza».

Como lo describió Johann Soderberg, el ascenso de redes manufactureras flexibles representa un peligro muy real para el capital: «dado que todos los puntos de producción se han transformado en nodos potencialmente redundantes de una red, el capital como factor de producción en la red se ha transformado él mismo en un nodo sujeto a la redundancia».140 David Pollard describió en líneas generales un escenario posible con mayor profundidad:

Temprano en la década del 2000, grandes corporaciones que fueron alguna vez empresas comerciales jerárquicas de cabo a rabo comenzaron a escamar todo lo que no se considerase competencia pura, hasta el punto en algunos casos de dejar poco más que la agudeza empresarial, el conocimiento del mercado, la experiencia, la habilidad de toma de decisiones, el nombre de marca y las competencias de agregación. Este «vaciamiento» permitió a las multinacionales lograr enorme influencia y márgenes. También las hizo increíblemente vulnerables y potencialmente descartables.

A medida que se aceleraba la deslocalización, algunas pequeñas compañías descubrieron cómo explotar esta vulnerabilidad. Cuando, por ejemplo, estas identificaban la deslocalización de parte de manufactureros norteamericanos de la producción doméstica hacia plantas en el tercer mundo con el interés de «incrementar la productividad», se dirigían directamente a los manufactureros del tercer mundo, les ofrecían un poco más y se presentabn directamente a los comerciantes norteamericanos para ofrecer cobrarles menos. Los empresarios de mayor costo se veían rápidamente en la posición de intermediarios innecesarios. Ahora, en 2015, el resultado es lo que Doc Searls y Dave Weinberger, dos expertos de internet, han llamado un Mundo de Fines — que en su aplicación empresarial significa un mundo desintermediado donde las empresas especializadas se contratan directamente entre sí, con el fin de traer a los consumidores los beneficios de la globalización y el libre mercado. Las grandes corporaciones, una vez se desprendieron de todo aquello que no fuera «pura competencia», aprendieron, para su disgusto, que en la economía de la información conectada, el valor de su competencia pura representaba mucho menos que el valor inflado de su inventario, y han perdido gran parte de su nicho de mercado por parte de nuevas federeciones de pequeñas empresas comerciales.141

De la misma manera que Thomas Frank trata la revolución por redes como cuña de entrada para Dick Armey y Tom Delay, la tendencia instintiva entre liberales convencionales es equiparar las fábricas de cochera con «maquilas». Un buen ejemplo es la postura de Joel Johnson sobre la micromanufactura. Como reacción a la celebración de Chris Anderson de la manufactura de cochera, la confección y la cultura del bricolaje, Johnson escribe: «Chris Anderson trae un importante mensaje del futuro: ¿sabían que se puede deslocalizar la manufactura?»143 El impacto de su crítica se dirige al aunamiento (ciertamente infortunado) de la producción en talleres de cochera con la deslocalización hacia China:

Esos policlorobifenilos son hechos por seres humanos en fábricas. Fábricas que en el mejor de los casos están lejos de ser cómodas y están pobladas con obreros desorganizados.

¿Maravillarnos de que se pueda convencer a una compañía china de hacer pequeños lotes de aparatos electrónicos para nosotros? En muchos casos, es allí donde peores son las condiciones […].

Utilizar la red para comunicarse con fábricas chinas es una mejora […] sobre la máquina de fax. Pero la verdadera revolución es que cuesta solamente algunos dólares enviar una parte de Shenzen a Sunnyvale. ¿Se quiere hablar de revolución? Agradézcasele a FedEx.

Un comentario de utilidad por el usuario «Gelatinoso», bajo el artículo de Anderson, presenta una objeción en términos similares a los de Johnson:

Chris Anderson, ¿por qué se te ve tan jovial […] en tu impulso por eliminar totalmente la clase media? ¿Es eso realmente lo que quieres? ¿Un mundo lleno de legos que ensamblan basura inservible «diseñada» por emprendedores adictos al trabajo, duchos en tecnologías y sobreeducados? ¿Se te olvida que la gente necesita poder COMPRAR tu basura (oh, espera, ya recuerdo, todo será GRATIS)? ¿Quién exactamente pagará por los trastos en tu economía de esclavos y amos?

Youtube, los blogs y todo el resto de estiércol equino de la red 2.0 han devengado mucho dinero para una élite pequeña. No esperemos que este «cambio de paradigma» en manufactura logre algo diferente. Esperemos, sí, que deje a miles (quizá millones) desempleados o sin siquiera apañárselas, trabajando infames cantidades de horas por menos del salario mínimo en maquiladoras químicamente tóxicas.

Bienvenidos a la siguiente «Jungla», con el auspicio de la «siguiente revolución industrial» de los tecnócratas.

Como digo, la propia celebración de Anderson a los talleres de trabajo chinos es infortunada. Trata las cadenas de suministro globales, que son de hecho un fenómeno pasajero y accidental, como parte esencial de la revolución manufacturera descentralizada. Y Johnson está en lo correcto cuando dice que la deslocalización hacia talleres de trabajo con maquinaria de uso general no es exactamente algo nuevo. Pero en ambos casos, esto pasa por alto el punto.

El desplazamiento hacia una manufactura flexible y en red en talleres de trabajo mediante el empleo de métodos artesanales es una vieja tendencia (Sabel y piore lo describen en The Second Industrial Divide), cierto. Mas la tendencia tecnológica subyacente sobre la que el desplazamiento depende—el abaratamiento radical de las herramientas CNC—continúa desarrollándose exponencialmente. Es tecnológicamente cierto que «el futuro de la industria convencional sigue siendo casi el mismo durante los últimos treinta años». Pero la tendencia durante los últimos treinta años, como los describieron Sabel y Piore hace treinta años, ha sido una fundamental desviación del modelo de producción en masa que existió antes: esto hacia una producción artesanal en red con maquinaria CNC de uso general que se torna más barata cada año.

Y aunque la deslocalización hacia China es la forma predominante que ha tomado la producción descentralizada/en red, tal y como ha sido cooptada en el marco corporativo existente, ello es completamente accidental para la esencia del fenómeno.

Lo importante es que la maquinaria de uso general para una producción flexible se abarata exponencialmente, volviéndose cada vez más costeable para casi cualquiera, y que el fundamento económico para la producción en masa se ve consecuentemente menoscabado. La base económica para las «economías de escala» asociadas con maquinaria extremadamente costosa y de productos específicos se torna más y más irrelevante para una porción cada vez más grande de las cosas que consumimos. El abaratamiento de la maquinaria de producción devorará eventualmente a los productores chinos como devora la industria de producción en masa estadounidense de la vieja línea. Lo que se hace en talleres en Shénzhen puede hacerse asimismo en economías locales en red compuestas por fábricas de cochera en los Estados Unidos—y así acontecerá, cuando el cénit petrolero destruya por completo el modelo industrial de «bodegas en buques contenedores».

V. Contra la producción informal

Concomitante con el modelo liberal convencional de organización industrial se encuentra, en cada aspecto de la vida, un clericalismo gerencial-profesional en control de la gama de servicios disponible y que reduce el estatus promedio de persona a cliente. El liberalismo convencional se extiende más allá de una afinidad schumpeteriana por grandes organizaciones hacia una afinidad por la profesionalización de cada aspecto de la vida, incluso en la esfera del intercambio individual y las relaciones sociales. Como sucede en la organización a gran escala, la afinidad parece ser considerablemente estética: la regulación y las licencias—cualquier regulación y cualquier forma de licencia, como tal— son «progresistas», y cualquier oposición a ellas viene de la «derecha».

Se puede tener una idea de la actitud liberal predominante hacia el carácter casi universalmente benéfico de las licencias y las regulaciones simplemente al observar las respuestas de los lectores en cualquier publicación del bloguero liberal Matthew Yglesias en que exprese un suave escepticismo hacia las licencias, la zonificación y las regulaciones. Se puede medir usualmente en nanosegundos el lapso entre el momento en que Yglesias oprime el botón «publicar» y la primera alusión en un comentario a Upton Sinclair o la primera pulla tipo «no dejarías que un neurocirujano sin licencia te operara, ¿o sí?».

Parte del problema es una predisposición a creer que cualquier cosa que se llama regulación hace de hecho lo que sugiere su título oficial. El propósito primario de (digamos) las licencias para plomería es garantizar algún mínimo nivel de competencia y entrenamiento para fontaneros; de allí se desprende que cualquiera que cuestione los beneficios del régimen de licencias debe estar a favor de que su cañería sea reparada por alguien sin entrenamiento e incompetente.144 Pero, como lo señala Yglesias, las licencias profesionales no sirven más el propósito primario de garantizar algún nivel de calidad, de la misma forma que la «ley del derecho al trabajo» no garantiza el derecho a trabajar: «las reglas no requieren típicamente una licencia para llevar a cabo la labor de plomería». El Código Civil de Nueva York, por ejemplo, especifica que «solamente los maestros plomeros licenciados y sus empleados pueden llevar a cabo trabajo de plomería en la ciudad de Nueva York». El efecto real, por lo tanto, es claro:

Desde el punto de vista de un consumidor, no hay garantía de que la labor sea realizada por un plomero licenciado, así que claramente no puede ocurrir que necesitemos esta reglamentación para asegurarnos de que el trabajo esté a la altura de los estándares de plomeros licenciados. Más bien, como efecto de la ley, se asegura que haya un cierto grupo de personas perfectamente calificadas para realizar un rango de tareas relacionadas con la plomería que, empero, no puedan llevar a cabo esas actividades legalmente sin entregar a un plomero maestro licenciado un trozo del pastel.145

Las respuestas de la audiencia predominantemente liberal de Yglesias incluían cosas como «fantochadas libertarias», «gilipolleces libertarias» y «fervor aullador desregulatorio friedmanita».

Como lo señaló un comentarista, la plomería funciona aparentemente con un sistema de aprendices, donde estos trabajan bajo la supervisión de un plomero licenciado que inspecciona su trabajo.146 Pero, en la práctica, la mayor parte de esa «supervisión» realizada por practicantes competentes se traduce en que el «maestro» visita brevemente cada uno de los muchos edificios o transmite su experticia por ósmosis al trabajador que realmente hace la visita domiciliaria (pero es «supervisado» en virtud de que trabaja en el mismo edificio donde el maestro fontanero recibe su correo). He perdido la cuenta de cuántas veces he visitado clínicas y visto enfermeras practicantes sin vislumbrar en ningún lado a un doctor. Como lo expresa Yglesias tan elocuentemente, el efecto primario de la «supervisión» es que el «profesional licenciado» o el «maestro artesano» recibe su tajada por permitir que la persona que hace realmente la labor acceda al mercado.

Un punto que a menudo traen a colación los críticos de Yglesias son los seguros de responsabilidad. Las críticas sugieren que las licencias son la única manera de verificar esas cosas o de verificar las competencias de un practicante.

¿Por qué habría de importarme que, por efecto de mi demanda a un plomero incompetente, pueda sacarlo del negocio? ¿Cómo remplazará ello los libros que he tenido por 30 años, que están fuera de imprenta y que no pueden adquirirse más?

[…] pero, probablemente la mayoría de adultos han tenido la mala experiencia de contratar al cuñado o primo de alguien para un proyecto y obtener lo que pagaron. Luego de esa experiencia, el significado de las palabras «licenciado y garantizado» se nos imparte como cruda verdad.147

Las licencias no equivalen solamente a certificaciones de calidad y competencia, sino que su ausencia descarta cualquier otro medio para asegurar esas cosas. Efectivamente, un comentarista equiparó específicamente la posición de Yglesias con la defensa de la práctica por parte de «personas que no saben nada de plomería».

Pero no resulta en absoluto obvio que se pueda conseguir mejor información en lo concerniente a la calidad consistente de la labor de un practicante por el mero hecho de que haya alcanzado los estándares mínimos para una licencia, contrario a sistemas de examinación de reputación como el RateMyDoctor del sitio Angie’s List. Como lo señaló Yglesias, «si necesitara contratar un plomero, buscaría probablemente una recomendación. No confío para nada en que estas argucias certificantes reflejen calidad de manera significativa. […]»148

Tales argumentos ignoran también la posibilidad de los mercados cuando se trata de formas más convencionales de certificación, con una ventaja competitiva resultante de un plomero afiliado con su gremio o certificado por una agencia.

Más bien al contrario, la certificación y las licencias emitidas por un consejo crean una impresión equívoca. Por ejemplo, los doctores son rara vez privados de sus licencias como resultado de mala praxis, pues los consejos que emiten licencias se centran en minimizar el vapuleo político. Estos consejos son renuentes a decomisar una licencia a causa de las consecuencias financieras para el doctor sancionado. Las acciones disciplinarias, cuando ocurren, rara vez implican «trato inadecuado o negligente», sino que en su lugar se centran en asuntos criminales como «prescripción inadecuada de sustancias controladas». Los cuerpos encargados de entregar licencias intentan también reducir su carga de trabajo y minimizar el alto coste de las audiencias mediante arreglos voluntarios por ofensas menores que no requieren que se encuentre al doctor culpable de cuidado negligente y que no dejan registro público alguno de la naturaleza real de la investigación. La potencial responsabilidad por mala praxis y los mecanismos de reputación como el voz a voz de los pacientes proveen incentivos mucho más fuertes que el inoperante sistema de licencias.149 El efecto principal del sistema de licencias es presumiblemente la creación de un inmerecido sentido de confianza en las capacidades de un médico «licenciado por un consejo».

Marc T. Law y Sukkoo Kim sostienen que los regímenes modernos de licencias emergieron en la Era Progresista, no primariamente por razones de elección pública como la erección de barreras de entrada al mercado, sino por asimetría en la información: los incrementos en la especialización hicieron que fuera más complicado para los consumidores juzgar la calidad de los servicios.150 Pero la tecnología en red, con las posibilidades que está creando para los mecanismos de reputación horizontales, está teniendo un efecto revolucionario al volver manejable la complejidad y revertir gran parte de la tendencia hacia la asimetría de la información.

El concepto de «legibilidad» de James Scott en Ver como un estado resulta relevante aquí. Hay una división fundamental entre aquellos que se concentran en la legibilidad horizontal mediante mecanismos de reputación en red, y la legibilidad vertical basada en la certificación por alguna autoridad central superior. La elección se da entre organizaciones sociales que son ante todo «legibles» para el estado y organizaciones sociales que son ante todo legibles o transparentes para las personas en comunidades locales organizadas horizontalmente y opacas para el estado.151

Esta última clase de arquitectura, como lo describió Kropotkin, fue lo que prevaleció en los poblados y villas libres interconectados de la Europa medieval. El patrón primario de la organización social era de carácter horizontal (gremios, etc.); sus certificaciones de calidad y funciones de reputación apuntaban a hacer la fiabilidad de los individuos transparente para cada quien. Para el estado, tales formaciones locales eran opacas.

Con el ascenso del estado absoluto, el foco principal se desplazó a la creación de una sociedad transparente («legible» en terminología de Scott) desde arriba, y la transparencia horizontal era, en el mejor de los casos, tolerada. Cosas como la adopción sistemática de apellidos de familia que fuesen estables a través de las generaciones (y la continuación durante el siglo XX con los números de identidad), el mapeo sistemático de direcciones urbanas para el servicio postal, etc., entrañaban el propósito de hacer transparente la sociedad para el estado. Para ponerlo crudamente, el estado quiere mantener el rastro de dónde están sus cosas, como lo hacemos nosotros—y nosotros somos sus cosas.

Antes de esta transformación, por ejemplo, los apellidos existían principalmente por conveniencia para la gente en las comunidades locales a fin de distinguirse entre sí. Los apellidos se adoptaron sobre una base ad hoc para aclarar cuando había algún peligro de confusión, y rara vez se transmitían de una generación a la siguiente. Si hubiese múltiples Juan en un pueblo, se les podría distinguir por oficio («Juan el Molinero»), ubicación («Juan Serrano»), patronímico («Juan hijo de Ricardo»), etc. Por contraste, en donde sea que existan apellidos con continuidad transgeneracional, estos han sido impuestos por estados centralizados como mecanismo de catalogación y rastreo de la población—volviéndola así legible para el estado, en términos de Scott.

Para lograr un desplazamiento de vuelta a la transparencia, será necesario vencer el poderoso hábito cultural residual, entre el público general, de pensar tales cuestiones a través de la mente del estado. V.g., si «nosotros» no contásemos con algún mecanismo para verificar la observancia mediante esta o aquella regulación, algún negocio en algún lugar podría verse «posibilitado» para hacer esto o aquello. Debemos superar cerca de seiscientos años de hábitos innatos de pensamiento por virtud de los cuales el estado es el guardián omnividente de la sociedad que nos protege de la posibilidad de que alguien en algún lado haga algo malo si «las autoridades» no lo previenen.

En lugar de este hábito de pensamiento, debemos pensar en la creación de mecanismos sobre una base de redes, para hacernos tan transparentes como sea posible para otros, en tanto que somos proveedores de bienes y servicios, para prevenir que las empresas logren zafarse de las consecuencias por su comportamiento pobre al informarse entre ellas, para prevenir que compremos mercancía defectuosa, para protegernos del fraude, etc. De hecho, la creación de tales mecanismos—lejos de hacernos transparentes para el estado regulatorio— bien pueden requerir medidas activas a fin de volvernos opacos para el estado (v.g., cifrado, redes oscuras, etc.) con el fin de protegernos de los intentos por suprimir semejante organización autónoma económica local en contra de los intereses de actores corporativos.

En otras palabras, necesitamos deshacernos del hábito centenario de pensar la «sociedad» como un mecanismo de centro y periferia y de vislumbrar el mundo desde la perspectiva del centro, y, en su lugar, pensar en la sociedad como una red horizontal en que visualizamos las cosas desde la perspectiva de nodos individuales. Necesitamos deshacernos del hábito de pensamiento por virtud del cual la transparencia desde arriba se empezó a percibir en primer lugar como un problema.

La actitud liberal convencional hacia la regulación y las licencias de servicios se extiende a una aversión general hacia la organización de servicios de cualquier clase sobre una base diferente a la provista por profesionales licenciados o mediante una burocracia de servicios sociales. La actitud general, que podría caracterizarse certeramente por medio de una inversión de Andrew Keen—culto al profesional—fue descrita eficazmente por Ivan Illich:

Muchos estudiantes […] saben instintivamente lo que las escuelas hacen por ellos. Los escolarizan para confundir el proceso y la sustancia. Una vez que estos se difuminan, se asume una nueva lógica: entre más tratamiento haya, mejores son los resultados […]. El pupilo es así «escolarizado» para confundir enseñanza con aprendizaje, progresión en las calificaciones con educación, un diploma con una competencia y fluidez con la habilidad de decir algo nuevo. Su imaginación se «escolariza» a fin de aceptar servicio en lugar de valor […]. La salud, el aprendizaje, la dignidad, la independencia y el esfuerzo creativo se definen como poco más que el desempeño de las instituciones que afirman servir a estos fines, y se propone que su progreso está supeditado a la distribución de más recursos para la administración de hospitales, escuelas y otras agencias en cuestión […].

[las escuelas enseñan al estudiante a] considerar la idea de instruirse a sí mismo como irresponsable, siendo el aprendizaje autónomo algo poco fiable y la organización comunitaria, cuando no está pagada por parte de aquellos que ostentan autoridad, una forma de agresión o subversión […]. La confianza en el tratamiento institucional torna sospechoso el logro independiente […].153

El currículo oculto enseña a todos los niños que el conocimiento económicamente valioso es el resultado de la enseñanza profesional y que las prerrogativas sociales dependen del rango alcanzado en un proceso burocrático.154

Liberales como Keith Olbermann no solo se burlan rutinariamente de las exhortaciones conservadoras a la caridad y la autoayuda, sino que (al estilo de Thomas Frank) brincan desde allí a la anonadante conclusión de que, dado que dichas exhortaciones son populares entre los republicanos, la defensa de redes de autoayuda descentralizada es como tal reaccionaria.

Pero más fundamentalmente, el descentralismo y la organización autónoma ofenden sus sensibilidades estéticas. Se ven comúnmente forzados a evocar la imagen campirana del constructor de graneros del siglo XIX a falta de alguna otra comparación suficiente para transmitir la idea de cuán retrógrada y desdeñable es esa clase de cosa. Ayudar al prójimo directamente o participar en una sociedad u organización mutual local amigable organizada autónomamente está muy bien si no hay nada más disponible. Pero existe, claro está, el lunar inexorable de lo provincial y bucólico—similar a la imagen del pan casero y los vegetales hechos en casa propiciados por la propaganda corporativa a favor del consumo en masa durante los inicios del siglo XX. La gente que se ayuda mutuamente o se organiza voluntariamente para unificar riesgos y costes debe ser encomiada—de mala gana y con un dejo de condescendencia— por hacer lo mejor que puede en una era de servicios sociales ferozmente disminuidos. Mas el que la gente se vea obligada a apelar a tales recursos zafios, en lugar de satisfacer todas sus necesidades de seguridad social por medio de compras de una parada en la oficina del Ministerio de Servicios Centrales en un gigante edificio monumental con una estatua de la victoria alada en el vestíbulo, al estilo de la película Brasil, es una condenación para cualquier sociedad civilizada. La sociedad progresista es una sociedad de ciudadanos cómodos y bien alimentados, administrada competentemente por autoridades con credenciales apropiadas; estos ciudadanos deambulan como hormigas a la sombra de edificios de una milla de altura que se ven como si hubiesen sido diseñados por Albert Speer. Y en esa clase de utopía à la H.G. Wells sencillamente no hay espacio para los constructores de graneros y para una sociedad de beneficio a los pobres.

Dejando de lado las sensibilidades estéticas, tales críticos están sin duda motivados en alguna medida por una genuina preocupación de que los mecanismos de reputación y certificación en red no aten los cabos sueltos producto de la desaparición del estado regulatorio. Cosas como los Reportes de consumidores, la lista de Angie y la Agencia para Mejores Negocios están muy bien para gente educada que tiene el sentido y la pericia para hacer chequeos. Pero un perico de los palotes cualquiera, bendito sea el pobre, seguramente saldrá a comprarle frijoles mágicos al primer vendedor vil que se le cruce—y luego los aspirará por la nariz.

Las actitudes liberales convencionales acerca de las licencias se ajustan también a nuestro tema general del schumpeterianismo, en la medida en que los «profesionales licenciados» tienen la posibilidad, gracias a las barreras de entrada al mercado, de cobrar precios suficientes para jugar ciertos papeles sociales «progresistas». Como sostuvo un comentador bajo la publicación de Yglesias acerca de las licencias en plomería:

El problema es que, cuando no se tiene licencia alguna para cargos calificados, lo que se obtiene es un montón de guerreros de fin de semana que empujan hacia abajo los precios y sacan del negocio a los profesionales– y eso eventualmente degrada la calidad. Conocí una vez a un sujeto que tenía su propio negocio de paisajismo, pero renunció a él porque había demasiada gente con un tractor John Deere que hacía su labor por tarifas absurdamente bajas, pues para ellos se trataba solo de un pasatiempo. Cuando se trataba de realizar una labor realmente calificada, desde luego, eran malísimos– pero la gente quiere creer que puede obtener trabajo de calidad sin tener que pagar por él. Así que se le dan un chance al tipo barato inexperto y el profesional real es quien sufre.155

Matt, es agradable saber que te importa que la gente gane un salario digno. Un plomero licenciado en Oregon está registrado con el estado, está garantizado, tiene seguro de responsabilidad, debe pagar a los suyos un sueldo justo y debe cubrirlos con un seguro de compensación para trabajadores. El argumento de prevenir que un cierto número de personas devengue un sueldo digno y se eleve el costo de la plomería resuena a menudo entre republicanos derechistas en su embate contra los sindicatos y los sindicalistas. En realidad, los plomeros sin licencia demuelen el sueldo digno.156

Así pues, en efecto, existen dos modelos económicos alternativos. Uno es la eliminación de la escasez artificial y las fuentes de gastos generales inflados de la economía, y hacer así posible que se satisfagan nuestras necesidades con menos horas de trabajo progresivamente, ya que la creciente participación en los bienes y servicios que consumimos se producen, sea fuera del vínculo monetario, sea en microempresas en la economía informal y doméstica, con una operación de costos generales mínimos. El otro es la imposición de suficientes gastos generales artificiales y rentas de escasez en la producción, de modo que solamente un número limitado de actores privilegiados tengan acceso a los medios de producción, si bien son los suficientemente grandes y ricos para darse el lujo de mantener a todo el mundo empleado a tiempo completo. Mientras tanto, todos trabajan muchas veces más horas de las que requieren las posibilidades técnicas de producción realmente a la hora de producir las cosas que consumen, a fin de devengar suficiente dinero para pagar las rentas de escasez infladas y los sobrecostos. Pero al menos todo el mundo tiene «trabajo», incluso si la mayor parte del trabajo es el equivalente moral de los superfluos pasos de una máquina Rube Goldberg o de cavar un hoyo y llenarlo de nuevo, y la mayoría de formas de creación de valor son el equivalente de fluido retenido en un cuerpo humano edematoso.

Conclusión

La pregunta real se centra en la visión que tengamos de la naturaleza humana. ¿Son la mayoría de seres humanos demasiado incompetentes e irresponsables para desarrollar una red de seguridad o mecanismos para certificar la calidad y la seguridad de aquellos con quienes llevan a cabo negocios mediante medios voluntarios en red, incluso cuando no hay barreras técnicas para hacerlo? ¿Es necesaria una clase de supervisores benevolentes y entrenados profesionalmente para superar la negligencia e imprevisión de la persona promedio? ¿O se puede confiar en que las personas conozcan sus propios intereses y cooperen con otras personas para alcanzarlos?

El liberalismo del establecimiento considera que esta última suposición se desprende de una visión ingenuamente optimista de la naturaleza humana. Pero el liberalismo convencional es al menos igual de vulnerable a la misma clase de críticas. Los anarquistas creemos que la gente conoce sus propios intereses y creemos en su habilidad para cooperar y actuar racionalmente, y que allí estriba su principal defensa contra el oportunismo y el fraude. Los que se oponen a nosotros deben confiar no solo en la habilidad de «autoridades calificadas apropiadamente» que conozcan nuestros intereses mejor que nosotros—deben confiar a su vez en que esas autoridades no exploten de forma oportunista dicha autoridad. Se ven compelidos a creer, en contra del abrumador peso de la evidencia histórica, que «todos nosotros juntos» podemos actuar por medio de grandes organizaciones en nuestro propio interés, en lugar de ser gerenciados por ellos con el interés de quienes las administran en mente. Es un clásico ejemplo del problema «Quis custodiet ipsos custodes?»: ¿Quién custodia a los custodios?

El talón de Aquiles del liberalismo convencional es su propia creencia, arraigada en su historia y orígenes de clase, de que la experticia inmaculada y apolítica es posible, y de que los «expertos desinteresados» están de algún modo singularmente exentos de artimañas y oportunismo.

Bibliografía

1 C. Wright Mills, White Collar: The American Middle Classes (New York: Oxford University Press, 1953), p. 63.

2 Ibid., pp. 68-69.

3 Christopher Lasch, The New Radicalism in America (1889-1963): The Intellectual as a Social Type (New York: Vintage Books, 1965), p. 174

4 See James Weinstein, The Corporate Ideal in the Liberal State, 1900-1918 (Boston: Beacon Press, 1968).

5 Herbert Croly, The Promise of American Life (New York: The MacMillan Company, 1911).

6 Robert H. Wiebe, The Search for Order, 1877-1920 (New York: Hill and Wang, 1967), pp. 165-166.

7 Martin J. Sklar, The Corporate Reconstruction of American Capitalism, 1890-1916: The Market, the Law, and Politics (Cambridge, New York and Melbourne: Cambridge University Press, 1988), p. 34.

8 Croly, The Promise of American Life, p. 169.

9 Ibid., pp. 115-117.

10 Ibid., p. 120.

11 Rakesh Khurana, From Higher Aims to Hired Hands: The Social Transformation of American Business Schools and the Unfulfilled Promise of Management as a Profession (Princeton and Oxford: Princeton University Press, 2007), p. 87.

12 Ibid., p. 56

13 Wiebe, The Search for Order, p. 165

14 Yehouda Shenhav, Manufacturing Rationality: The Engineering Foundations of the Managerial Revolution (Oxford and New York: Oxford University Press, 1999).

15 Ibid., p. 74.

16 Ibid., p. 35.

17 Ibid., p. 35. Quoted material is from Robert Wiebe, In Search of Order.

18 Ibid., p. 162.

19 Ibid., p. 174.

20 The influence of engineering culture on Progressivism and corporate liberalism is also discussed, quite engagingly, in John M. Jordan, Machine-Age Ideology: Social Engineering and American Liberalism, 1911-1939, pp. 33-67.

21 Lasch, The New Radicalism in America, p. 162.

22 Shenhav, Manufacturing Rationality, p. 5.

23 Ibid., p. 8.

24 Ibid., p. 35.

25 Ibid., p. 96.

26 Ibid., p. 189.

27 Quoted by John M. Jordan in Machine Age Ideology: Social Engineering and American Liberalism, 1911-1939 (Chapel Hill, University of North Carolina Press, 1994), p. 76.

28 Taylor Stoehr, Decentralizing Power: Paul Goodman’s Social Criticism (Black Rose Books, 1994), p. 176.

29 Christopher Lasch, The Culture of Narcissism: American Life in an Age of Diminishing Expectations (New York: Warner Books, 1979), p. 145.

30 Khurana, From Higher Aims to Hired Hands, p. 69.

31 Christopher Lasch, The Revolt of the Elites and the Betrayal of Democracy (New York and London: W.W. Norton & Co., 1995), pp. 167-168.

32 Joseph Schumpeter, Capitalism, Socialism and Democracy (New York and London: Harper & Brothers Publishers, 1942), p. 89.

33 Ibid., pp. 100-101.

34 John Kenneth Galbraith, American Capitalism: The Concept of Countervailing Power (Boston: Houghton Mifflin, 1962), pp. 86-88.

40 Ibid., p. 4.

41 Sklar, Corporate Reconstruction of American Capitalism, p. 401.

42 Ibid., pp. 416-418.

43 Thomas Frank, One Market Under God: Extreme Capitalism, Market Populism, and the End of Economic Democracy (New York: Anchor Books, 2000, 2001), xv.

44 Ibid., p. 358.

45 Ibid., p. 16.

46 Ibid., xii.

47 Ibid., pp. 298-299.

48 Ibid., p. 35.

49 Ibid., p. 36.

50 Ibid., p. 55.

51 Ibid., p. 86.

52 Ibid., pp. 38-39.

53 See “Moloch: Mass Production Industry as a Statist Construct,” C4SS Paper No. 3 (July 2009) https://c4ss.org/content/888 ; Chapter Two, “Moloch: The Sloanist Mass-Production Model,” in Carson, The Homebrew Industrial Revolution: A Low-Overhead Manifesto (Booksurge 2010), pp. 25-80.

54 Frank, One Market Under God, pp. 181-182.

55 Ibid., p. 224.

56 Ibid., p. 202.

57 Lawrence M. Fisher, “The Paradox of Charles Handy,” strategy+business, Fall 2003 https://www.strategy-business.com

58 See David L Prychitko, Marxism and Workers’ Self-Management: The Essential Tension ( New York; London; Westport, Conn.: Greenwood Press, 1991), p. 121n; Luigi Zingales, “In Search of New Foundations,” The Journal of Finance, vol. lv, no. 4 (August 2000),

59 Carson, Homebrew Industrial Revolution, pp. 202-203.

60 Douglas Rushkoff, “How the Tech Boom Terminated California’s Economy,” Fast Company, July 10, 2009

61 Frank, One Market Under God, p. 83. Jon Katz, Media Rants (San Francisco: Hard Wired, 1997), pp. 8, 11, 38, 43.

62 https://www.youtube.com/watch?v=i1s4fj-5zlk

63 Yochai Benkler, The Wealth of Networks: How Social Production Transforms Markets and Freedom (New Haven and London: Yale University Press, 2006), p. 179.

64 Ibid., p. 188.

65 Ibid., pp. 212-213.

66 Ibid., pp. 32-33.

67 Ibid., p. 54.

68 Tom Coates, “(Weblogs and) The Mass Amateurisation of (Nearly) Everything….” PlasticBag.org, September 3, 2003 http://plasticbag.org/archives/2003/09/weblogs_and_the_mass_amateurisation_of_nearly_everything .

69 See Chapter Three, Section F, “Networked Resistance, Netwar, and Asymmetric Warfare Against Corporate Management,” in Carson, Homebrew Industrial Revolution, pp. 129-152.

70 Ibid., pp. 139, 143-144.

71 Frank, One Market Under God, pp. 143-144.

72 Carson, “Open-Mouth Sabotage, Networked Resistance, and Asymmetric Warfare on the Job,” https://blog.p2pfoundation.net/open-mouth-sabotage-networked-resistance-and-asymmetric-warfare-on-the-job/2008/03/15  P2P Foundation Blog, March 15, 2008 ; https://en.wikipedia.org/wiki/Streisand_effect  “Streisand Effect,” Wikipedia (captured June 11, 2010); The Streisand Effect (blog) http://www.thestreisandeffect.com .

73 Frank, One Market Under God, pp. 311-312.

74 Ibid., p. 315.

75 Ibid., p. 334.

76 Ibid., p. 188.

77 Paul Goodman, People or Personnel, in People or Personnel and Like a Conquered Province (New York: Vintage Books, 1963, 1965), pp. 113-116.

78 Colin Ward, Social Policy: An Anarchist Response (London: Freedom Press, 1996); Anarchy in Action (London: Freedom Press, 1982). See also E. P. Thompson, The Making of the English Working Class (New York: Vintage Books, 1963, 1966); David Green, Reinventing Civil Society (London: Institute of Economic Affairs, Health and Welfare Unit, 1993); Peter Gray, “A Brief History of Friendly Societies,” at The Association of Friendly Societies website (The link is now defunct, but can be retrieved through the Internet Archive); Philip Gardner, The Lost Elementary Schools of Victorian England (Croom Helm, 1984); David Green, Working-Class Patients and the Medical Establishment: Self-Help in Britain from the Mid-Nineteenth Century to 1948 (Aldershot, UK: Gower/Temple, 1986); David Beito, From Mutual Aid to the Welfare State: Fraternal Societies and Social Services, 1890-1967 (Chapel Hill and London: The University of North Carolina Press, 2000).

79 James O’Connor, The Fiscal Crisis of the State (New York: St. Martin’s Press, 1973), p. 161.

80 Weinstein, The Corporate Ideal in the Liberal State, ix-x.

81 G. D. H. Cole, “Socialism and the Welfare State,” Dissent 1:4 (Autumn 1954), pp. 315-331.

82 Roy Childs, “Big Business and the Rise of American Statism,” Reason, February 1971. Reprinted at http://praxeology.net/RC-BRS.htm .

83 Frank, One Market Under God, xvii.

84 Ibid., p. 87.

85 Astra Taylor, “Serfing the Net,” The Baffler, December 1, 2009 .

86 Tim O’Reilly, “Piracy is Progressive Taxation,” O’Reilly Radar, August 4, 2006 http://radar.oreilly.com/2006/08/piracy-is-progressive-taxation.html

87 “Do music artists fare better in a world with illegal file-sharing?” Times Online Labs Blog, November 12, 2009 http://labs.timesonline.co.uk/blog/2009/11/12/do-music-artists-do-better-in-a-world-with-illegal-file-sharing/

88 Frédéric Bastiat, “What is Seen and What is Not Seen,” Selected Essays on Political Economy (1848) http://www.econlib.org/library/Bastiat/basEss1.html

89 Mike Masnick, “Nina Paley vs. Jaron Lanier,” Techdirt, January 21, 2010 .

90 Jaron Lanier, You Are Not a Gadget (New York: Alfred A. Knopf, 2010), pp. 108-109.

91 Andrew Keen, The Cult of the Amateur: How Today’s Internet is Killing Our Culture (New York, London, Toronto, Sydney, Auckland: Doubleday/Currency, 2007), p. 31.

92 Ibid., p. 27.

93 Ibid., p. 27.

94 Ibid., p. 29.

95 The quotes are from my article “Three Works on Abundance and Technological Unemployment: Part One–William Dugger and James T. Peach,” P2P Foundation Blog, March 27, 2010 https://blog.p2pfoundation.net/three-works-on-abundance-and-technological-unemployment-part-one-william-dugger-and-james-t-peach/2010/03/27

96 Carson, “Three Works on Technological Unemployment and Abundance, Part Four: Martin Ford’s Agenda and Mine,” P2P Foundation Blog, March 30, 2010 https://blog.p2pfoundation.net/three-works-on-technological-unemployment-and-abundance-part-four-martin-fords-agenda-and-mine/2010/03/30

97 Ibid.

98 Keen, The Cult of the Amateur, p. 9

99 Ibid., p. 16.

100 Ibid., p. 56.

101 Ibid., pp. 3, 46-47.

102 Ibid., p. 93.

103 Ibid., p. 16.

104 Ibid., p. 96.

105 Ibid., p. 52.

106 Justin Lewis, “Objectivity and the Limits of Press Freedom,” in Peter Phillips & Project Censored, Censored 2000: The Year’s Top 25 Censored Stories (New York, London, Sydney, and Toronto: Seven Stories Press, 2000), pp. 173-74.

107 Harry Jaffe, “Pentagon to Washington Post Reporter Ricks: Get Lost,” The Washingtonian, December 29, 2003 .

108 Eschaton blog, August 22, 2004 http://www.eschatonblog.com  .

109 Keen, The Cult of the Amateur, p. 67.

110 Norman Solomon, “Snow Job: The Establishment’s Papers Do Damage Control for the CIA ,” FAIR, January/February 1997 http://fair.org/page/1374/

111 Keen, The Cult of the Amateur, p. 85.

112 Ibid., p. 44.

113 162 errors in Wikipedia and 123 in Britannica out of 42 entries tested. Jim Giles, “Internet Encyclopedias Go Head to Head,” Nature, December 15, 2005 http://www.nature.com/nature/journal/v438/n7070/full/438900a.html

114 Keen, The Cult of the Amateur, p. 58.

115 Ibid., pp. 70-71.

116 Ibid., p. 84.

117 Comments under Mike Masnick, “The Fact That Anyone Can Publish Means More of the Good Stuff… And Yes, More Of The Bad Stuff,” Techdirt, October 21, 2009 https://www.techdirt.com/articles/20091015/1849086555.shtml .

118 Lanier, You Are Not a Gadget, p. 85.

119 Ibid., p. 16.

120 Peter Phillips and Project Censored, Censored 2000 (New York: Seven Stories Press, 2000), p. 60.

121 Lanier, You Are Not a Gadget, p. 17.

122 Ibid., p. 72.

123 Ibid., p. 26.

124 Ibid., p. 72.

125 Ibid., p. 56.

126 Howard Rheingold, “Collective Action is Not Collectivism,” Smart Mobs, June 2, 2006 http://www.smartmobs.com/2006/06/02/collective-action-is-not-collectivism/

127 Paul Hartzog, “Is Collective Action Collectivism?” PaulBHarzog.org, June 19, 2006 .

128 Lanier, You Are Not a Gadget, p. 104.

129 Ibid., p. 87.

130 Masnick, “Nina Paley vs. Jaron Lanier.”

131 Chris Hedges, “The Information Super-Sewer,” Truthdig, February 15, 2010 .

132 Weinstein, The Corporate Ideal in the Liberal State, xiv.

133 Bradford Plumer, “Small Business Fetish,” Bradford Plumer, December 9, 2005 .

134 Ezra Klein, “Against Small Business,” The American Prospect, December 9, 2005 .

135 Leo Hindery, Jr., “When Two Progressives Disagree on How to Create Jobs,” Huffington Post, April 13, 2010

136 Eric Husman, “Case Against Small Business?” GrimReader, April 7, 2010 .

137 Frank, One Market Under God, p. 19.

138 Ibid., p. 58

139 Ibid., p. 252.

140 Johann Soderberg, Hacking Capitalism: The Free and Open Source Software Movement (New York and London: Routledge, 2008), pp. 141-142.

141 David Pollard, “The Future of Business,” How to Save the World, January 14, 2004 http://howtosavetheworld.ca/2004/

142 Chris Anderson, “In the Next Industrial Revolution, Atoms are the New Bits,” Wired, January 25, 2010 https://www.wired.com/2010/01/ff_newrevolution/all/1/

143 Joel Johnson, “Atoms Are Not Bits; Wired Is Not A Business Magazine,” Gizmodo, January 26, 2010 https://gizmodo.com/5457461/atoms-are-not-bits-wired-is-not-a-business-magazine

144 This is accompanied among some 51% of self-identified “progressives,” according to a Zogby poll, with the denial that occupational licensing tends to raise the cost professional services. Zeljka Buturovic and Daniel B. Klein, “Economic Enlightenment in Relation to College-going, Ideology, and Other Variables: A Zogby Survey of Americans” Econ Journal Watch (May 2010) https://econjwatch.org/articles/economic-enlightenment-in-relation-to-college-going-ideology-and-other-variables-a-zogby-survey-of-americans

145 Matthew Yglesias, “More on Licensing,” Matthew Yglesias, October 21, 2008 https://thinkprogress.org

146 Comment by dana under Ibid.

147 Comment by Michael Powe under Ibid.

148 Yglesias, “Plumber Licensing,” Matthew Yglesias, October 16, 2008 .

149 Michael F. Cannon and Michael Tanner, Healthy Competition: What’s Holding Back Health Care and How to Free It (Washington, D.C.: The Cato Institute, 2005), p. 137.

150 Marc T. Law and Sukkoo Kim, “Specialization and Regulation: The Rise of Professionals and the Emergence of Occupational Licensing Regulation,” The Journal of Economic History, Vol. 35 No. 3 (September 2005).

151 James Scott, Seeing Like a State (New Haven and London: Yale University Press, 1998).

152 Ibid., pp. 64-73.

153 Ivan Illich, Tools for Conviviality (New York, Evanston, San Francisco, London: Harper & Row, 1973)Chapter One.

154 Illich, “After Deschooling, What?”, in Alan Gartner, Colin Greer, Frank Riessman, eds., After Deschooling, What? (N.Y., Evanston, San Francisco, London: Harper & Row, 1973), p. 9.

155 Freddie comment under Yglesias, “Plumber Licensing.”

156 kevin comment under Ibid.

Anarchy and Democracy
Fighting Fascism
Markets Not Capitalism
The Anatomy of Escape
Organization Theory